VALERIA
Nunca había visto a Isabela tan fuera de sí. Apenas escuchó el “¡Hola!” de Elena, ya estaba lanzándose a abrazarla como si no la hubiera visto en años. Su emoción era contagiosa… pero también un poco exagerada. Aunque, siendo sincera, eso era típico de Isa cuando se trataba de su cumpleaños.
—¡Feliz cumple, Isa! —le dijo Elena, entregándole un regalo envuelto con más cuidado que el promedio.
Isabela chilló como si acabara de recibir una invitación para conocer a su banda favorita. Saltó directo a la pila de regalos y puso el de Elena encima, como si lo estuviera coronando. Casi parecía una niña otra vez.
Yo estaba a unos pasos cuando vi a Elena luchando con un montón de cosas. Literalmente, se le estaban cayendo.
—¿Quieres ayuda con eso? —le dije, y justo en ese momento Isa también notó el caos y corrió a rescatarlo todo antes de que acabara en el suelo. Llevó casi todo a la tienda donde íbamos a pasar la noche. Lo bueno de Isa es que su energía desbordada también viene con buena disposición.
—¡Gracias, Isa! ¡Vamos, a bailar! —gritó Elena, y sin preguntarnos nada, nos jaló de las manos hacia donde estaba su iPad, como si estuviéramos en una competencia de coreografía.
Elena se tiró al piso, buscando quién sabe qué canción entre todo el caos musical. En cuanto se puso de pie, ya sabía lo que venía. Sonaron los primeros segundos de una canción que nos encantaba y fue imposible no gritar. Nos dejamos llevar por el ritmo y empezamos a movernos como locas, sin pensar en nada más.
Una hora después, estábamos todas jadeando, sudadas y riéndonos sin parar. Nos tiramos al suelo mientras Isabela, al fin, se dignó a empezar con los regalos.
Primero abrió los de su familia. Un teléfono nuevo (obvio), un montón de cosméticos y joyitas, dinero (también obvio) y unas cosas para el baño que honestamente no entendí, pero ella pareció emocionada.
Luego abrió el regalo de Elena. Lo vio, chilló y le dio ese típico abrazo lateral incómodo que Isa da cuando no sabe cómo agradecer algo. Era una bolsa medio hippie y dentro había una foto hermosa de un pingüino llamado Pelusa con su formulario de adopción. Elena y sus cosas raras, pensé. Pero a Isa le encantó.
Cuando abrió mi regalo, Isa soltó otro grito. Le hice un collage con fotos nuestras y además un joyero bonito, porque sabía que con tanta joya nueva, le iba a hacer falta un lugar decente donde guardarlas.
—¡No puedo creerlo! ¡Gracias, en serio! —dijo con los ojos vidriosos. Nos abrazó a Elena y a mí al mismo tiempo, y fue de esos momentos en que todo se siente bien.
Justo entonces, salió su mamá con una torta que parecía de pastelería. “Feliz 17, Isabela”, decía con un glaseado elegante. Su hermano Tomás le ayudaba, luciendo más emocionado por el pastel que por el cumpleaños en sí. Laura empezó a cantar “Cumpleaños feliz”, y todas nos unimos sin dudarlo.
Isa sopló las velas. Se tardó en pedir el deseo, como siempre. Le encanta el drama hasta para eso. Después, su mamá trajo el resto de la comida y se fue a dormir. Supongo que ya nos dio por autónomas.
Había de todo. Yo comí bastante, pero no tanto como Elena. La miré dos veces porque no me cuadraba. Estaba tragándose cosas que normalmente ni tocaba. ¿Mini rollitos de salchicha? Si los detesta. Algo raro pasaba.
—¿Elena, no tienes demasiada comida ahí? —le dije en tono de broma, como tanteando el terreno.
—Ah... sí, no sé, últimamente no puedo parar de comer. Y luego me siento fatal por las mañanas. Es asqueroso —respondió, bajando la voz.
Algo se encendió en mi cabeza. Sonaba... familiar. Muy familiar. Como cuando mi hermana estaba embarazada.
—Elena... ¿tú y Adrián usaron protección?
—¡Claro! O... espera... mi3rda. Creo que no —contestó, pálida.
Y ahí lo supe.
—¿Estás embarazada? —gritó Isabela como si no estuviera a un metro de ella.
—¡Cállate! —le solté al instante. —No sabemos nada todavía. Elena, ¿te hiciste una prueba? —le pregunté, más calmada.
Sabía que Elena necesitaba tranquilidad ahora mismo. Si no, se iba a colapsar.
—N-No… no me la he hecho. ¿Qué hago? —su voz temblaba.
Silencio. Nadie sabía qué decir. Hasta que Isabela, bendita sea, saltó con una solución.
—Mañana vamos a la farmacia y compramos una prueba. Hoy no arruinamos la noche. ¿Vale? Terminamos de comer y vemos pelis. Todo bajo control.
Asentimos. Nadie discutió.
Y por primera vez en todo el día, me di cuenta de lo mucho que necesitábamos a alguien como Isabela.
*
Dormí mal. No por ruido ni por pesadillas, sino por lo que estaba en mi cabeza. Era como tener una alarma encendida dentro del pecho. Una que no se apaga.
La idea de que podría estar embarazada me revolvía el estómago más que cualquier virus. No quería saber la verdad. Porque una vez que sabes, ya no puedes volver atrás. Y si es cierto, nada vuelve a ser igual.
¿Mis papás? Me matarían. No literalmente, pero... ya saben. Me sacarían de la casa. Dirían que arruiné mi vida. Que decepcioné a todos. Tengo diecisiete años. Ni siquiera sé lo que quiero para cenar y podría tener que decidir cómo criar a un hijo. Y eso sin contar que tendría que explicarle a mi hermano... quién es el papá. Eso sí que va a ser una bomba.
Y luego está Adrián. Él no tiene ni idea. Desde aquella noche no hablamos más. ¿Y si se desentiende? ¿Y si dice que no es suyo? ¿Y si simplemente se va?
Además, no es solo mi familia. Es el instituto. La gente. Las miradas. Los apodos. Las risitas por detrás. Todos creyéndose con derecho a opinar sobre mi vida, sobre mi cuerpo. Sobre un bebé que ni siquiera sé si existe aún.
¿Y si sí? ¿Y si hay un bebé dentro de mí ahora mismo?
Las chicas ya se estaban despertando. La habitación olía a almohadas, a café y a tensión contenida. En teoría íbamos a ir las tres a la farmacia. Yo decía que sí, pero por dentro tenía ganas de correr en dirección contraria.
Mi mente no paraba:
¿Qué pasa si sí estoy embarazada?
¿Voy a dejar el instituto?
¿Buscar trabajo?
¿Renunciar a todo lo que soñé?
Y de pronto, otra pregunta más rara me cruzó:
¿Y si cuando nazca lo miro y lo amo más que a nadie?
¿Y si se parece a mí? ¿O a Adrián?
¿Y si todo cambia, pero no para mal?
Valeria me sacó de esa nube.
—¿Todo bien, Elena? Tienes una cara... —me dijo, preocupada.
—No sé. No, pero sí. No sé cómo se supone que debo sentirme —le respondí, y noté cómo su cara se suavizaba. Me vio. Me entendió sin decir más.
Nos alistamos. Me metí a la ducha primero. Agua caliente. Respiré. Pensé. Decidí.
No importa lo que diga el test. Yo voy a estar ahí. Si esto es real, el bebé y yo vamos a sobrevivir. Sea como sea.
Me puse una camiseta turquesa de tirantes que Valeria me prestó, con mis shorts blancos y mis sandalias favoritas. A veces, vestirse como una persona normal te hace sentir un poco menos rota por dentro.
Salimos rumbo a la farmacia. Cada paso era un golpe al pecho. El cartel de la farmacia parecía más grande de lo normal. Me detuve.
—No puedo entrar —dije, parada como una estatua.
Valeria me puso una mano en el hombro.
—No estás sola. Vamos juntas —dijo, firme, como siempre. Pero ni así.
Entonces Isa habló.
—Nosotras la compramos. Tú espera aquí —. Y se fueron. Sin que yo dijera nada, lo entendieron todo. Mis amigas son lo único que me mantiene cuerda.
Me quedé sentada en un banco de piedra, mirando al cielo. Contando nubes. Pensando si alguna vez podría sentirme ligera otra vez.
Al rato, volvieron con una bolsa.
—La señora de la farmacia fue una imbécil —gruñó Isa—. Nos miró como si fuéramos delincuentes.
No dije nada. Ya no podía pensar en la señora. Solo podía pensar en lo que venía ahora.
En casa de Isa, me hicieron beber litros de agua. Era hora.
Fui al baño. Abrí la bolsa. Tres pruebas. No una. Tres. Porque a veces la vida necesita confirmación.
Hice lo que tenía que hacer. Esperé. Los cinco minutos más largos de mi vida.
Tomé la primera prueba.
Dos líneas.
La segunda.
Dos líneas.
La tercera.
Igual.
Tres positivos.
Sentí que el mundo se detenía por un momento. Todo estaba en silencio. No sé cuánto tiempo me quedé ahí, solo mirando los palitos.
Pero sí sé una cosa:
Esto ya no es una posibilidad. Es real.
No sé cómo empezar esto.
Estoy embarazada. A los Diecisiete. No es una pesadilla. Ojalá lo fuera.
Hace veinte minutos que lo supe. Desde entonces estoy aquí, encerrada en el baño de Isa. El predictor no miente. Lo vi. Dos rayas. No parpadeé. Solo lo miré. No lloré al principio, pero después... ya no podía parar.
—¿Elena? ¿Sigues ahí? —la voz de Isa suena preocupada, como si pudiera desmoronarme detrás de esta puerta.
Sí, sigo aquí. Sentada en el suelo frío, con la cabeza apoyada contra la pared. Vacía. Cansada. No tengo ni una lágrima más.
¿Cómo le digo esto a mi mamá? ¿A papá? ¿Y Adrián?
Me incorporo, me lavo la cara. El agua está helada, pero me ayuda a respirar. Me miro al espejo. Parezco una versión borrosa de mí misma.
Desbloqueo la puerta. Isa y Vale están justo ahí. Cuando Vale me ve, lo entiende todo sin que diga nada. Me abraza como si quisiera sostenerme entera. Isa se suma al abrazo y por un momento siento que el mundo deja de pesar tanto.
Entonces entra Laura. Ella también lo nota al instante. No pregunta con juicio, solo se me acerca y me acaricia el pelo. No sabía cuánto necesitaba eso hasta que lo hizo.
—Estoy aquí, lo que necesites —me dice.
Y se lo conté. Todo. Desde esa noche con Adrián hasta el momento en que apareció el resultado en el test. Esperé que me juzgara, que me regañara... pero no. Solo escuchó. Sin interrumpir, sin hacerme sentir peor.
Cuando terminé, me miró y dijo algo que no esperaba:
—Bueno... es un buen lío, sí —se rió un poco, yo también—. Pero ahora toca ser valiente. Hay que hablar con tus papás. Y con el papá del bebé también.
Le respondí que tenía miedo. Porque lo tengo. Mucho.
—Claro que da miedo —me dijo—. Pero tener a mis hijos fue lo más bonito que me pasó en la vida. No lo cambiaría por nada. Vas a estar bien, Elena.
Eso me dio un poquito de fuerza. Me despedí de todas. Isa me dijo que luego me llevaba mis cosas. Solo asentí.
*
Ya en casa
La puerta rechina al abrirse. Mi familia está en la sala, todos juntos. Trago saliva.
—¿Pueden escucharme un momento? —les digo.
Mamá se gira, ya con cara de preocupación. Mi hermano apaga la tele. Silencio total.
—Tengo que decir algo. Es importante.
Mi voz tiembla. Todo mi cuerpo tiembla.
—Estoy embarazada.
Y ahí se detuvo el tiempo.