ELENA
Me costó tragar saliva. Sentía la garganta como si estuviera llena de piedras. Pero lo solté, de una vez:
—Estoy embarazada.
Apenas fue un murmullo, pero bastó. El aire se congeló en la sala. Mis palabras cayeron como una piedra en el agua, y nadie supo cómo reaccionar.
Vi a mi papá fruncir el ceño primero, con esa expresión que mezcla esperanza y miedo. Como si esperara que lo que acababa de decir fuera solo una broma de mal gusto.
—¿Eso se supone que es un chiste? Por favor, dime que sí —dijo, con la voz tensa y los nudillos blancos de apretar los puños.
Negué con la cabeza. Sentí el nudo en el estómago apretarse más.
—No fue planeado... pasó una vez y no debería haber pasado. Lo sé, fue un error. Uno enorme —balbuceé, apenas aguantando las lágrimas.
El silencio fue peor que un grito. Me hacían falta palabras, incluso duras. Pero nada. Solo esas miradas: la de mi madre, cargada de decepción; la de mi padre, que no podía ni mirarme.
Papá se levantó sin decir una palabra. Caminó hasta la puerta como si le costara cada paso, agarró sus llaves y salió sin mirar atrás.
Miré a mamá, esperando que al menos ella me dijera algo, lo que fuera. Solo me dirigió unas pocas palabras antes de desaparecer escaleras arriba:
—Necesitamos tiempo para asimilarlo.
Y se fue. Así. Como si fuera cualquier cosa. Como si yo no estuviera ahí, rota.
Me quedé parada en medio de la sala, sintiendo cómo la soledad se tragaba todo.
Mi hermano estaba ahí todavía. Nicolás. Nunca lo había visto así. Tenso. Conteniendo algo que no sabía si era furia o dolor.
—Dime algo, lo que sea... —le rogué, casi en un suspiro.
Él me miró fijo. Luego, con voz contenida, preguntó:
—¿Quién?
No necesitaba explicaciones. Solo una palabra. Un nombre.
Pero yo me congelé. No sabía si decírselo iba a empeorar todo... o si ya nada podía empeorar.
Él insistió. Más fuerte esta vez:
—¿Quién es el padre?
Y ahí supe que no había salida. Tenía que soltarlo.
—Adrián... —murmuré, bajando la mirada.
—¿Qué?
—Adrián. Es él —dije esta vez más firme.
La carcajada que soltó fue como un golpe. Vacía. Casi cruel.
—¿Estás hablando en serio? ¿Adrián? ¿Mi mejor amigo?
Me apretó el pecho.
—No estoy bromeando, Nico. Te lo prometo.
Él me observó en silencio unos segundos. Vi cómo su rostro cambiaba, como si se le cayera algo por dentro.
—Dios... estás diciendo la verdad —susurró, dejándose caer en el sofá.
Lo vi desmoronarse, con la respiración entrecortada. Me acerqué despacio, sentándome a su lado, y le puse una mano en la espalda. Ya no había nada más que explicar. Todo estaba dicho.
No sé por qué me molesto en explicar. Le dije que siempre fui sincera, pero ni siquiera parecía oírme. Hablaba solo, sacado de quicio.
—¿Qué? ¿Mi hermana? ¿Mi mejor amigo? ¡¿Tú?! —me soltó de golpe, con la mirada cargada de incredulidad. Ya era hora de contárselo, ¿no?
—Fue aquella noche en la que él se quedó a dormir. Yo me estaba cambiando cuando tocaron la puerta y, creyendo que eras tú, le dije que pasara. Nos quedamos mirándonos un momento. Luego dijo que no podía dormir, que había ido a verme… que hacía tiempo quería besarme. Y lo hizo. —Tragué saliva—. Pasó lo que tenía que pasar. A la mañana siguiente, ya no estaba. Imagino que se arrepintió y se fue. Lo siento, Nicolás. No fue planeado. Sabes cuánto me gusta Adrián.
Lo abracé. Se quedó duro, como si mi abrazo no llegara a tocarlo. Puro hielo.
—¿Estabas con él mientras yo dormía al final del pasillo? ¡Voy a romperle la cara! —gritó, levantándose como una bomba a punto de estallar.
Le puse las manos en el pecho para frenarlo.
—¡Espera! Antes de que hagas algo, prométeme que no dirás nada sobre… el embarazo.
No me miraba. Se le cruzaban mil cosas por la cabeza. Le tomé la cara entre las manos y lo obligué a enfrentarme.
—Por favor, Nicolás. Promételo.
Pasaron unos segundos largos antes de que hablara.
—Está bien —dijo al fin. Y se fue, sin más.
Me quedé sola, sentada en el sofá, intentando no pensar. Pasó media hora antes de que enviara un mensaje a Valeria e Isabela:
"Ya se lo conté a la familia. Todo bien. Hablamos mañana. Besos."
Eran apenas las siete, pero estaba agotada. Subí las escaleras, le deseé buenas noches a mamá y a Nicolás, y me encerré en mi habitación. Me cambié rápido, me metí en la cama y caí dormida sin darme cuenta.
Esa noche soñé con una niña. Hermosa, con trenzas rubias oscuras, y unos ojitos verdes que se reían del mundo. Iba de la mano de un hombre alto, rubio también. Estaban juntos, conectados, como si fueran uno. No podía verle bien la cara, estaba borroso, pero había algo familiar en él. Yo los miraba desde arriba, como si estuviera viéndolos desde el cielo. Y quería estar ahí, con ellos.
Pero la imagen cambió. La niña dejó de reír y empezó a llorar. Me desperté justo en ese momento. A pesar de todo, fue el sueño más sereno que tuve en semanas.
Y entonces recordé: hoy tenía que contárselo a Adrián. Que iba a ser padre.
O todo se vendría abajo... o tal vez, solo tal vez, él también querría algo más. Una vida juntos. Algo real.
Me levanté, fui al baño y me duché. No pensaba aparecer hecha un desastre. Después, me vestí con un top corto que me marcaba la panza justo lo necesario y unos jeans cortos. Si iba a hablar de un bebé, al menos que me viera bien.
Salí, me despedí de Nicolás (mamá y papá aún no me hablaban), y empecé a caminar hacia la casa de Adrián. Cada paso era un nudo en la garganta.
¿Qué le iba a decir? ¿Soltarlo de una? ¿Pedirle que me deje pasar? ¿Explicarlo con calma?
Me planté frente a su puerta. Respiré hondo. Toqué. Cerré los ojos.
—Estoy embarazada —solté en voz alta—. Y el bebé es tuyo.
Cuando los abrí, no era Adrián quien me miraba.
Era su madre.
—Será mejor que entres —dijo.