Tendremos al bebé

1509 Palabras
ELENA —Sí, estoy bien, Adrián. Ayúdame a levantarme—, dije extendiendo la mano. Su cara estaba llena de sorpresa; supongo que no sabía que era yo a quien había empujado. Finalmente me tomó de la mano y me ayudó a levantarme; de verdad que sentí una pequeña descarga que me recorrió el brazo. Me froté el brazo donde sentía un cosquilleo y luego miré mi reloj de pulsera. Eran las 9:40. —M4ldita sea, llego tarde otra vez, ¡muchas gracias, Adrián! Me van a castigar otra vez y tendré que decirle al profesor que no puedo hacerlo esta noche porque tengo que ocuparme de asuntos familiares otra vez—, le espeté. No era mi intención, pero estaba muy molesta. Él se quedó allí de nuevo, sorprendido. ¿Por qué siempre se comporta así conmigo, caramba? Finalmente, salió de su estupor. —No te preocupes, ¿qué profesor tienes en la siguiente clase?—, preguntó y esperó la respuesta. —Eh, tengo a la señorita Tinna de biología—, le dije, un poco confundida sobre por qué quería saberlo. —Muy bien, vamos. No hay por qué preocuparse—, Dijo mientras recogía mis libros y se adelantaba unos pasos. —¡No digas eso!—, le dije casi gritándole. Pareció confundido y luego se dio cuenta de por qué lo había dicho. Fue lo último que me dijo antes de que nos acostáramos esa noche. —Ah, sí, lo siento. Vamos, te acompaño a clase y luego hablamos de todo—. Lo único que hice fue asentir y seguirlo. Caminamos en silencio hasta mi clase de biología. No me atreví a decir nada porque sabía que Adrián estaba pensando en algo. Llegamos a mi clase y llamé nerviosamente a la puerta antes de entrar. La atención de todos se centró directamente en mí, detesto cuando eso ocurre. —¡Llegas tarde!—, gritó la señorita Tinna. Uf, ¿por qué tenía que gritar? La habría oído perfectamente si hubiera hablado con normalidad. Entonces, Adrián entró en el aula. Todo el mundo se quedó paralizado. Él tiene ese efecto en la gente. —Siento que Elena llegue tarde, señorita Tinna, es culpa mía. Me choqué con ella de camino a clase y tiré todos sus libros al suelo. Por favor, no castigue a Elena por mi error—. —, le dijo a la señorita Tinna con su voz encantadora, que sonaba como música para mis oídos. La señorita Tinna estaba sentada en su escritorio, casi babeando al ver a Adrián; tuvo que caer un lápiz sobre la mesa para sacarla de su trance. —Oh, entonces está bien. Gracias, Adrián, por venir a explicar por qué Elena ha llegado tarde, eres todo un caballero. Entra, Elena, siéntate—. Y eso fue todo. Adrián se marchó con un ligero gesto de asentimiento y la señorita Tinna volvió a hablar del examen de biología que se avecinaba. El resto del día pasó bastante rápido después de eso. El drama siempre es bueno, sobre todo porque tengo a Valeria en mi clase. La clase de Historia Universal fue divertida, ya que tuvimos un profesor sustituto y nos dejaron hacer lo que quisiéramos. En Inglés, Valeria e Isabela estaban conmigo y pudimos ir en grupo a esa clase, y luego, en Educación para la Salud, Isabela estaba conmigo. Me sorprendió bastante que las chicas no me dijeran nada sobre mi embarazo y pasé el día sin tener que pensar en ello en absoluto. Empecé a caminar hacia casa bastante contenta con la vida cuando me di cuenta... Adrián y yo vamos a hablar esta noche. ¿Cómo vamos a empezar la conversación? ¡Vaya, va a ser muy incómodo! Me acerqué a la puerta principal y metí la llave en la cerradura. ¡Dios, espero que aún no esté aquí! Ojalá tuviera más suerte, porque allí, sentado en mi salón, estaba Adrián. ¡Genial! —Hola, Adrián. No pensaba que llegarías tan pronto—, le confesé, bastante nerviosa por hablar con él. —Para ser sincero, yo tampoco, pero pensé que más valía quitárnoslo de encima, así que vine directamente después del colegio—, me dijo sin rodeos. Lo único que pude decir fue “Oh”, lo que provocó una risita en Adrián. —¿Eso es todo lo que puedes decir?—. Asentí con la cabeza, lo que le hizo reír de nuevo. —Bueno, ¿por dónde quieres empezar?—, me preguntó. Me encogí de hombros. Era lo único que podía hacer. —Vale, ¿cómo te sientes con todo esto?—, me preguntó con torpeza. —Bueno, supongo que ahora estoy bien. no quería despertarme esta mañana porque fue un fin de semana muy emotivo y frenético, pero me alegro de haberlo hecho porque hoy me sentí como una adolescente normal y todo era como antes de quedar embarazada, no me sentía herida ni asustada, solo feliz. Oh, lo siento, te estoy contando cosas que no te importan, voy a callarme ahora—. Dije y me tapé la cara con un cojín, me daba vergüenza contárselo. Adrián me quitó lentamente el cojín de la cara, me miró a los ojos y dijo: —No, me alegro de que me lo hayas contado, en serio. No te avergüences—. Me dijo con voz tranquilizadora. —¿Cómo te encuentras? —Le pregunté, ya que sabía que esto le había afectado tanto como a mí, según me había dicho Nicolás. Bajó la mirada y luego levantó la cara lentamente. —Ha sido... extraño. Ayer, cuando me lo contaste, no sabía qué pensar, me afectó tanto que incluso... lloré. Hoy, como tú, no quería levantarme, solo quería quedarme en la cama y olvidar todas mis preocupaciones, pero decidí que tenía que afrontarlo todo. ¿Sabías que, cuando descubrí que eras tú a quien había atropellado, me preocupaba mucho si estabas herida o no, pero no podía moverme? Lo siento mucho, de verdad—, me confesó. Vaya, sabía que estaba conmocionado, pero no sabía que se sentía así. —Lo siento—, fue lo único que se me ocurrió decir. Su rostro estaba lleno de confusión y conmoción. —¿Por qué lo sientes?—, le interrumpí. —Es culpa mía, debería haberte detenido y entonces no estaríamos en este lío. —¡No! No es culpa tuya, ¿vale? ¡No pienses eso nunca! ¡Es culpa mía, toda culpa mía!—, me dijo con voz firme. —Ahora—, dijo —¿De qué otras cosas tenemos que hablar? —Bueno, lo más importante con lo que deberíamos empezar sería... ¿vamos a tener al bebé?—, susurré, sin saber qué quería hacer. —Ah, sí, no sé qué quieres hacer tú, pero yo he estado pensando y no creo que pudiera vivir conmigo mismo si abortara a mi propio bebé. ¿Qué opinas?—, me preguntó nervioso. —Para ser sincera, no tenía ni idea, pero lo que acabas de decir sobre no poder vivir contigo mismo me ha hecho darme cuenta de que yo tampoco podría. Va a causar muchos problemas, creo—. Hice una pausa de un segundo. —¡Adrián, quiero tener el bebé!—, exclamé, sintiéndome ligeramente llena de alegría. Adrián me levantó y me hizo girar mientras decía: —¡Yo también! Me bajó y le dije en voz baja: —¡Vamos a ser padres!—. Nos miramos a los ojos y, poco a poco, empezamos a inclinarnos al mismo tiempo y, antes de que me diera cuenta de lo que estaba pasando, nuestros labios se rozaron y nos besamos. El beso no duró mucho porque Adrián se apartó, supongo que finalmente se dio cuenta del error que estaba cometiendo. Nos sentamos en un silencio incómodo. Después de un rato, empezamos a hablar del bebé. ¿Qué será, niño o niña? ¿Cómo será? ¿Dónde vivirá? ¿Qué necesitará? Hablamos de todo ese tipo de cosas hasta que sonó el teléfono de Adrián; era su madre preguntándole dónde estaba. Mientras él hablaba por teléfono, miré el reloj: eran las 8:48. Vaya, se estaba haciendo tarde, no era de extrañar que estuviera un poco cansada. —Llevamos como cuatro horas hablando, casi todo sobre el bebé—, le dije cuando terminó la llamada. —Sí, lo sé, es un bebé especial. Era mi madre, quiere que vuelva a casa, lo siento—, dijo mientras se levantaba. —No pasa nada. Gracias por hoy, me ha ayudado mucho a aceptar lo de tener un bebé—. Lo decía en serio, realmente me había ayudado. Me abrazó y me susurró al oído: —¡Tú también me has ayudado mucho! Buenas noches, Elena, nos vemos pronto—, dijo y se marchó. Decidí que no tenía nada que hacer, así que me fui a la cama temprano. ¡Hoy ha sido un día estupendo!
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