—Casandra, sal a comer con nosotros.—se sentó en la cama de su hija, triste por toda la situación. Habían pasado dos días desde la fiesta, la discusión y aquel castigo que nadie sabía en qué consistía, pero estaba castigada.—Casandra, dime algo. —¿Me quieres?—preguntó, su voz sonaba extraña por todas las horas de llanto, de tristeza, de dolor, incluso confusión.—¿Alguno de los dos me quiere? Podrían estar mejor sin mí, vivir esa vida que nunca completaron, recuperar los años perdidos y ser más felices. —Sabes que te amo, Casandra, mi vida no sería igual sin ti. Siempre lo has sido todo para mí, no puedes dudar de eso. —Antes podría no poder dudarlo, pero cada vez me siento más sola, más atrapada, no puedo confiar en nadie, no puedo ser sincera con nadie y sé que lo que ustedes prefiere

