—El desayuno está servido, preciosa… Sonrío al escuchar la suave voz de Alexander a mi lado y entonces abro lentamente los ojos para acostumbrarme a la luz natural. Lo veo sentado en la cama a mi lado, mientras me mira con una sonrisa divertida marcada en los labios. —¿Qué hora es? —pregunto algo desorientada. —Casi medio día —responde como si nada. Abro los ojos de par en par y entonces me pongo de pie de un salto para buscar mi bata de dormir y ponerla por encima del pijama de seda que estaba usando. —¿Por qué me dejaste dormir tanto? —pregunto. Alexander se ríe a la vez que se encoge de hombros. —Te veías agotada y me dio pena el tener que despertarte —tuerce una sonrisa pícara y yo me sonrojo levemente al recordar la maravillosa noche cargada de se.xo que habíamos compartido.

