—¿Por qué tienes esa cara, hermanita? —suelta Dylan al mirarme de reojo con curiosidad. Alexander y yo habíamos vuelto a casa por la mañana, y yo me había pasado la tarde entera junto a mi hermano recostados en el sillón comiendo pizza y mirando una serie que ambos amábamos y solíamos repetir una y otra vez, pero aún así no había sido capaz de decirle a Dylan sobre la propuesta que Alexander me había hecho en el viaje, de hecho, no había soltado palabra alguna sobre el viaje a Auckland. —No tengo ninguna cara, Dylan —miento al rodar los ojos con fastidio. —Christine, te conozco —dice él al tomar el control remoto del televisor y poner pausa a la serie—. Hay algo que no me has contado, lo sé. De hecho, no has dicho nada desde que llegaste, lo que es muy raro en ti, pues eres la person

