Capítulo VII

2269 Palabras
Un día nuevo se avecinaba, Esmeralda ya estaba despierta y desayunando junto a su primo, los dos se encontraban de mejor ánimo que la noche anterior, eso los llevó a desayunar antes del amanecer y tener sus deberes bien organizados durante el día. Alexandra bajó los escalones con un vestido color blanco, todo lo contrario a lo que Esmeralda suele usar, pues ella se lleva mejor con los colores oscuros, son lindos y resaltan su tono de piel junto a sus ojos, y su personalidad no es nada delicada, al contrario de Alexandra, quien sólo usa colores suaves y de la misma gama de tonalidades. –Oh princesa. ¡Buenos días! Es bueno que haya bajado, su té está listo, puede tomar asiento, lo llevaré de inmediato. –Buenos días, Esme. Gracias– muestra una reverencia y camina hasta llegar al comedor junto a sus abuelos, quienes ya estaban disfrutando de su té. –Buenos días, cariño. Hemos esperado por ti para el desayuno. –Gracias abuela, ustedes pueden comenzar, yo esperaré por Eric. –¿El joven Fitzwilliam? Oh, él desayunó antes del amanecer, está afuera ayudando a Edmund a mejorar el establo, ya sabes, la madera necesita ciertos retoques– explicó el abuelo. –Increíble, no tenía idea– Alexandra fingió una sonrisa. No le agradaba para nada que el joven Dubois estuviera tomando más del tiempo adecuado con su acompañante, Eric era ahora su amigo, y no quería perderlo por culpa de la impertinencia de aquel joven. –Princesa, he pensado en que deberíamos ir al pueblo, debido a que no tuvimos tiempo de observar las telas, y estoy segura de que le encantará un vestido nuevo. Alexandra se sorprendió de la petición de su amiga, pero con gusto asintió con una sonrisa al ver el agradable semblante de Esmeralda. –Nosotros también iremos al pueblo, tu abuelo quiere ir a ver a un amigo suyo. –Es el médico local, es un hombre muy agradable– comentó Joseph. –Abuela, entonces usted podría acompañarnos a comprar la tela, usted tiene mucho conocimiento, y su gusto es exquisito. Alexandra no estaba mintiendo en aquel comentario, su abuela era bien conocida por sus elegantes vestidos y refinada joyería, algunos de ellos eran regalos de su hija o encargos que hacía al Reino, pero el resto era gran parte de su trabajo y sus refinados gustos, a los cuales, su esposo era feliz de complacer, todavía es feliz de hacerlo. –Muy bien, niñas, yo las acompañaré. –¡Eso es fabuloso señora Cathy!– exclamó Esmeralda desde la cocina. Alexandra y su abuela rieron mientras comenzaban con su desayuno. Terminando su desayuno emprendieron su camino hacia el pueblo, era una mejor decisión haber ido a ese horario, dado que todas las personas a las que querían evitar, su horario era entre el almuerzo y el té. Alexandra iba tranquila y con emoción de un nuevo vestido, siempre un nuevo vestido era momento de emoción y felicidad, Esmeralda pensaba exactamente lo mismo, pero ella compraba un vestido cada año (si era de sus mejores años), sus mejores vestidos permanecían guardados para celebraciones especiales, y sus prioridades eran otras. –Muy bien niñas, vamos a comprar. Joseph, nos llevamos a Eric. –Oh no, Eric irá conmigo, necesito que le diga lo que hizo con Alexandra, será más rápido por si necesita verla. –No, abuelo– se apresuró a hablar –. No creo que sea necesario, mi tobillo está perfectamente, estoy más saludable de cómo llegué. –Lo sé, mi niña, sólo quiero estar seguro, así que– toma a Eric de los hombros –. Muchacho, tú vienes conmigo. Edmund, hijo, puedes ir con las damas, asegúrate de que a las damas no les falte nada, y si necesitan algo, ya sabes dónde encontrarme. –Por supuesto, señor Jo. Alexandra retiró su mirada y se enfocó en los caballos, su molestia estaba creciendo, porque lo que menos quería era estar a dos metros del joven Dubois, durante todo el camino sólo pensó en los comentarios y conversaciones que saldrían con sus amigos, pero ahora se han llevado a su amigo, y en cambio, se queda el primo de su amiga. Se escucharon algunos suspiros antes de comenzar el camino a pie hacia la tienda de telas finas, ese lugar era conocido por ser accesible a todo tipo de clase económica, pero también se tienen telas refinadas y para cualquier ocasión. –¿De qué color le gustaría, princesa? –Recuerdo haber visto un rosa divino, o también un lila exquisito. –Pero ya tiene de esos colores, ¿cierto? –Sí, pero todos son diferentes, algunos tienen encaje, otros tienen detalles en diferentes colores y– Alexandra calló una vez que se dio cuenta de que había una gran diferencia entre la cantidad de vestidos que ella tiene y que Esmeralda tiene. –Entiendo, princesa. –Alex, deberías comprar tela de un color que no tengas, eso es lo emocionante de comprar telas– mencionó su abuela. –¿De qué color? Edmund rodó sus ojos por saber que Alexandra de seguro tenía vestidos de todos los colores... aburridos; no era nada en contra de los colores pasteles con algo de encanto, pero eran irritantes en ella, era lo más predecible y eso le causaba diversión. –De rojo– expresó Esmeralda con brillo en sus ojos. –¿Rojo? N–no creo que– –Vamos, princesa, se verá hermoso en usted. No respondió y entraron a la tienda, las bellas telas las rodeaban, Edmund se quedó afuera, así podría observar con detenimiento lo que pasaba alrededor, y también, quién pasaba, como lo puede ser una bella dama. –Buenos días– Edmund hizo una pequeña reverencia con su sombrero ante una joven pasando con su canasta del mandado. Alexandra pudo escuchar esa voz irritante y vio el exacto momento en que la dama le sonreía al joven más petulante del pueblo, frunció el ceño al ver aquella extraña escena, nunca pensó que las rubias fueran el objeto de deseo de ese extraño sujeto. –¿Qué le parece? Alexandra, desorientada, regresó su mirada a Esmeralda y vio la tela que sostenía, un color rojo hermoso, pero del cual ella no se sentía preparada para usar esos colores tan fuertes. –Es hermoso, Esme. –Pero no le gusta– Esmeralda bajó aquella tela y caminó alejándose de la princesa. Alexandra suspiró y fingió ver una tela, aunque lo único que pudo observar era al joven fuera de la tienda, conversando con la joven rubia que le había sonreído. Frunció el ceño sin saber qué estaba presenciando, pues, ella no tenía idea de que alguien no le parece repulsivo ese joven imprudente, pero aún más sorprendida de que el joven hablara con alguien más que sus relativos. –¡Oh, esa tela es divina! ¡Venga a ver, señora Cathy! Alexandra salió de su burbuja de pensamientos al ver a Esmeralda enfrente de ella y aturdida por sus gritos repentinos. –Oh, Alex, esa tela es hermosa, y tiene detalles en dorado, debí imaginarlo. La princesa baja su mirada y ve que en efecto, ella sostenía una tela en color gris con detalles en dorado, no la había visto, pues estaba ocupada en observar al primo de su amiga, quien, le parecía repulsivo. –Estoy segura de que pueden hacer un vestido hermoso, tendrá los arreglos en dorado, ¿qué le parece? –Me parece exquisito, Esme. Vamos a llevarla. Le llaman a la señora encargada y le piden el vestido de aquella tela seleccionada por equivocación, Alexandra sólo podía asentir y sonreír ante las ideas de Esmeralda y su abuela, ellas claramente estaban más emocionadas que ella. –Ven, iremos a darle tus medidas. En el momento en que Alexandra se dio la vuelta, siendo arrastrada por aquellas damas, fue cuando Edmund volvió su mirada a través de la ventana donde vio a la princesa darse la vuelta y caminar, con su vestido blanco y reluciente; bufó al pensar en el lodo que presenciará ese vestido refinado, porque sería él quien se encargaría de ese evento. Edmund le sonrió por última vez a la joven dama que se acercó a pedirle ayuda con alguna dirección, se notaba que era nueva, y esa pequeña interacción le alegró el día, dado a que él no era precisamente social, pero su deseo por conocer a su amada, era algo que lo mantenía despierto durante las largas noches en vela. Y ahora tenía a una bella y joven dama que atrajo su atención, aunque él sabía que la mayoría de las jóvenes del pueblo, aunque lo encontraran atractivo, no se acercarán debido a la poca o nula fortuna que tenía. Y él, siendo optimista, no aceptaría casarse por dinero, él sabía que iba a encontrar a la dama merecedora de todas sus atenciones, de todo su corazón y de todo su ser, y si había algo de fortuna, sería una bendición más, pues él sabría que ya había encontrado todo lo que necesita. Era un romántico, pero nadie lo sabía, sólo él y sus padres, pues, todos y cada uno de los sueños, él los compartió con sus progenitores, y ellos con mucho amor procuraron que esos sueños fueran alimentados y cimentados de manera correcta, lo cual funcionó, pero después de la tragedia, esos sueños permanecen encerrados. –Permítame, señora– Edmund abrió la puerta del coche para que la señora Cavendish pudiera subir. –Oh, todo un caballero, Edmund. –Sí, claro– murmuró Alexandra caminando hacia el otro lado del coche para subir sin ayuda de ningún "caballero", pero no contaba con la agilidad en la que Edmund llegaría a arruinar su tranquilidad. –Permítame, princesa. Dio un paso lo suficientemente fuerte para acercarse a abrir la puerta para ella, pero también sirvió para que algo de lodo saltara al vestido blanco como la nieve, al menos eso fue durante algunas horas, en ese momento no lo era más. –¿Qué sucede con usted? ¡Mi vestido! –¿Qué pasa cariño?– cuestionó la abuela con tono de sorpresa. –¡Está totalmente arruinado!– exclamó Alexandra tomando el vestido para observar el lodo en éste. –Lo siento, fui cuidadoso al abrir la puerta– Edmund estaba siendo honesto, porque lo que causó aquello fue el paso intencionado. –Lo sé, Edmund, no se preocupe, nosotras vimos. Ahora sube, Alex, se lavará en casa, es sólo tela. "Pff, sólo tela, no tienen idea", pensó con la excitación en incremento. Regresaron a casa y todos podían notar la incomodidad de Alexandra al tener su vestido arruinado por el lodo, todos sabían que era un accidente, pero Esmeralda no estaba del todo convencida del supuesto accidente, pero debía permanecer con la postura que todos tenían, así no habría sospecha alguna. –Abuela, es un vestido con una tela especial, no puede ser lavado con la misma manera que el resto. –No se preocupe, princesa, lo trataré con cuidado. Esmeralda tomó el vestido y se retiró hacia el patio de lavado, suspiró sabiendo que la pequeña broma de su primo terminó con ella pagándolo, eso tampoco le agradó a Edmund, dado que no pensó en aquellas consecuencias. –Te ayudo a lavarlo– se ofreció. –No, gracias– respondió de mala manera –. Ya has hecho suficiente por hoy. –Lo siento, Esme, no pensé en– –En efecto primo, no pensaste, por favor, déjame sola para poder terminar antes. Edmund suspiró y caminó de regreso a la cocina, cuando vio que la princesa caminaba de manera apresurada hacia el patio, fue cuando evitó que chocara con él y en cambio, la siguió sin que ella lo notara. –Esmeralda, no quiero ser una persona irritante, es sólo que necesito pedirle que el vestido sea lavado con delicadeza y de una manera diferente, espero me haya dado a entender. –La hemos entendido perfectamente– intervino Edmund, las dos damas miraron de una manera no tan agradable –. ¿Usted sabe qué manera es la adecuada? –Sí, sí lo sé– respondió frunciendo el ceño, muy molesta como para que aquellos ojos grises la intimidaran. –¡Enhorabuena!– exclamó con sarcasmo –. En ese caso, me temo que no podrá negarse a la simple tarea de lavar su propio vestido refinado y lleno de delicadeza, ¿o me equivoco, princesa? Esmeralda abrió sus ojos con sorpresa. –No, Edmund, no será necesario– le reprendió Esmeralda. –No es necesario, Esme, pero lo haré– contestó con molestia la princesa. Era claro como el cristal que ella no tenía idea de cómo lavar aquel vestido sin que terminara en un desastre, pero el orgullo era más importante en ese momento, no había manera en que se negara y quedara como una princesa prejuiciosa y malcriada. Alexandra mantuvo por segundos la mirada con Edmund, él se mantuvo con la seriedad que lo caracteriza, sus cejas abundantes haciendo sombra a sus ojos sombríos e intimidantes, su semblante era relajado, al contrario al de Alexandra, que aunque se observa tranquila, su semblante expresaba molestia e irritación. –Permiso, señoritas. Edmund salió triunfante de aquella intervención, y eso era lo que más le molestaba a la princesa, porque con cualquier decisión que hubiera tomado, ella iba a salir perdiendo. Pero, aquí también entraba Esmeralda, porque ella no tenía la culpa de nada e iba a terminar pagando por los caprichos de los dos, entonces optó por lavar aquel desastre… de nuevo.
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