Capítulo IX

3640 Palabras
Al día siguiente todos se despertaron con la sorpresa del carruaje proveniente del castillo repleto de vestidos. Esme estuvo a punto de soltar alguna lágrima al ver con detalle los vestidos reales, no podía creerlo; ella y la princesa pasaron horas en su pieza mientras probaban los vestidos. Entre risas y algunos deslizamientos, se tiraron a la cama de la princesa con dos vestidos alborotados. –Gracias, princesa. –Llámame Alexandra, Esme. Ella sonrió viendo al techo pintado con diferentes tipos de flores lilas y doradas, ella sólo tenía algunos garabatos en su pieza. –Debo confesarle algo… Alexandra se giró con rapidez hacia ella, quedando sobre el vestido gigantesco rosa. –Puede confiar en mí, mis labios están sellados. Esme suspiró como advertencia de que iba a contarlo todo. –Me encuentro nerviosa por el baile, pero va más allá de un nerviosismo común porque hay algo que no le he contado, prin- Alexandra– se corrigió. Alexandra comprendió que iba a relatar algo referido a lo que sucedió a su vestido inicial. –En el verano pasado pensé que había encontrado el amor en una pareja, y estaba a punto de comprometerme porque él me lo dijo así, dijo que terminaría su trabajo fuera del pueblo y regresaría con un anillo y una fecha para nuestra boda– se le entrecortaba la voz en medio del relato, Alexandra no lo podía creer –. El día de su regreso llegó, pero con él una situación desagradable, pues, fui a recibirlo en la entrada del pueblo, sin embargo, no entendía por qué la cantidad de gente alrededor. Era porque llegó la hija de los Bristol, Sofia. –Permítame un segundo– la interrumpió Alexandra –, ¿me está diciendo que ella, y su familia son los anfitriones del baile? –Así es, princesa. –Una disculpa, continúe. –No pude contener la emoción porque ella era mi amiga y hacía algunos años que no la veía, ahí comprendí la emoción de algunos, pues, ella es conocida en el pueblo. Lamentablemente, mi emoción cayó cuando vi al joven del que estaba enamorada sujetando la mano de Sofía. No lo comprendía, sin embargo, todo fue claro cuando observé el anillo de diamante en su dedo anular. Sentía que desfallecía. Alexandra llevó sus manos a su boca abierta por la sorpresa, no podía comprender lo que estaba escuchando, era una aberración. –Esme… –No se preocupe por mí, ya está en el pasado. Ahora estoy en mejor posición, pero, el baile me aterra de una manera que no puedo explicar y eso me molesta porque me he convencido de que todo está en el pasado. –Esme, no se torture por ello, sólo usted sabe lo que vivió, lo que sintió… Si no quiere ir al baile, yo la apoyo, pero, mi deber como su amiga es ayudarla en todo lo que me corresponda para que usted sea la mejor dama del baile. Levántese– Alexandra se levantó con habilidad mientras que Esme no podía hacerlo debido a la poca (nula) práctica con esos vestidos. Entre risas, Alexandra le ayudó a levantarse. Las siguientes horas pasaron para decidir qué vestido usaría, todos eran hermosos, todos en la misma gama de tonos, rosas, blancos, beige… Esmeralda, con su tez olivácea, ojos verdes, cabello oscuro y largo. La única opción, y la mejor fue el vestido color verde pastel más hermoso y detallado que le habían hecho a la princesa, sin duda era de sus favoritos y ella estaba feliz de darle el vestido más hermoso que poseía. –Pero, princesa– quiso negarse ante el préstamo, pero no sabía que el plan de Alexandra era dárselo sin ningún préstamo. –Esme, no sabe la alegría que siento al usted haber escogido ese vestido, por favor, acéptelo. Esme sonrió con un rubor en sus mejillas. Bajó la mirada al vestido en sus manos, sus ojos brillaban ante la calidad de la tela y los pequeños diamantes incrustados en la tela más fina. –El siguiente deber es el baile, ¡tengo una idea fenomenal! Alexandra salió corriendo de su pieza, lo cual era irregular en ella dado a lo que tiene aprendido de lo que debe ser el comportamiento de una princesa. –¿Alexandra?– le cuestionó su abuelo cuando la vio bajando las escaleras con urgencia. Ella no se detuvo a contestarle, tal acción llevó al abuelo a sonreír. Eric y Edmund estaban tranquilamente conversando mientras cepillaban a los caballos cuando llegó Alexandra agitada, por ello sus mejillas estaban ruborizadas, no había mucha actividad física pero estuvo mezclada con la emoción que surgió en el momento. Los dos chicos se sorprendieron por el estado de Alexandra. –¿Sucede algo, princesa? –Agradezco que pregunte, porque lo necesito un par de horas– sonrió mostrando sus hoyuelos en las mejillas, eran pequeños pero lo suficientemente visibles para que Edmund los notara. Eric sospechó por la emoción en el semblante de la princesa que su deber no tiene nada que ver con su trabajo estipulado, al contrario, piensa que será algo relacionado al baile, por ello no podía dejar que él fuera y su nuevo amigo no. –Estoy seguro que Edmund podrá ayudar de igual manera. –No– respondieron al unísono, y eso les molestó. –Yo opino que es una excelente idea, Edmund, tú también serás de gran ayuda– la respuesta de Esme le sorprendió a todos, e irritó a sólo dos. Sin poder decir algo más se dirigieron al salón principal, es un bello lugar, la luz del día impacta directamente al salón lo cual lo hacía más especial para aquellos admiradores de la luz, como lo son Eric y la princesa. –Escuche, Eric, usted practicará con Esme, usted sabe el baile principal, ¿lo recuerda? Me ayudó algunas veces a practicarlo– Alexandra palmeó ligeramente el brazo del joven nervioso, él asintió. Alexandra se adelantó para iniciar a tocar el piano con aquella melodía del baile principal. Eric no tuvo otra opción que dejar de lado el nerviosismo, de alguna manera el observar los ojos brillantes de Esmeralda le ayudaban a su nerviosismo, pero pasaba el efecto contrario en aquella joven con un enamoramiento en proceso. Eric colocó su mano un poco arriba de la cintura de la joven, ella ahogó un suspiro debido a la cercanía y el conocimiento de que otros estaban mirándolos. El joven guió a la perfección a Esmeralda, con suaves susurros le indicaba qué debía de hacer con sus pies o si seguía una vuelta. –No sabía que tocaba el piano– Edmund se recargó en aquel instrumento con la mirada fija en la pareja de baile. –No sabe nada de mí– susurró Alexandra manejando su tolerancia ante el joven, llevando a cabo una concentración absoluta en la pieza musical. –No dije que lo hiciera. Alexandra levantó la mirada, Edmund la bajó, la música paró. –¿Nos hemos equivocado? Oh. La princesa regresó con su mirada al piano y un sonrojo inevitable. Edmund les dio la espalda a los demás pero no pudo evitar mostrar una sonrisa involuntaria, llevó su mano a su rostro y notó que la temperatura de su rostro era más alta que la de su mano; la retiró de inmediato y su sonrisa cayó. La pareja observando todo decidió seguir con su baile en práctica pero al compartir una mirada no pudieron ocultar una sonrisa de diversión, los dos sabían que compartían el mismo pensamiento. Pasó una melodía completa sin la interrupción de Edmund, él se mantuvo en silencio observando el baile en pareja, nadie lo obligó, él necesitaba de ese conocimiento para poder ir al baile, observaba con detalle cada movimiento y cada corrección que los abuelos hacían. Los abuelos Cavendish compartieron un sinfín de bailes juntos y tienen un gran conocimiento de cada baile conocido y no conocido en el pueblo así como en el castillo, pues, su vida no siempre fue en el pueblo. –Escuche a su compañera de baile. –No me ha dicho nada, señora. –Eric– se acercó el señor Cavendish hacia él como si fuera a contarle un secreto –, escucharla va más allá de su verbalización, debe escucharla en todos los sentidos posibles, lleve sus ojos a los ojos de Esmeralda. Eric tragó en seco y obedeció. Sus ojos se conectaron de inmediato. –Sin dejar de mirarla, explore con sus otros sentidos lo que ella quiere decirle. Esmeralda comenzó a sentirse nerviosa, no sabía dónde llevar su atención, si en la mirada fija de Eric, su mano en su cintura, la otra mano sosteniendo la suya, o simplemente la cercanía entre ellos que hacía el respirar fuera toda una aventura. El silencio en la habitación fue impresionante, todos estaban esperando el resultado de lo que el abuelo estaba mostrando. –Esme, ahora usted piense en un movimiento fácil, pero usted le va a indicar con su cuerpo, no de manera obvia, él estará en conexión con usted y podrá saber lo que usted le está indicando. ¿Me he dado a explicar? –Sí, señor. Los dos chicos bajo la luz de los reflejos del sol tomaron un respiro profundo sin interrumpir la conexión visual. Esmeralda delicadamente dejó la mayoría de su peso en su pierna izquierda. Eric sintió ese cambio en el equilibrio de ella, reaccionó de inmediato e inició el baile guiándola a un paso hacia la derecha. Esmeralda sonrió con satisfacción, eso llevó a Eric a sonreír de igual manera; lo habían logrado. De inmediato Alexandra comenzó a tocar el piano, también ella llevaba una sonrisa dibujada. Ella repasaba en su mente la muestra que acaba de presentar su abuelo y le parecía de lo más romántico que alguien puede experimentar, de hecho, era otra situación que Alexandra se llevaba al apartado de su mente para después poder crearlo con su amado. –Un segundo, por favor– pidió Joe –, necesito aclararles el por qué la importancia de lo que se acaba de demostrar. La mayoría de veces se cree que el hombre es quien guía a la mujer, pero la hermosa realidad es que la mujer es quien dicta y comunica de manera sutil hacia dónde tiene que ir el hombre. –De la misma manera fuera del baile– se acercó su esposa a él con cariño, Joe rio asintiendo. –Jóvenes, si quieren impresionar a su pareja de baile o a la joven que les ha llamado la atención, recuerden que la comunicación no se lleva a cabo sólo con la verbalización. ¿Entendido? –Entendido, señor– respondieron los dos jóvenes de la habitación. –Ahora, Esme puedes deleitarnos con tus piezas. Alexandra toma el lugar de Esme. Las jóvenes obedecieron las órdenes de la abuela. Ahora Eric era quien sostenía a la princesa con delicadeza. Ella le indicó con su mirada hacia dónde tenía que dirigirse, fue simple para ellos porque la conexión dentro de su amistad era fuerte y sincera. Existe confianza y seguridad entre ellos, su comunicación fue sencilla. –Recuerden que existen diferentes tipos de comunicación– el abuelo comenzó con un pensamiento que llegó de manera repentina en su mente –, existen ocasiones donde la comunicación verbal habla lo que se piensa, pero no lo que se siente. Es más fácil escuchar a la mente que al corazón. Por esta razón, nuestro cuerpo expresa lo que desea nuestro corazón, éste es sabio y al no ser escuchado hará lo posible por hacerse escuchar. Por ello, les recomiendo que aprendan a escuchar su corazón. Los jóvenes entendieron la lección, o simplemente se quedó grabada en su mente y la repitieron todo el caluroso día. En ese momento no dijeron nada, pero las palabras del abuelo fueron repetidas en varias ocasiones en las cuatro mentes presentes. Después de aquella demostración, cada uno se retiró a sus deberes. Era un día caluroso y nadie quería levantar un dedo. –Oh, Esme, no te pediría nada este día, pero, mi boca está seca y necesito del agua que sólo tú sabes hacer. Esmeralda secó su frente con un pañuelo y asintió a la petición de la princesa. Alexandra se recargó en el marco de la puerta que lleva al campo, la brisa suave impactó en su cuerpo, llevaba un vestido blanco sin muchas capas, era el vestido más ligero que llevaba y aún así no era suficiente debido al fuerte calor que hacía. Edmund pasó su pañuelo por todo su rostro antes de seguir limpiando el establo, quiso beber algo de agua fresca pero se terminó, no tenía otra opción que ir a la casa. Guardó el pañuelo y caminó acomodando su gorro gris, del mismo color que sus pantalones; él también llevaba la camisa blanca más ligera que tenía, sentía los tirantes pegarse a su pecho, pero ya no le importaba. Caminando sintió una mirada, él no podía ver debido a los rayos del sol, llevó su mano a su frente para llevar algo de sombra a sus ojos, de esa manera pudo ver con claridad a la joven con vestido blanco en la entrada a la cocina. No pudo evitar observar con detalle gracias a que la joven tenía sus ojos cerrados, disfrutando de la suave brisa que le impacta, la misma que hacía que su vestido se pegara a su cuerpo. –¿Día caluroso? Alexandra abrió sus ojos con gran rapidez, un sonrojo apareció sin saber por qué, ella agradeció el calor para poder disimularlo. –Esme, su primo está aquí. Alexandra dio un paso atrás para dejarlo pasar. Edmund subió el escalón, se movió al mismo tiempo que ella, por ello, quedaron cerca, él bajó la mirada hacia ella, conectaron sus ojos por algunos segundos antes de que ella se girara, molesta. Esme y Edmund conversaron mientras Esme servía vasos de agua fresca para todos. Alexandra se quedó afuera mirando todo el paisaje, se olvidó de dónde estaba cuando comenzó a imaginarse correr por todo el lugar, sintiéndose libre. –¿Quiere agua, princesa? Alexandra se sorprendió ante la atención del joven Dubois. Aceptó el vaso con agua fresca y bebió. Edmund se situó en el marco de la puerta, observando el horizonte al igual que ella; era extraña la manera en que su silencio se fue convirtiendo en una comodidad. Cada uno pensó que la locura estaba llegando a sus mentes. –¿Sabe si hay algún lago cerca de aquí? –Sí, lo sé– respondió Edmund reflexionando la pregunta. Alexandra blanqueó sus ojos ante la respuesta simple y absurda. Aunque sabe que contestó exactamente a lo que le fue preguntado. –¿Quiere que la lleve? Edmund se giró a verla, su pregunta fue sincera, sin ningún truco o con el propósito de molestarla. Ella volteó a verlo y sintió la sinceridad que su semblante mostraba. –De acuerdo. Edmund sonrió. Salió emprendiendo el camino hacia el lago, no se preocupó por sus deberes en el establo ya que realizó la mayoría de la limpieza y los abuelos de la princesa están entretenidos con Esme tocando el piano. Alexandra caminaba con más libertad, sin la presión de que alguien la observaba, era simplemente ella caminando en el campo. Cuando se giró hacia atrás y observó la distancia entre ella y la casa se sorprendió, pues, sentía que llevaba caminando dos minutos pero ya estaban demasiado lejos y aún no veía algún lago. Fue hasta llegar a una colina que estaba rodeada de flores blancas, ella se detuvo un momento para poder apreciar cada detalle de aquel paisaje, sonrió al observar que su vestido parecía ser hecho de aquellas flores. Edmund se giró para indicarle el camino, se encontró con ella admirando el lugar donde estaba. Ella admiraba las flores y él… Alexandra sintió la mirada por ello, se giró hacia él con una sonrisa dibujada en su rostro, pero su semblante cambió al encontrarse con los ojos grises de aquel joven fijos en ella, no había pizca de burla en su mirada, eso le aterró. –El lago se encuentra bajando la colina, princesa. Los dos tomaron una gran bocanada de aire y siguieron su curso. Bajando la colina, Alexandra no pudo contener la gran sonrisa al observar que todo estaba repleto de flores blancas, rosas y amarillas. Ella no podía observar sus pies, las flores llegaban a la altura de sus rodillas; sentía el cosquilleo al ir caminando y que la naturaleza rozara su piel a través de su delgado vestido. Edmund sonreía involuntariamente al escucharla reír por el cosquilleo. No quería girarse a verla para no incomodarla pero se imaginó la pequeña sonrisa dibujada en su rostro, la cual era difícil de imaginar debido a las pocas experiencias compartidas donde había visto a la princesa sonreír. –Hemos llegado, princesa. –¿Qué dice? Aquí no hay ningún lago– Alexandra dio un giro completo esperando ver algún lago. Edmund sonrió. –¿Me permite?– él extendió su brazo en una esperanza que la princesa tomara su mano y aceptara que él la guiara. Alexandra no se esperaba esa reacción, pero aceptó. Era la primera vez que un contacto físico no obligatorio fue hecho. Los dos decidieron tomar la mano del otro, fue un encuentro distinto, las reacciones en cada uno fue distinta. Edmund comenzó a caminar, guiando a la princesa. Se encontraban muchos árboles, demasiadas plantas y hojas, él abrió paso. Los ojos de Alexandra se iluminaron al observar entre todo el paisaje verde, a unos simples pasos de ella estaba un pequeño lago, rodeado de más flores y plantas. –Es hermoso– murmuró sin darse cuenta de que Edmund aún sostenía su mano. Él no dijo nada. Simplemente contempló lo que tenía frente a él; lo que resultó un tanto extraño fue darse cuenta que él no estaba frente al lago. Alexandra soltó su mano y se apresuró a llegar al lago, se arrodilló sin importarle su vestido, llevó su mano al agua. Pasaron dos segundos antes de que Edmund empujara a la princesa. Saltó agua por todo el lugar. Alexandra empezó a tener problemas para flotar, aunque la profundidad no era demasiada, ella presentaba señales de no saber nadar. Edmund dejó de reír y se preocupó. Saltó de inmediato al lago para salvar a la princesa. –Tranquila princesa, sosténgase de mí– se acercó a ella sin visualizarla tan bien debido al agua salpicando en su rostro. La sostuvo de la cintura, pero no pudo saber en qué momento la mano de la princesa lo tenía bajo el agua. Sintió el agua entrar directamente por su nariz. Alexandra lo hizo en venganza. Ella jaló del cabello del joven para que volviera a la superficie. Edmund tosió rápidamente, pasó sus manos por su cabello para peinarlo hacia atrás; quitó el exceso de agua en sus ojos. Se pudo relajar y fue cuando escuchó la risa de la princesa, como nunca antes. No le era permitido reírse a carcajadas, pero en ese momento no le importó para nada. –¿Le parece muy gracioso?– Edmund se mostraba molesto pero el verla reír a carcajadas fue algo que nunca esperó ver. –Así es– siguió riendo –. Usted me empujó, era lo menos que debía hacer. –¿Intentar ahogarme? –No estaba intentando tal atrocidad– soltó una risita –, usted creyó que no sabía nadar. –¿Eso qué tiene que ver? –Soy una princesa, y mi reino está compuesto por mares y lagos– contestó segura de sí misma. Edmund no respondió de manera inmediata porque pudo percibir su alrededor, su mirada se fijó en la bella joven frente a él. Existía algo diferente en la burbuja que los envolvía en ese instante. Alexandra también lo sintió. Era como si en un abrir y cerrar de ojos los dos notaron la existencia del otro. No podían despegar la mirada, ella veía con asombro el cuerpo del joven debido a la transparencia de su camisa pegada a su pecho. Sus ojos grises que la veían fijamente, pero no sentía miedo, ni molestia, sin embargo le asustó lo que su instinto le decía, que era estar cerca de él. Edmund sentía lo mismo. Veía los ojos dorados de la princesa fijarse en su pecho y rostro. Era la primera vez que no quería molestarla, decirle algo imprudente, o ignorarla; lo único que quería era acercarse y observar sus ojos en una distancia menor. Eso hizo. Se acercó a ella. Alexandra sintió un remolino en su vientre, era como malestar pero no le hacía un mal, era todo lo contrario. Edmund tragó en seco al ser consciente de lo que acababa de hacer. –Debería acusarlo por haberme empujado– murmuró Alexandra sin saber qué estaba haciendo. Los dos llevaban su respiración acelerada. Sus ojos se conectaron. Pudieron observar detalladamente al otro. Las pequeñas pecas alrededor del rostro de Edmund le resultaban tiernas e interesantes a la princesa. El cabello de ella caía sobre su pecho y hombros, algunos mechones estaban pegados a su rostro. –Hágalo. Sería la primera vez que tendría la razón– murmuró de regreso. Edmund llevó su mano hacia el rostro de ella, tomando un mechón dorado y apartándolo de su rostro. Alexandra contuvo la respiración por esos segundos, llegó a sentir que su corazón se saldría en cualquier momento. Él llevó su mirada a los labios perfectamente diseñados al mismo tiempo en que soltaba el mechón enredado en su dedo índice. Alexandra observó con detalle los movimientos del joven frente a ella, le sorprendió que él fijara su vista en sus labios, pero, eso la llevó a fijar su vista en los labios entreabiertos de él. –¿Princesa? ¿Está usted aquí?
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