De inmediato ambos removimos del lugar espantando al perro a nuestras espaldas, me quité la sudadera ligera que tenía y ella me imitó con la suya. En la mía había una gran mancha igual que en la de ella, ambos nos detuvimos un momento a revisar sí en alguna otra parte del cuerpo teníamos más orina y por fortuna no era así, solo nuestras espaldas habían sido víctimas de aquel atentado de la naturaleza. —¡Todo esto es tu culpa! Sí no hubieras dicho que las cosas podrían emporar no hubiera pasado —gruñó ella en mi dirección, se veía muy molesta, su rostro se puso roja en un instante—, deberías disculparte conmigo, es lo menos que me merezco. —¿Mi culpa? Perdón, pero me senté aquí por qué tu necesitabas que alguien te acompañará —reboté para ella, totalmente desconcertado—, además no es co

