La ley del más fuerte

2331 Palabras
Decido bajar de esta inmundicia, lo hago por mis medios, pero al estar abajo cuatro manos me toman por la fuerza y me dirigen a esta nueva pocilga en la que me esperan algunos años, porque esto jamás será mi nuevo hogar. Jajaja la palabra hogar..., lo más similar a hogar para mí murió el día en que mi madre lo hizo. No puedo evitar dar una sonrisa sarcástica, lo cual los hombres que me recibieron no lo tomaron nada bien. Más bien trato de ignorar lo que me dijo, tampoco es como si me importara lo que sale de esa boca, que por cierto debería higienizar más, tiene los dientes amarillos, típico de un fumador o alguien que no los lava, pero como lo veo y la forma en que lanza saliva al hablar me inclino por esta última. Lo consiguiente es un proceso desagradable, me llevan a un lugar en el que me gritan que me quite la ropa, lo hago después de recibir un empujón contra la pared de concreto, me desvisto y veo como un hombre alto se pone guantes de látex. Por lo cual prefiero borrarlo de mi memoria, bueno, ignorar el proceso, si tan solo los recuerdos se pudieran eliminar, pero no, los malditos siguen presente día y noche. Los nuevos estorbos de mi vida me dan la bienvenida con gritos y ruidos de las rejas, aunque llevemos el mismo traje naranjo, nunca seremos iguales. Jamás esos mugrosos podrán estar a mi nivel, tan únicamente sentir el aroma al dar los primeros pasos me da asco, no miro a mis lados, solo veo algunos escupitajos volando. ¿Cómo pueden ser tan desagradables? Segundo día en prisión Me despiertan unos fuertes impactos en mis piernas y cuando estaba a punto de abrir los ojos siento un líquido caer sobre mi cuerpo. Me vuelo de inmediato para tratar de ponerme de pie, veo a tres hombres, sonriendo, a uno, con un gran recipiente en la mano. Me lanzo de golpe al hombre del balde. –¿Quién diablos te crees para lanzarme agua? –lo tomo desde la polera y lo aprisiono contra la pared. –El mismo que te dejo durmiendo en el suelo toda la noche y además ¿supones que esto era agua? -se ríe de forma sarcástica. Doy una pequeña olfateada y claramente esto no huele a agua, si ya estaba furiosos, esto lo incremento, formo un puño con mi mano y le doy directo en la cara. Inicio escuchar otros gritos de las celdas, animando a una pelea, le doy un par de golpes, pero él no responde, solo veo como sonríe, es un estup... Siento un fuerte golpe en mi espalda, para luego sentir como me jalan al suelo. –¿el nuevo ya provocando problemas? –siento la presión de una rodilla en mi espalda. –¿Quién mier...? –siento aún más presión. –Ya no estás en una posición donde puedas hacer lo que quieras, aquí la ley es otra– de reojo veo sus botas, seguramente uno de los guardias– Quesada– grita. –Si oficial– dicen desde la entrada. –Lección para primerizos grado tres –dice con todo gusto, como si disfrutara –¿Segu...? –no se a que se estará refiriendo el tal oficial, pero la voz de la persona que está hablando es de preocupación. –¡Si! Llévense a esta porquería. Llegan dos personas más y él se levanta no sin antes cargar todo su peso. –Y ustedes...- habla en tono amenazante a los mugrosos que comparten celda conmigo. –No hicimos nada– sé excusa uno, el mismo que tuvo que haberme pateado. –No se hagan los inocentes, a limpiar los baños ¡AHORA! Ellos pasan por mi lado susurrando y dándome una sonrisa. –Ya sabrás hijo de p**a– murmurar el último, el mismo imbécil que me lanzo esta porquería –¿Dónde me llevan? - les grito enojado, tratando de separarme– llamaré a mi abogado, quiero hablar con él. –¿Escucharon?, quiere hablar con su abogado–grita llamando incluso la atención de los mugrientos. Todos inician a reírse y a gritar incoherencias. Al salir puedo ver el cielo, aún no termina de amanecer por completo, hay neblina y el frío del lugar cala hondo en mi piel. Al llegar a un patio me lanzan contra una reja, de tal forma que me hacen rebotar y caer al suelo. Me pongo de pie y siento un potente chorro de agua en el estómago, es tan fuerte que me hace retroceder contra la reja nuevamente. –¿Qué...? –trato de hablar, pero suben el agua hasta mi rostro asiendo que me atragante con esta, que carajos se creen. Trato de salirme de mi lugar, pero sé me es imposible, ¿puede quemar el agua?, porque es eso lo que estoy sintiendo. No sé cuánto pasa, pero sé que no fueron muchos minutos, pero cada segundo fue un infierno, mis piernas flaquearon en el segundo que bajo la potencia del agua provocando que cayera al barro que se había formado con el agua. El olor a putrefacción lleno mis fosas nasales, el asco se hizo presente de inmediato, pero ni ganas tenía de levantarme. Dejan la manguera de lado y veo como se acercan a mí– al parecer es más débil de lo que aparentaba– me toma con fuerza de uno de mis brazos y su compañero hace lo mismo con el otro. –¿Don dónde me llevan? –no sabía que estaba temblando hasta que escuche trate de hablar. –Ya verás lo que significa grado tres –la burla nuevamente presente. Llegan a una puerta no muy lejos del lugar en que nos encontrábamos, la abren y me lanzan en el lugar oscuro. No alcanzó a reponerme cuando ya han cerrado la puerta. –Todos un día y toda una noche– escucho la voz de uno de ellos mientras se aleja. –Sa... sáquenme de aquí, le diré a mi abogado– les grito mientras llego a golpear la puerta, pero mi fuerza no es suficiente para hacer ruido. Ni un rayo de luz ingresa, solo puedo sentir el mismo olor a putrefacción que sentía hace unos minutos en el barro, estoy completamente mojado, ni siquiera llevo zapatos, por lo que puedo sentir la humedad del sitio. Mis pies estaban fríos, pero sentían claramente el lodo, lo cual en estos momentos hacían parecer que mis pies caminaban por hielo. Camino por el lugar tratando de buscar un lugar seco, entre todas las esquinas encuentro una en la que puedo tocar solo el suelo frío libre de humedad, el lugar no debe ser de más de 3x 3 metros. Me siento y abrazo mis piernas, tengo que darme calor, aunque con esta polera y pantalón mojados no será de mucha ayuda, con mis manos temblorosas, quito estas prendas quedando solo en bóxer, vuelvo a abrazar mis piernas, están frías como el hielo, no hay manera de darle calor alguno. Por más que pasen los minutos nadie viene a sacarme de esta inmundicia, al menos ya no siento ese olor asqueroso, o será que ya mi olfato no lo siente, era verdaderamente asqueroso. Creo que han pasado tres horas, quizás más o tal vez menos, espero que no sea menos porque cada segundo es una tortura, recién puedo sentir mis piernas, por un largo tiempo no las sentí. Mi estómago inicia a rugir, no he comido desde ayer, simplemente me comí una manzana, fue lo único que se me apeteció comer entre ese engrudo que le hacían llamar arroz con carne, esos tres trozos que les hacían llamar carne que no eran más que tres cubos miniatura. Ahora esos tres cubos se ven muy apetitosos y no me importaría comer ese engrudo. Mis ojos me pesan, los cierro, pero trato de abrirlos, toco mi frente y la siento ardiente, fiebre... Abro mis ojos por los golpes que se escuchan desde la puerta, los abro y alcanzo el pantalón, me pongo de pie con algo de dificultad, el pantalón sigue igual de húmedo, me lo pongo de todas formas y tomo mi polera. En ese momento se abre la puerta ingresando un gran rayo de luz, cálida luz del sol. –Sal– dice el oficial en tono seco, pero a la vez puedo escuchar la burla en ella. Salgo de inmediato, el sol impacta de lleno en mi rostro, provoca que cierre mis ojos de inmediato al sentir esa fuerte luz, pero eso no importa en estos momentos, con tal de estar fuera, en un ambiente más cálido... –¡Apestas! –hace una clara mueca de asco– ve directo a las duchas–me inicia a empujar en dirección al interior del edificio, que desde afuera pareciera que se cae a pedazos, bueno por dentro no es tan diferente. A mi alrededor veo a unos hombres, reclusos para ser específicos, ellos se burlan de mi aspecto y claro, estoy mugriento, hediondo y temblando aun por el frío que tenía. Me fui a dar la ducha, el agua fría no me importo, sé que mi cuerpo estaba acostumbrado a un grado de agua en específico, pero en estos momentos eso no importa con tal de quitarme este olor. Las instalaciones son pésimas, se siente el mal olor a alcantarilla en todos los pasillos, aunque ahora que estuve en ese lugar oscuro esto parece agradable, los baños, solo de concreto, escusados, pequeños, la mayoría incompletos, se nota que no los han cambiado en años, aunque con las personas que habitan este lugar no tardarían en estar en las mismas condiciones, las duchas, 10 regaderas que están a la pared a un metro de distancia una de la otra, sin separaciones, mucho menos cortinas, por lo que escuche la hacen llamar la pasarela, ya sabrán por qué. Nada más sale agua fría y el flujo o es lo mejor. Mi cuerpo al sentir el agua fría, recorrer mi cuerpo se tensa, pero me resisto, refriego cada rincón, hasta que siento que mi cuerpo no desprende ese olor. Cierro la llave, es cuando recuerdo que no traje nada con lo cual vestirme, pase de largo para acá y ahora no tengo nada con lo que secarme. –¡Toma! – siento que me lanzan algo a mi espalda. Me percato, primero veo que es el oficial, segundo, es la una toalla diminuta. –¿Cómo me voy a secar con eso? –apunto al suelo. –Es eso o nada– dice antes de darse la vuelta y salir. Tomo del suelo la pequeña toalla y me seco, miro las prendas y verdaderamente están sucias, es ponerme eso o salir desnudo. Ambas denigrantes para mi persona, pero creo que prefiero verme sucio a desnudo por los pasillos y que eso provoque a los otros presidiarios. Me pongo el pantalón, que aún permanece húmedo y ni hablar de su olor, supongo que realmente eso era mier*a. No, definitivamente no es posible, saco el pantalón y lo tiro a la ducha, dejando correr la llave, me pongo de rodillas a refregar esta tela, cuando veo que al menos se ve presentable me pongo de pie, estrujando la prensa en el proceso, la estiro y pese a las arrugas que quedaron me lo vuelvo a poner. Se ve horrible, pero al menos limpio. Salgo y camino por los pasillos, llego a mi celda y me encuentro con los tres infelices con los que comparto celda. Todos sonriendo con burla, como si estuvieran satisfechos con sus actos... Tres meses –Miren a quien tenemos nuevamente por acá– el doctor Peter me mira con su entrecejo fruncido–¿de nuevo en problemas? –esta vez dirige su vista al guardia que está a mi lado. –Herida superficial, una sutura y estará como nuevo– Me deja en la camilla con muy poco cuidado– esperaré afuera. Se va, de inmediato dirijo mi mirada al doctor Peter, saca la cadena que tiene en su cuello y toma la llave de este, abre un cajo y saca una jeringa, un líquido, hilo y aguja. Todo lo deja sobre una pequeña mesa, se pone sus guantes y me hace una seña. Sé perfectamente lo que significa, que me suba la polera para que pueda ver mi herida, no es la primera vez y como la anterior, espero sea la última. El ardor de un corte con vidrio es horrible, siento que me quema, además duele mucho más que con alguna hoja de metal. Lo primero que hace es limpiar mi herida con suero, sigue con la anestesia, espera unos minutos eh inicia a suturar. –Cada vez vas teniendo más suerte. –Si a esto se le llama suerte no me puedo imaginar la mala–digo irónicamente. –¿Quieres que te recuerde como llegaste la primera vez aquí? Me quedo de inmediato en silencio, porque aquel día aprendí que esto era una selva, en la que no solo el más fuerte sobrevive, sino que tiene una manada y un buen líder lo hace, pero lo principal, nunca levantarle la vista a ese líder, porque es así como acabas con tres heridas corto punzantes y todo el cuerpo magullado. Ese día sentí el sabor de mi sangre como nunca antes, por poco y pierdo la visión de mi ojo izquierdo. Simplemente por no bajar la mirada, pero aun así no soy uno de ellos y no porque me golpeen, voy a bajar la mirada por ellos, unos decrépitos asesinos y drogadictos. Las veces que me ha tocado volver a este lugar únicamente han sido por peleas, en las que yo resulte herido, es que en este sitio son tan cobardes que no pueden enfrentar a una persona por si sola, si no que mínimo entres tres te atacan, son unas bestias. Unas repulsivas bestias.
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