Seis meses en prisión
Nuevamente debo limpiar estas asquerosidades, estos hombres no sé qué sacan del culo, pero dejan asqueroso, verdaderamente son unos asquerosos, además de andar sucios todos los días como vagabundos no saben tirar la cadena y mucho menos lanzar el papel higiénico a un basurero. Queda en claro su falta de educación, higiene y prudencia.
–Esto es un asco–exclamó enojado al ver el siguiente baño.
–Deja de quejarte, hermano, es esto o cocinar para todos y déjame decirte que en eso no te voy a ayudar.
–Sabes que te estoy pagando para que me ayudes.
–Pero sabes perfectamente que nadie más quería ayudarte, así que deja de quejarte y limpiemos estos
–Insoportable es lo que es esto.
–Insoportable eres tú, te la pasas quejando, por eso te dicen la princesa– recalca princesa en tono burlesco.
Lo miro mal, sabe perfectamente que odio ese apodo. Desde el día uno en el que llegue me han molestado, normalmente los ignoraba como si no existieran, pero cada día lo hacían más y más, hasta que los enfrente, pero solo saque carcajadas de ellos.
En fin, desde ese día contraté a Leonardo como mi asistente, o como dice él su amigo, lo cual es irracional, pero lo dejo, hace lo que le pido con la suma de dinero que le prometí.
Él pone su música mexicana, que la verdad ya no me desagrada tanto, es agraciada y movida. Mientras asemos el aseo, nunca faltan sus bailes acompañando la canción.
Al terminar me voy a la biblioteca, si es que se le puede llamar así, solamente había veinte novelas interesantes, diez biografías de personas destacadas en la vida y algunos cuentos infantiles, lo cual parecía una burla, pero luego me di cuenta de que muchos de los que están acá no saben ni leer, ni escribir, así que toman talleres y aprenden. Retomando que me encontraba en la biblioteca, estaba leyendo una historia, era la última que quedaba, era sobre “el amor” y como todos saben en cada historia de amor está el antagonista.
Leer en una historia en el cual queda claro quién es el malo deja mucho que cuestionar, pero aun así no me arrepiento de nada.
Paso mis días en este recóndito lugar, únicamente tiene una mesa y dos sillas, espero que los libros que encargué para “aportar a esta biblioteca” lleguen pronto. Nada más velo por mí, acá nadie apoya al otro, a menos que sea porque le debe algo a esa persona, porque le están pagando o porque siguen a otro para mantenerse con vida.
La rutina acá es la de siempre, os levantamos, vamos a las duchas, desayuno, a hacer trabajos, luego los talleres, a hacer lo que nos manden, a almorzar, prosigo con la lectura, si es que llega el taller de guitarra acudo y así, hasta que llega la última comida, un pan y café, luego a los dormitorios, si es que se le puede llamar así a un cuchitril que estuve limpiando por tres días antes de pegar vista.
Por suerte ahora ya es un lugar decente y por los colchones que compre para esta ala, en la que somos 40 prisioneros, una de las razones por las que me dicen ese desagradable apodo, solo por querer mi comodidad, no es que me importen ellos, pero si no me presento como un hombre amable, que solo tiene buenas intenciones no me dejarían tener este colchón.
A las diez de la noche ya me encuentro acostado sin nada que hacer, solo pensando en que en todos estos años siempre trabajé duro para conseguir la aprobación de los demás, siempre buscando hacerlos felices y nunca lo logres, pero de lo que me di cuenta y es lamentable, es que nunca estuve satisfecho conmigo mismo.
Me duermo reflexionando en eso, y como todas las mañanas siento esa alarma del demonio, que retumba por los parlantes, no sé si alguna vez escucharon a una mujer paso las uñas por un pizarrón y provoco un ruido que todos odian, pues esa es nuestra alarma.
Seguimos la rutina, pero hoy tiene un cambio, es la jornada de visitas, nadie puede venir a visitarme, pero si pudieran sé que no vendría nadie.
Viene la oficial Jiménez, una mujer alta, de cabello n***o, al igual que sus ojos, color de piel moreno, utiliza su traje planchado y ancho como siempre, su cabello tomado y el mismo rostro de seriedad de costumbre, no es una mujer cercana a los estándares de belleza, pero acá estos hombres son unos degenerados, pero les sorprendería ver las capacidades que tiene para noquear a un hombre en tan solo dos segundos.
Cada uno de los que se ha sobrepasado, ha quedado con dolor muscular por mínimo tres días, y además al calabozo, del cual no sé ni la entrada y espero no hacerlo, es decir, recuerdo esa pieza oscura y del asco, por lo cual ni quiero imaginar que es el calabozo. Leonardo ha pasado por él dos veces y ha tenido que ir de inmediato a enfermería por una que otra mordedura de ratones. Al menos no se llevó el dolor muscular porque fueron otras las razones.
–En fila–su voz autoritaria hace que todos en silencio formemos una fila.
Ella se pasea con las manos atrás de su espalda examinando a todos, cuando llega al final de la fila vuelve al centro, se detiene –los que nombraré den un paso adelante– su voz es afilada y seca– Pérez Nicolas, Michel ... –nombra alrededor de veinte personas, todos con una sonrisa al saber que detrás de esas puertas lo espera alguien que los aprecia, cuando creo que termino– Y para mi sorpresa el último Kevin Wilmar.
¿Yo?, ¿segura que yo? ¿Quién será?
–¿Qué? ¿No va a dar el paso? –dice molesta.
–Perdón, pero yo no podía recibir visitas– respondo de forma tranquila.
–Pues está de suerte, al parecer, de ese maldito paso o iré hasta allá para ayudarlo–su expresión me deja en claro lo que debo hacer o las consecuencias.
–Síganme– camina hasta una reja, la abre y ella pasa, la seguimos en fila, soy el último, es increíble lo dominante que es, nadie se atreve a decir ni una broma ni nada, la respeta y ella los respeta.
Pasamos por un pasillo el cual nunca había visto, llegamos a un lugar estrecho, pero por las rejas se puede ver que las familias de ellos esperan, mujeres, niños, mujeres mayores, otros son jóvenes, seguramente hermanos o hijos, pero no veo a nadie conocido.
Aunque solo hay una mujer que llama la atención de todos, mira a nuestra dirección y sonríe de una forma tan extraña, es como si al hacerlo iluminara todo el sitio, por lo que veo usa un vestido blanco, tiene cabello rubio, es que es muy raro porque de verdad pareciera que iluminara el lugar.
Nos van dejando pasar uno a uno y poco a poco los saludos se van haciendo evidentes, Leonardo veo que saluda a una mujer mayor, la que debe ser su madre, seguimos y yo aun sin saber a quien tendré que ver, solamente quedan dos posibilidades o una mujer mayor a la joven hermosa.
Descarto a la mujer mayor cuando el hombre que esta adelante mío corre donde ella.
–Sin contacto–dice el guardia que estaba en la puerta.
Paso y me dirijo a la mesa de aquella mujer, que me mira y no deja de sonreír, a cada paso esa sonrisa se hace más hermosa, sus dientes son blancos, como toda una sonrisa perfecta.
Tomo asiento y la observo, su cabello es ondulado, no usa nada de maquillaje, pero tiene una piel perfecta, y que decir de su cuerpo.
Lo primero que llama que me cuestiono es ¿Por qué la dejaron pasar?
Segundo, ¿me la abre foll***? Porque si es así tuvo que haber sido pésimo para no recordarla, aunque sinceramente no recuerdo no a la mitad con las cuales me acosté, solo me importaba una cosa de ellas y estas no se molestaban en dármelo, más bien lo pedían a gritos.
–Hola Kevin– dice efusivamente.
–Hola... ¿Quién eres? –pregunto directamente.
–Soy Kara, tu ángel– mantiene una sonrisa, sus ojos reflejan felicidad y sinceridad.
No demuestra nervios al hablar, más bien habla de forma natural y segura.