El sol brillaba con una intensidad abrumadora en toda la ciudad. El palacio nuevamente vivía el nacimiento de otro hijo del rey. La concubina imperial Azzar estaba dando a luz en el palacio de la belleza eterna, su personal corría de un lado a otro tratando de ayudar a la partera a traer al mundo al hijo o hija de su nuevo amo. A la habitación de la concubina entraban las tinajas con agua caliente junto con paños tan blancos como la nieve. Sin embargo, cuando salían el agua estaba revuelta con sangre y los trapos de igual forma. Aquel parto estaba demorando mucho tiempo. Había pasado aproximadamente cuatro horas desde que la partera había ingresado a la habitación. Ahora, todos empezaban a preocuparse. El rey no fue la excepción, este se encontraba sentado frente a la habitación esperando

