**ADRIANA** Al caminar por los pasillos de la escuela, cada paso resonaba como una confirmación silenciosa de que algo estaba cambiando dentro de mí. Me imaginaba a mí misma creando, pintando, dando vida a esas telas y papeles que colgaban en las paredes como suspiros detenidos en el tiempo. Y entonces, sin previo aviso, me invadía una calidez en el pecho. Era sutil, casi imperceptible al principio, pero estaba allí, como una llama que empezaba a arder lentamente. Por primera vez, en mucho tiempo, sentí que quizás, solo quizás, estaba en el camino correcto. Que, a pesar de las heridas del pasado, de las dudas y los silencios, todavía había espacio para la belleza, para los sueños, para un futuro distinto. Me detuve unos instantes, sin necesidad de hablar ni de moverme. Simplemente, obser

