Voy en el auto del doctor, camino a su casa.
Acabo de dejar a Ariana en nuestro departamento al cuidado de mi mamá. Me hubiera gustado quedarme con ella para mimarla todo el día, pero Nicolás insistió tanto en que viniera y estaba tan desesperado, que tuve que acceder.
—Cuénteme sobre ella —murmuro para romper el tenso silencio que se hizo desde que partimos.
—No quiere al bebe... les hace la vida imposible a todas sus niñeras y me está volviendo loco... —murmura y acelera aún más el auto.
Me aferro al cinturón de seguridad y miro hacia el frente.
Se me aprieta el estómago al escuchar sus palabras.
Cuando me enteré de que estaba embarazada tenía diecisiete años, como la hermana de Nicolás. Yo no quería tener a Ariana, pero todo pensamiento malo cambió cuando vi su hermosa cara.
Continuamos el camino en silencio, camino que dura unos quince minutos.
—Llegamos —murmura cuando paramos en frente de un gran portón n***o.
El portón se abre y recorremos el camino que hay hasta una moderna casa de piedra.
—Es hermosa —murmuro al ver semejante casa.
Levanta las cejas en agradecimiento y baja del auto. Me bajo enseguida y lo rodeo hasta quedar a su lado.
—Ten paciencia, por favor —es lo único que dice antes de empezar a caminar hacia la casa.
Tengo casi que correr para alcanzar sus pasos. Subimos unos escalones y entramos en la casa.
Lo primero que escucho al entrar en la casa es el desesperado llanto de un bebé.
—Diana, llegué —grita Nicolás. Su grito me hace saltar.
Una mujer que aparenta tener unos cuarenta años se acerca con un bebe en los brazos.
—Hola señor —saluda la mujer que luce agobiada.
Nicolás la saluda con un movimiento de cabeza y coge al bebe.
—¿Dónde está Diana? —pregunta enojado.
La mujer que parece cada vez más incómoda señala las escaleras.
Nicolás vuelve a entregarle al niño y camina hacia las escaleras, subiéndola con largos pasos.
—Me llamo Matilde, mucho gusto —sonrío a la mujer.
—Igualmente, mi nombre es Mariana —me da una sonrisa gentil, pero incómoda.
Me acerco un poco más a ella y acaricio al bebé, que ya está más tranquilo.
—¿Puedo cargarlo? —pregunto amable.
El pequeñito es hermoso, tiene unos gigantescos ojos color miel y unos grandes cachetitos.
Mariana me lo entrega y suspira aliviada.
—Wow, eres muy gordito —murmuro al bebé, que como si entendiera, me sonríe.
—¿Vamos a la terraza? —pregunta Mariana, que ahora se ve mucho más relajada.
—Claro, vamos —respondo y la sigo.
***
—... y la verdad es que no la soporto —concluye Mariana.
Por lo que acaba de contarme, Diana es una perra. No se preocupa por su hijo y trata mal a cualquiera que se cruce en su camino.
—Mariana —llaman. Ambas nos volteamos y vemos a Nicolás caminando hacia nosotras.
Miro a Mariana que ahora está pálida. ¿Habrá escuchado Nicolás todo lo que me dijo?
—Dígame, señor —murmura nerviosa.
—Acabo de depositarle lo que le corresponde, ya puede irse... Gracias por todo —murmura y se pone a mi lado.
Mira a Javiercito y luego me mira a mí, sorprendido. Yo solo le guiño un ojo.
Ahora los bebes me encantan y tengo el gran don de llevarme bien con ellos, por eso es que Javier se quedó dormido en mis brazos.
—No se da con nadie tan fácilmente —murmura y acaricia su cabecita.
—Gracias señor, mucho gusto en conocerte Matilde —se despide Mariana y se va.
Le entrego el bebé a Nicolás y nos sentamos en un sofá cercano.
—¿Todo bien? —pregunto después de unos minutos en silencio.
Suspira y me mira.
—Con ella nunca nada está bien —murmura y cierra los ojos.
Pongo mi mano en su hombro y le doy un ligero apretón.
—Todo va a estar bien, solo dale tiempo... —murmuro. Él mira mi mano curioso y lo suelto.
Se pone de pie y hago lo mismo.
—Ven, voy a mostrarte la casa —murmura y empieza a caminar.
***
—Puedes venir con Ariana, no hay problema con eso... y nuevamente, gracias —repite.
—No te preocupes, y gracias... Ari va a estar encantada con tu patio... le encanta estar al aire libre —me río y le doy un beso en la mejilla que lo pilla desprevenido.
—Claro... —murmura y se sonroja.
—Nos vemos mañana entonces —me despido y subo al taxi.
Doy mi dirección al chofer y el auto se empieza a mover.
No miro hacia atrás mientras nos alejamos, solo pienso en mi pequeña y en las ganas que tengo de abrazarla y darle un beso. La amo tanto.
***
—¿Mami tú me quieres? —pregunta Ariana.
Ha escuchado todo lo que le conté a mi mamá.
—Por supuesto, te amo con mi vida —respondo y le doy un besito.
Mi mamá nos mira con ternura y suspira.
—Bueno cariño, espero que puedas ayudar a esa niña —murmura y se pone de pie.
—Es lo que más quiero —respondo y la acompaño a la puerta.
Mi mamá le da un beso a Ari y luego uno a mí.
—Bueno mamá, nos vemos mañana —me despido.
—Estaré súper temprano aquí para cuidar a Ari, nos vemos —nos abrazamos y mamá se va.
—¿Quieres comer algo? —grito a penas cierro la puerta.
—Si, chocolate y galletitas —grita Ari de vuelta.
Me río y voy en busca de lo que mi convaleciente hija quiere.