ELENA
Ya era hora de marcharme, pero ni siquiera había preparado la mesa todavía.
—Oye, ¿estás bien? —escuché la voz de Clara, notoriamente preocupada.
Llevaban rato intentando hablarme, pero yo no les estaba prestando atención. Forcé una pequeña sonrisa y asentí, sin apartar la mirada de la oficina de Damián.
Desde que me fui esta mañana, no lo había visto salir de ahí. Ni siquiera me fijé si alguien le llevó el almuerzo. Su madre y Sofía se habían ido apenas unos minutos después de mí. Me lanzaron una mirada de esas que cortan antes de salir.
Lucía me miró con expresión triste.
—¿Te ha vuelto a regañar? —preguntó, pasándome la mano por la espalda con suavidad.
Negué despacio. Las miré y, conteniéndome, les dije:
—Estoy bien. Solo... me molestó que el señor me insultara.
Clara estaba guardando sus cosas cuando se giró hacia mí con curiosidad.
—¿Aún no te vas? Antes siempre eras la primera en salir, y ahora parece que te quieres quedar hasta el final.
¿Y a dónde iba a ir?
Sonreí débilmente y comencé a ordenar los papeles del escritorio.
—Ya me voy. Solo estaba pensando un poco, nada más —respondí.
—¡No le des vueltas! No importa lo que te haya dicho el señor, no te lo tomes tan en serio. En este trabajo hay que aguantar de todo —dijo Lucía, tratando de reconfortarme.
—Eso mismo —añadió Clara.
Solo les devolví otra sonrisa.
Ya me preocuparía después, cuando él decidiera echarme de su casa.
—Además, ¡no has dicho que el señor Montes es tu novio! —soltó Lucía de pronto, casi gritando.
Fruncí el ceño.
¿Montes?
¿Quién RAYOS era ese?
—¡Ese abrazo fue una locura, amiga! Nos dejaste sin aire de la emoción —añadió Clara.
Fue en ese momento cuando me di cuenta: Montes era su apellido. Ni siquiera se había molestado en presentarme formalmente. Me reí, di las gracias, y me senté otra vez en mi lugar, recomponiéndome.
—Bueno, yo me voy primero —anuncié con una sonrisa forzada para despedirme.
Como siempre, pedí un taxi y me dirigí al edificio donde vivía Damián. Estuve atenta por si el guardia de seguridad intentaba detenerme, pero me saludó con la misma sonrisa amable de siempre.
Eso me confundió.
Subí al ascensor y marqué su piso. No podía dejar de pensar en lo que venía. Trabajábamos juntos, lo veía todos los días. No podía renunciar al trabajo. Era mi ingreso, lo que mantenía a mi hermana en la universidad.
Solté un suspiro justo cuando se abrieron las puertas. Caminé hasta el apartamento y marqué el código. Me recibió una oscuridad silenciosa, pesada.
En ese instante, la tristeza me golpeó de verdad.
Lo sabía. A partir de ahora, todo iba a cambiar entre nosotros.
Me quité los tacones sin ganas, dejándolos a un lado mientras caminaba descalza hacia el sofá. No encendí la luz. Me dejé caer y me quedé mirando a través del ventanal. Las luces de los edificios y la luna iluminaban la noche, pero para mí todo era oscuridad.
La escena de anoche volvió como un golpe: su piel sobre la mía, nuestras respiraciones mezcladas, su boca susurrándome que me amaba. Y esta mañana... todo se desvaneció como si nunca hubiera existido.
Tres años. Tres años borrados en un abrir y cerrar de ojos.
Quería salir corriendo detrás de él, pero no debía. No podía. Él lo perdería todo, y yo no podía cargar con eso.
—¿Por qué tenía que nacer pobre? ¿Por qué no puedo ser lo bastante lista como para salir de esto rápido? —susurré, cerrando los ojos con fuerza.
Las lágrimas vinieron solas, silenciosas.
—Damian... —murmuré, apenas audible, y empecé a llorar.
Me recosté en el sofá, encogiéndome sobre mí misma. Lloré en silencio hasta que el sueño me venció.
Desperté de golpe cuando la casa se iluminó de repente. Me incorporé sobresaltada. Lo vi ahí, de pie, apoyado contra la puerta. Damian.
Me miraba con esa media sonrisa cínica. Dio un par de pasos.
—Vine a buscar mis cosas —soltó.
Me acerqué, preocupada.
—¿Estás borracho?
Me apartó la mano con un gesto brusco y una mirada llena de odio. Sentí el corte invisible atravesarme el pecho.
—No vuelvas a tocarme con esas manos sucias y asquerosas —susurró con frialdad. Luego siguió su camino hacia el dormitorio.
Sí, Elena, ahora le das asco. No solo tu tacto. Tú.
Lo observé sin moverme. Ni siquiera lo ayudé cuando casi pierde el equilibrio. Solo lo vi empacar. Tomó su maleta, luego se quedó quieto mirando su ropa. Se giró hacia mí.
Se lamió el labio inferior con esa sonrisa cruel.
—¿Y por qué tengo que irme yo, en realidad?
Mi labio inferior empezó a temblar.
—Entonces me voy yo —dije, casi sin voz, y fui hacia mi armario.
—No. Quédate. Déjame solo.
Me detuve. Mi cuerpo entero temblaba. No podía perder ese trabajo. No podía. Mi hermana aún estudiaba, y yo sostenía a mi familia.
Me giré despacio para enfrentarlo. Sus ojos me atravesaban.
—Sabes que no puedo hacer eso, Damian —le dije, tartamudeando.
Frunció el ceño.
—Entonces te despido.
Tragué saliva con dificultad, mientras las lágrimas me ardían en los ojos.
—Por favor, no lo hagas —supliqué.
Me miró como si le divirtiera.
—¿Y por qué no? Es mi empresa. Puedo hacer lo que me dé la gana.
Me derrumbé. Me arrodillé frente a él, junté las manos y le rogué.
—Haré lo que sea. Solo no me quites ese trabajo. Mi hermana y mi madre dependen de mí... no puedo fallarles —lloré, con la voz rota.
—Levántate —ordenó.
Lo miré desde el suelo. Su mandíbula estaba tensa, sus ojos, fríos.
—He dicho que te levantes.
Me puse de pie rápido, asustada.
—¿Quieres quedarte? —preguntó sin emoción.
Asentí, sin dudar.
Se sentó en la cama con los brazos cruzados, la mirada clavada en mí.
—No quiero este apartamento. Solo me recuerda lo que hiciste —dijo, recorriendo la habitación con los ojos.
Sentí otra puñalada. No dije nada. No podía.
Volvió a mirarme.
—Te lo dejo. Y también te dejo en la empresa —declaró sin ninguna emoción.
Pero no sentí alivio. Algo en mí se encogió. Sentí miedo.
—¿Qué quieres a cambio?
Mi corazón golpeaba con fuerza. Sus ojos tenían ese brillo... ese deseo.
Me sonrió con malicia y recorrió mi cuerpo con la mirada.
—Quítate la ropa —ordenó.
Me congelé. La boca se me abrió sola, los ojos también.
—¿Q-qué?
Levantó las manos como si no fuera nada.
—Quiero un buen espectáculo. Asi que es momento que te desnudes frente a mi y lentamente hagas lo que mejor haces…