El sacrificio de amor

1594 Palabras
ELENA Apenas crucé la puerta del departamento, los susurros me golpearon. Todos cuchicheaban, y ya me imaginaba por qué: Sofía y Damian, el beso de ayer. Otra vez lo mismo. —¿Supiste lo de ayer? —Clara se me abalanzó apenas llegué a mi asiento. Me limité a alzar una ceja. ¿No se hartaban nunca de hablar de ellos? —No estoy para chismes, Clara. Tengo una montaña de informes encima —le contesté con una sonrisa, sin ganas. Me dio un golpecito en el brazo. Iba a decirle algo más cuando lo vi a él: Damian cruzando la sala. Tenía el rostro más serio de lo habitual. Algo iba mal. Los murmullos se cortaron. ¿Qué rayos le pasaba? Esta mañana estaba bien cuando salió de casa. Me sostuvo la mirada mientras se metía en su oficina. Clara y Lucía volvieron a pegarse a mí, como si no acabara de pasar algo raro. —Dicen que el señor Leclerc tiene novia —murmuró Lucía, casi pegándome la voz en la oreja. Por dentro puse los ojos en blanco. No era ninguna sorpresa. —Sí, y espera a oír esto —añadió Clara con tono dramático:— ¿Sabes lo peor? —¿Qué cosa? —pregunté sin muchas ganas mientras ordenaba unos papeles. —¡Que su novia es una de nosotras! —dijeron ambas en coro, bajando la voz. Se me resbalaron los papeles. El corazón me dio un vuelco. Me agaché de inmediato a recogerlos con los dedos temblorosos. —¡Vaya, Elena! ¿Tan impactada estás? —dijo Lucía con sarcasmo. —Ni tú lo puedes disimular —añadió Clara, disfrutando el momento. Evité sus ojos mientras tragaba saliva. —¿Quién es? —pregunté, sin poder evitarlo. Se encogieron de hombros, sincronizadas. Y entonces llegaron: la madre de Damian y Sofía, justo al mismo tiempo. La señora entró primero, altiva. Sofía iba detrás con el rostro rígido, sin dedicar ni una mirada a los demás. Solo lanzó una mirada cargada de veneno y se perdió en el despacho. —Mira cómo saca las garras esa zorra —bromeó Clara, medio riendo. —Seguro la tienen amenazada —añadió Lucía entre risas. Yo solo intentaba que el corazón no se me saliera por la garganta. ¿Cómo se había enterado todo el mundo? —Señorita Duarte, en mi despacho. Ya. El tono de Damian me hizo saltar. Me quedé helada. ¿Por qué me llamaba ahora? ¿No sabía con quién estaba? ¿Su madre y su…? —Qué tipo tan raro. Con todo lo que tiene encima, y aún se da tiempo para regañarte —masculló Clara antes de volver a su puesto. Lucía me miró con pena, me dio otro golpecito en el hombro y también se fue. Respiré hondo, recogí mis cosas y caminé hacia su oficina, aún sin saber qué cara iba a ponerle. —¡Ay! —solté al chocar de frente con alguien. Estuve a punto de caer de espaldas, pero una voz profunda me detuvo. —¿Se encuentra bien, señorita? Levanté la mirada. Era un hombre apuesto. Me aparté rápido y me incliné. —Lo siento, no lo vi venir —me disculpé, y luego alzé la vista otra vez. Me sonrió con cortesía y asintió. —¿La oficina del director general? —preguntó, mirando a su alrededor como perdido. Me dieron ganas de reírme, pero apenas hice una mueca. —Justo detrás de usted, señor —señalé la puerta sin más vueltas. —¡Ah! Gracias, no lo había notado —susurró, algo apenado, y entró. El cargo de secretaria se sintió inútil en ese instante. Lo había dejado pasar sin avisar a Damian, algo imperdonable. Sacudí esa idea de mi cabeza y golpeé la puerta tres veces antes de abrir con cautela. Todos giraron la cabeza hacia mí. La madre de Damian alzó una ceja al verme. Me incliné con respeto, manteniendo la compostura, y busqué la mirada de Damian. Estaba serio. Inamovible. —¿En qué puedo servirle, señor? —dije, midiendo cada palabra, mientras echaba un vistazo de reojo al hombre con quien me había cruzado antes. Él me observaba, los brazos cruzados. —¿Por qué la llamaste, Damian? Esto es una conversación familiar. No es momento de asuntos laborales —intervino su madre, molesta. Su mirada era afilada. —Ven —ordenó Damian. Mi cuerpo dudó, pero obedecí. Caminé sin mirar atrás, intentando no pensar en la tensión que reinaba. Al llegar al atril del rey, mi atención se fijó en dos periódicos sobre la mesa. Mi corazón se detuvo. Todo cobró sentido. Nos habían capturado. Aunque mi rostro no se distinguía con claridad, el mensaje era evidente. En la primera portada, Damian entrando a nuestro apartamento, y junto a eso, yo haciendo lo mismo. ¿Cómo descubrieron que era su empleada? El segundo periódico mostraba una toma lejana. Nuestra silueta reflejada en el cristal durante un momento íntimo. Mierda. Esa imagen era de anoche. Habíamos tenido sexo otra vez frente al ventanal. —Mamá, ella es Elena Duarte, mi novia. La única con la que pienso casarme —dijo Damian con firmeza. Las piernas me flaquearon. ¿Qué estaba diciendo? ¿Se había vuelto loco? Su madre y Sofía me miraron como si fuera basura. La señora Leclerc, con rabia, se acercó y me cruzó la cara con una bofetada. —¡Mamá! —gritó Damian, colocándose entre ella y yo. Me llevé la mano a la mejilla, sintiendo cómo las lágrimas pugnaban por salir. —¿Así que tú eres la que está manchando el nombre de mi hijo? ¿Qué quieres? ¿Dinero? —escupió con desprecio. —¡Basta, mamá! —replicó Damian, furioso. Ella lo miró como si no lo reconociera. —¿Hablas en serio? ¿Con esta mujer? Es solo una secretaria. ¿Qué van a decir nuestros socios? ¿Que eres un idiota por acostarte con tu empleada? Lo había imaginado. Sabía que, si esto salía a la luz, habría críticas. Pero dolía... dolía más escucharlo de su madre. Me mordí el labio. No iba a llorar. No ahí. —No vuelvas a hablar así de ella —dijo Damian, firme—. Elena y yo nos amamos. No me importa lo que digan. —Tienes que casarte con Sofía. Es la única forma de acabar con esto. De borrar este escándalo. Ella es tu novia. Esa es la historia oficial. —¡No pienso hacerlo! —gritó él. —Da... Damian... —balbuceé su nombre. Intenté tragarme las lágrimas. Me rompía verlos discutir por mí. Su madre tenía razón en una cosa: su reputación estaba en juego. —Creo que... deberíamos terminar —dije, con la garganta hecha un nudo. Él apretó la mandíbula con fuerza. —No, Elena. No dejes que esto nos separe —susurró, abrazándome con ternura. Negué. Lentamente. Aparté la vista. No podía con su mirada. Mis ojos se desviaron sin pensarlo hacia el hombre que compartía la habitación con nosotros. Noté cómo arqueaba ligeramente las cejas al notar que lo observaba. Entonces lo decidí. —Tu madre tenía razón, Damian. Solo estoy contigo por tu dinero —solté sin rodeos, mirando directo hacia él. —No digas tonterías, amor. Sabemos que eso no es cierto. No inventes cosas solo para terminar conmigo —replicó con seriedad. Me eché a reír mientras me alejaba de su lado. —Estoy siendo honesta, Damian. Esto es solo un juego para mí. Tengo a alguien más —escupí con frialdad, sin apartar la mirada. —¿Lo ves? Hijo, ahí está su verdadera cara. No te merece —saltó su madre, satisfecha. —¡Ya basta! —gritó Damian. El silencio se hizo inmediato. Su voz cargaba una furia que no habíamos escuchado antes. Sus ojos... se oscurecieron. —Sé que estás mintiendo, Elena. ¿Por qué lo haces? —dijo, con una mezcla de dolor y rabia. Volví a reír y lo miré a los ojos. Perdóname... pero no puedo hacer otra cosa. —Déjame demostrarlo —dije, y caminé hacia el otro hombre en la sala, que no había desviado la vista en ningún momento. No mostraba emoción. Pero entendió lo que iba a hacer. Me giré hacia Damian. Él no apartaba los ojos de mí. —Él es de quien te hablé —anuncié, y tiré de su nuca para besarlo. Él me rodeó la cintura instintivamente y respondió sin dudar. Lo besé... fuerte. Perdóname, amor... Te amo. Todo se detuvo cuando escuchamos cómo las cosas de Damian se estrellaban contra la mesa. Su madre y Sofía gritaron. Él respiraba con dificultad, la furia en su rostro era evidente. —Vete —dijo en seco, con una mirada que me atravesó. —Vete, mujer. Se acabó. —Vamos —susurró el hombre a mi lado, pasándome el brazo por la cintura con delicadeza. Damian no me quitó los ojos de encima. Apretaba la mandíbula con fuerza. Me obligué a mantenerme firme, a pesar de lo rota que me sentía. Me incliné levemente, como si eso pudiera suavizar el dolor, y salí con él. Apenas la puerta se cerró detrás de nosotros, las lágrimas comenzaron a deslizarse. Mis piernas flaquearon y me deshice en su abrazo. —Llora —me dijo, y yo simplemente dejé que el llanto saliera. Ya no me importaba quién nos viera. Necesitaba liberar todo esto. Su mirada... la forma en que me miró... Lo siento, mi amor... lo siento tanto. Espero un dia me lo perdones.
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