Alma
Me coloqué una peluca de cabello rubio y unos pupilentes marrones para ocultar mi verdadera apariencia. Mi atuendo también era diferente: ropa sencilla, sin el más mínimo rastro de la imagen que todos conocían de mí.
Salí con los hombres de la mafia mexicana sin titubear. No era la primera vez que me infiltraba en un movimiento como este, pero siempre había alguien dispuesto a recordarme los riesgos.
—Tu padre te matará si se entera —me advirtió mi tío David, su tono grave pero con un deje de resignación. Después de todo, él era el mejor amigo de mi padre.
Esbocé una sonrisa irónica.
—Pues nadie tiene por qué enterarse. Nadie en el cártel cree que la pobre Alma siquiera sabe disparar.
David me miró con seriedad y negó con la cabeza.
—No juzgues tan duro a Cristo… —murmuró.
Su comentario hizo que sintiera un ligero escozor en el pecho. Respiré hondo y aparté la vista antes de responder.
—Tío, sé perfectamente que él me cree débil. No me ha tratado igual desde que ese italiano me usó.
David suspiró pesadamente, como si hubiera escuchado esas palabras demasiadas veces y aún así no supiera cómo responderlas.
—Solamente quiere protegerte. Sigues siendo su niña pequeña.
Lo miré fijamente, reprimiendo la risa amarga que amenazaba con escaparse. ¿Su niña pequeña? Eso había quedado en el pasado. Desde aquella noche en que Alessandro Rinaldi me tendió su trampa, mi padre dejó de verme igual. Y aunque intentara protegerme, lo hacía más por vergüenza que por amor.
Pero eso ya no importaba. Lo que importaba ahora era mi misión. Y esta vez, nadie me iba a subestimar.
Me dirigí con los hombres en las camionetas, siguiendo la señal del rastreador que había colocado en Daniel Morgan. No perdí de vista el indicador ni por un segundo hasta que llegamos a una casa extraña, apartada y sin demasiados puntos de acceso visibles.
Aparcamos a una distancia prudente y saqué un dron de mi equipo. Durante años me había especializado en inteligencia, en estrategias y tecnología. Gael tenía la fuerza bruta, pero yo tenía la técnica. Y en este mundo, la astucia siempre valía más que los puños.
Mientras el dron sobrevolaba la propiedad, analicé cada detalle de la estructura: la distribución de las entradas, las cámaras de seguridad, los movimientos alrededor del perímetro. Algo en aquel lugar no cuadraba. Si Morgan había llevado a Gael allí, significaba que estaba actuando por fuera de la DEA.
Todos pensaron que me fui del cártel porque era débil, porque ya no quería ser una Hierro. Pero la realidad era otra: los tiempos habían cambiado. Ya no era como cuando mis padres eran jóvenes, cuando la lealtad se medía en sangre y no en estrategia.
Yo nunca dejé de ser una Hierro. Solo aprendí a jugar el juego de una manera diferente.
Observé a través de la cámara cómo Gael estaba atado a una silla, con el rostro ensangrentado y la respiración pesada. Frente a él, Daniel Morgan lo miraba con frialdad, exigiéndole respuestas que Gael se negaba a dar. No tenía micrófonos para escuchar lo que decían, pero las imágenes hablaban por sí solas.
Morgan no era un agente común. Sus métodos eran brutales y fuera de la ley. Lo vi levantar el puño y golpear a Gael con tal fuerza que su cabeza cayó hacia un lado.
La rabia me recorrió el cuerpo como un veneno.
—Prepárense —ordené con voz firme—. Entraremos.
Mis hombres asintieron, listos para actuar. Me aseguré de que todos tuvieran sus posiciones claras y de que las armas estuvieran listas. No podíamos fallar.
Gael era mi hermano y nadie, ni siquiera Daniel Morgan, tenía derecho a tocarlo.