Daniel Morgan Observé al mocoso de Gael Hierro frente a mí, atado a la silla con el rostro ensangrentado. Apenas un niño, pero con la arrogancia de su linaje. No me importaba él, sino su padre, Cristo Hierro, el verdadero pez gordo. Sabía que si lo entregaba a la justicia, lo protegerían con esa maldita basura de los derechos humanos. En prisión, tendría abogados, contactos y políticos corruptos cubriéndole las espaldas. No, yo necesitaba respuestas ahora, y Gael era mi única carta para conseguirlas. Me incliné sobre él, aferrándolo del cuello de la camisa. —¿Dónde mierda está tu padre? —rugí, sintiendo cómo mi paciencia se agotaba. Gael soltó una carcajada seca, escupiendo al suelo antes de alzar la mirada con descaro. —Vaya, vaya… El gran coronel Morgan perdiendo la cabeza. —Sonrió

