Me subí al carro de Daniel y él arrancó sin decir nada. Solo el rugido del motor y el sonido de los neumáticos rompiendo el asfalto llenaban el silencio. Yo, por mi parte, me limité a mirar por la ventana, ignorándolo por completo. No tenía idea de qué pretendía este imbécil ni por qué me había sacado así de la oficina. —¿Qué te pasó en la cara? —preguntó de repente, sin apartar la vista del camino. Mantuve la mirada fija en el paisaje que pasaba a toda velocidad. —Me golpeé con una puerta —respondí sin emoción. Daniel soltó una carcajada fuerte, sarcástica, que me hizo apretar los puños sobre mi regazo. —Vaya, Sandoval, qué torpe resultaste ser —se burló—. Aunque, si te soy sincero, dudo mucho que una puerta tenga tanta fuerza. Giré la cabeza y lo miré con frialdad. —No todos tenem

