Me desperté temprano y, después de darme una ducha rápida, fui directo a la cocina. Como siempre, el primero en recibir mi atención fue el Señor Bigotes. Coloqué su plato de comida en el suelo y él se apresuró a comer, pero no sin antes frotarse contra mi mano, su ronroneo vibrando en el aire como una melodía reconfortante. —Bebé, no me gusta dejarte solo todo el día, sabes que te amo —le dije, acariciando su suave pelaje. Él respondió con un par de maullidos, como si realmente entendiera cada palabra. Suspiré, sentándome en el taburete de la cocina mientras lo observaba comer. —¿Sabes? Ese idiota de Daniel me besó ayer —confesé en voz baja, como si estuviera compartiendo un secreto prohibido. El Señor Bigotes alzó la cabeza, lamiéndose la nariz antes de maullar otra vez. —Lo sé, lo

