Subestimada

1505 Palabras
Alma Hierro Estaba terminando mi turno cuando Thomas me llamó a su oficina. El rubio de ojos cafés me observaba con una mezcla de interés y deseo apenas disimulado. No me sorprendía. Conozco a los hombres como él, siempre dejándose llevar por sus impulsos, creyéndose en control cuando en realidad son los más fáciles de manipular. Caminé con calma hasta su oficina y me senté frente a él, cruzando las piernas con deliberada lentitud. Sabía perfectamente cómo seducir sin siquiera decir una palabra. —Vale, ¿quieres que te lleve a tu departamento? —preguntó con una sonrisa ladeada, como si me estuviera haciendo un favor. Apoyé el codo en el escritorio y fingí un gesto pensativo. —No, gracias, cariño. Su sonrisa se desvaneció un poco. —Dime la verdad, ¿tienes a otro? —espetó, con un leve tono de reclamo disfrazado de broma. Solté una carcajada, inclinándome un poco hacia adelante. —¿Otro? —repetí con diversión—. Thomas, qué imaginación la tuya. Él entrecerró los ojos, intentando descifrarme. Pobrecito. Creía que éramos iguales, que jugábamos el mismo juego. Pero lo cierto es que él era solo una pieza en el mío. Debía hacerme la tonta y manipularlo a la perfección. Y si eso significaba mantenerlo en su fantasía de que tenía algún poder sobre mí, lo haría con gusto. —Lo de nosotros no es serio —dije, como si lo estuviera explicando a un niño. Él, sin embargo, no parecía tomarlo con calma. Se levantó bruscamente de su silla, su rostro rojo de enojo. —¡Crees que no vi cómo se te iban los ojos por Daniel Morgan! —explotó, señalándome—. Acaso te enteras en su cama. Me quedé completamente inmóvil, casi riéndome por dentro. Negué con la cabeza lentamente. —Tus celos no te dejan ver, Thomas —respondí, sin perder mi calma—. Te recuerdo que estás casado y tu mujer está embarazada. No tienes por qué preocuparte por mí. Estás enojado porque no me he acostado contigo, ¿verdad? Sus ojos se endurecieron aún más, y dio un paso hacia mí, como si estuviera dispuesto a soltar una verdad incómoda. Pero antes de que pudiera abrir la boca, lo interrumpí. —Te has revolcado con varios de aquí — Me reclama. Me acerqué a él con pasos lentos y firmes, dejando que mi presencia lo envolviera. La tensión era palpable, pero yo estaba completamente en control. —A mí no me tiene cualquiera, Thomas. Solo a quien a mí se me antoja —dije, acercándome aún más, de modo que no pudiera evitar escucharme. Él resopló, claramente molesto, pero aún no quería soltarlo. —Sé todo de ti, Valeria. Y créeme, ser una puta no te ayudará a pagar tus deudas —dijo con veneno en su voz, sus palabras como una amenaza, pero a mí no me intimidaban. Reí con desprecio y le di una sonrisa arrogante. —Si a mí se me antoja, te despiden —Me afirma. Rodee los ojos y salí de allí. Me he cansado de este papel de la ingenua y coqueta agente de seguridad. Para los hombres machistas, una mujer que les muestra las piernas y el escote es vista como tonta y subestimada, pero, sorprendentemente, esto me ha servido para ayudar al Cartel más de lo que imaginé. Salí de la oficina, me subí a mi coche y comencé a conducir. La identidad de Valeria Sandoval, la honorable agente de la DEA, ha sido fundamental para brindarme paz y la oportunidad de escapar cuando más lo necesité. Dentro del Cartel, muy pocos me toman en serio, especialmente frente a Gael y mi padre, pero fuera de su vista, me consideran una mujer sin moral. Todo comenzó a los dieciséis años, cuando Alessandro Rinaldi me cortejó y, con engaños, me llevó a su cama. Desde ese momento, mi valor dentro del Cartel se desplomó. Ya no soy virgen, y los mafiosos, tan machistas, no tienen ningún interés en mí, salvo algunos viejos que desean aprovecharse del poder de mis padres. A todos los he rechazado. Alessandro no solo me despojó de mi integridad y me humilló, sino que esparció el rumor de que había sido suya, acompañándolo de fotografías mías de hace años. Mi reputación cayó al abismo, y me ha costado años reconstruirla. Por eso, a los dieciocho, decidí irme de casa e iniciar mi carrera en la DEA. A pesar de todo, nunca perdí el contacto con mis padres. He utilizado mi imagen para obtener información. Después de todo, que te vean como una mujer fácil puede ser una gran ventaja. Lo curioso es que ni siquiera he tenido varios hombres para ganarme esa reputación. A lo largo de los años, descubrí que mi apariencia y mi capacidad para jugar con las percepciones de los demás me daban una ventaja única. Mientras muchos me subestimaban, pensando que no era más que una mujer superficial, yo aprovechaba esa impresión para obtener información crucial, para colarme en lugares donde no debería estar, para acceder a conversaciones que otros no habrían escuchado jamás. Lo hacía con astucia, con control, sin mostrar más de lo necesario. Llegué a mi departamento solitario y observé al señor Bigote, allí, recostado tranquilamente sobre el sillón. Él es mi pequeño gato blanco de ojos azules, con su pelaje suave y su mirada tranquila, como si entendiera todo lo que ocurre a su alrededor. —Estás hermoso, mi consentido —dije en voz baja, acariciando su pelaje con ternura. Mi único refugio, mi único compañero fiel en este mundo de mentiras. Sonreí al mirarlo, sintiendo esa conexión especial. Él era el único ser en mi vida que no me había mentido. En su silencio, en su compañía, encontraba la paz que tanto anhelaba. Nadie más me miraba de esa forma, sin juicio, sin interés, sin agendas. —Tú eres el único hombre que no miente —susurré, dejando escapar un suspiro de alivio, mientras él se acomodaba sobre mis piernas, ronroneando en señal de aprobación. A veces, los animales tienen la capacidad de ofrecernos lo que los humanos no pueden: honestidad, tranquilidad y amor incondicional. Salí de mis pensamientos cuando la puerta se abrió y alguien entró con sus propias llaves. Era el hombre de cabello oscuro y ojos azules, Gael, mi hermano. —¿Qué mierda haces aquí? —le pregunté, algo molesta. Él se quedó en el umbral, observándome con una leve sonrisa. —Papá quiere verte y jamás respondes, Alma —me dijo con tono grave, como si estuviera acostumbrado a mi indiferencia. —No puedes entrar así —respondí, levantándome del sillón y enfrentándolo, tratando de retomar el control de la situación. Gael se echó a reír, su risa era esa mezcla de burla y algo más, como si estuviera disfrutando mi incomodidad. —Tus compañeros de la DEA son unos imbéciles —comentó con desdén, como si no le impresionara lo que hacía en mi vida profesional. Le dirigí una mirada fulminante, pero él no parecía inmutarse. —Ahora no es como antes —agregó, cambiando de tono, como si lo que iba a decir fuera serio—. Ha llegado un Coronel de Estados Unidos. Un tal Daniel Morgan. Él soltó una risa burlona. —No importa, los volverás locos como a todos. Para eso eres la más guapa, hermanita —dijo con esa sonrisa arrogante que me solía poner los pelos de punta. Lo miré fijamente, mis ojos chisporroteando de indignación. —¿Tú también piensas que solo soy una carita bonita, como los estúpidos socios de papá? —le pregunté, mi voz cargada de sarcasmo. Gael levantó las manos, tratando de quitarle peso a la situación. —Yo no he dicho eso... —afirmó, sonriendo de nuevo, pero con una chispa de malicia en la mirada. —Tú fuiste el más beneficiado con lo que pasó. Quedaste como el líder —le lancé, desafiándolo, sabiendo que no podía esconder lo que todos veían. Gael soltó una risa despreciativa, como si todo fuera un juego para él. —No es mi culpa que tú te revolcaras con el enemigo, hermanita. Siempre pensé que eras la más inteligente, pero a veces olvido que eres mujer, y las mujeres son cursis —comentó, su tono lleno de desprecio. Mi enojo creció, pero me controlé. Gael siempre había sido así: un ser arrogante y machista, dispuesto a jugar con las emociones de los demás para alimentar su ego. Pero no iba a dejar que me afectara, no hoy. —Eres un imbécil — Le lancé una bofetada — Perdón, Alma, yo. — Vete, iré a ver a papá cuando yo quiera y cuídate, imbécil. Daniel Morgan es de cuidado, créeme. Él solamente se marchó. Ya no sé qué más hacer para demostrar que valgo que no soy una estúpida que se deja embaucar y aunque papá no lo diga yo sé que él también me considera inútil. Por ese motivo Gael es el líder y no yo.
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