Daniel Morgan

1115 Palabras
Daniel Morgan Pertenecer a una familia de militares es más que un legado, es una condena. Mi abuelo, mi padre y todos los hombres Morgan antes que yo han servido como coroneles. No se cuestiona, no se elige, simplemente se nace para ello. Mi padre es el actual Ministro de Seguridad de México, y yo, con veintisiete años, he sido ascendido a coronel. No hay margen para errores, ni para el miedo. Mi vida entera ha sido la lucha contra el narcotráfico. Desde los tres años, mi entrenamiento ha sido brutal: disciplina, estrategia, combate. Nada de sentimentalismos. Un soldado no siente, no se quiebra, no titubea. Y yo no pienso ser la excepción. Ahora mismo estoy en mi oficina, observando un informe mientras mi secretaria, una pelirroja de curvas tentadoras—y a la que ya he probado en la cama—, me espera con los brazos cruzados. Su tono es profesional, pero su mirada dice otra cosa. —Coronel, se necesita mano dura —dice con seriedad—. En México, el cártel de los Hierro no ha dejado de atacar. Han matado a varios agentes y la DEA no puede contenerlos. Alzo la vista del informe. —¿Y qué demonios está haciendo la DEA al respecto? —pregunto con frialdad. —Nada que valga la pena. No pueden con ellos. Cristo Hierro ha expandido su territorio más allá de lo que imaginábamos. Su gente es letal y está mejor armada que nosotros en muchas zonas. Aprieto la mandíbula. Malditos narcos. Siempre un paso adelante. —Cristo Hierro no hace movimientos sin un propósito —digo, más para mí que para ella—. ¿Qué está buscando? —Poder —responde sin titubear— Sus hijos son más letales que él. Únicamente tenemos la imagen de su hijo mayor. —Vamos a cazar a los Hierro. A todos e iniciaremos por el hijo mayor. La menor debe ser pan comido las mujeres son muy fáciles de doblegar. Después de hablar con mi asistente, me dirigí al departamento de la DEA. El jefe de la agencia en México no era un desconocido para mí; Thomas Klein y yo nos conocíamos desde el entrenamiento. Rubio, de ojos cafés y con una expresión siempre alerta, Thomas había escalado posiciones con rapidez gracias a su inteligencia y su habilidad para manejar crisis. Al llegar a su oficina, lo encontré revisando unos expedientes. Al notar mi presencia, levantó la vista y sonrió con cierta sorpresa. —Daniel, increíble que hayas regresado —dijo, cerrando la carpeta que tenía en las manos—. Me enteré de que te casaste. Felicidades. Rodé los ojos, sin humor para charlas triviales. —No he venido a hablar de asuntos personales, Thomas —respondí con frialdad—. Estoy aquí por los Hierro. Mi padre me envió porque la DEA ha fracasado en controlarlos. Thomas suspiró y se recargó en su escritorio, cruzando los brazos. —No hemos fracasado —corrigió, con el tono de quien ha repetido la misma excusa demasiadas veces—. Pero los Hierro no son un cártel común, Daniel. Tienen informantes en todas partes, incluso dentro de nuestras filas. Cada vez que organizamos un operativo, ellos ya saben lo que haremos antes de que siquiera movamos un dedo. Me crucé de brazos, observándolo con dureza. —Si tienen infiltrados en la DEA, entonces la situación es peor de lo que pensaba —afirmé—. Y si ustedes no pueden con ellos, el ejército se hará cargo. Thomas me miró con cautela, midiendo mis palabras. —¿Quieres llevar esto a una guerra abierta? —No quiero —respondí con frialdad—. Pero si es necesario, lo haré. Thomas dejó escapar un suspiro, frotándose la sien con dos dedos. —Escúchame, Daniel. Si entras con tácticas militares, provocarás una reacción violenta. Cristo Hierro no es un idiota; si se siente acorralado, desatará una ola de violencia que podría costarnos cientos de vidas. —Entonces, dime qué sugieres. Porque quedarnos de brazos cruzados no es una opción. —Por lo pronto, quiero ver a tus hombres —dije con firmeza. Thomas asintió y me guió por los pasillos de la DEA hasta llegar a una sala amplia. Adentro, varios agentes estaban reunidos. Algunos revisaban informes, otros conversaban en voz baja, y un par limpiaban sus armas. Cuando entramos, el murmullo se detuvo y las miradas se posaron en nosotros. —Atención —ordenó Thomas con autoridad—. Quiero presentarles al coronel Daniel Morgan. A partir de hoy, trabajaremos en conjunto con él y su equipo. Hubo un murmullo de desaprobación. No me sorprendió. La DEA nunca recibía bien la intervención militar. Para ellos, éramos brutos sin estrategia. Mientras hablaba, mi mirada se detuvo en una mujer en la esquina de la sala. Su ropa ajustada marcaba cada curva de su cuerpo. El cabello castaño caía en suaves ondas sobre sus hombros y enmarcaba un par de ojos verdes impactantes. No podía negar que era atractiva. Pero lo más interesante no era que yo la mirara, sino que Thomas también lo hacía. Ella notó nuestras miradas y sonrió de manera coqueta. Se cruzó de brazos, empujando sutilmente su pecho hacia adelante. Un gesto ensayado, provocador. —¿Y tú quién eres? —pregunté, observándola con detenimiento. Su sonrisa se amplió, pero su expresión era superficial, casi vacía. —Soy Valeria Sandoval —respondió con voz melosa—. Trabajo en inteligencia. Levanté una ceja. —¿Inteligencia? —repetí con incredulidad. No lo parecía. Su actitud frívola y la forma en que se tocaba el cabello mientras hablaba me daban la impresión de que estaba más preocupada por su apariencia que por el trabajo. —Sí, coronel —dijo, estirando la última palabra con un aire juguetón—. Yo me encargo de la parte digital: rastreo comunicaciones, reviso cámaras de seguridad, analizo patrones de movimiento… Ese tipo de cosas. Thomas aclaró la garganta. —Valeria es una de las mejores en lo que hace, Daniel. No la subestimes. —Claro —murmuré, aunque no estaba convencido. Parecía más una modelo que una agente de inteligencia. Pero no tenía tiempo para distracciones. —Sigamos —dije, volviendo a enfocarme en los demás agentes—. Quiero un informe detallado de los últimos movimientos de los Hierro. Y necesito saber todo sobre Alma Hierro. —Pónganse a trabajar —ordenó Thomas, y la sala se puso en movimiento. Mientras todos se dispersaban, sentí la mirada de Valeria sobre mí. Cuando la enfrenté, me guiñó un ojo y sonrió con picardía antes de desaparecer entre los demás agentes. Algo me decía que esa mujer sería un problema.
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