RUMBO A LOS ARCOS

1279 Palabras
Roi se instaló el día anterior al viaje en lo de Alexander para no andar de aquí para allá, buscando, trayendo, llevando, y tener todo a mano, bien resuelto previamente y diagramado en un papel, y así, perder el menor tiempo posible si los dos al mismo tiempo se iban apuntalando. Decidieron salir antes de que cante el gallo e instalarse en el comienzo de la ruta que los llevaría a Los Arcos ni bien el cielo perdiera un poco su oscuridad. La suerte daba señales de querer estar a su lado ese día, era miércoles, y la afluencia de vehículos hacia la ciudad, a pesar de la época de vacaciones, estaba palmo a palmo y sospechosamente desértica como la ausencia de salida hacia otros destinos. Pero media hora después de haber echado anclas a la vera de la ruta, un coche con dirección a Portón Verde se detuvo cien metros más delante de donde ellos estaban y encendió sus balizas. Roi y Alexander no se percataron de la maniobra, sólo lo notaron cuando el conductor del auto los silbó desesperadamente mientras los llamaba hacia donde él se encontraba. - Buen día, chicos, dijo el hombre caminando a su encuentro. Él prosiguió: - “¿Esta es la ruta que debo tomar para llegar a Portón Verde? - Sí, es esta, respondió Alexander llegando primero a la escena mientras Roi cargaba con los bultos. - ¿Hacia dónde van?, preguntó el hombre poniendo su mano en la frente acusando los primeros golpes tenues del sol. - A Los Arcos, contestó Roi agitado ciertamente. El tipo los escudriñó de arriba abajo y no vio motivo alguno de no poder darles una mano: “Vamos, muchachos, los llevo hasta Portón Verde”. Un muchachito de unos diez años viajaba junto a él por lo que Roi y Alexander debieron ir sentados en el asiento trasero cargando los equipajes sobre sus piernas. Portón Verde era un pequeño pueblo de unos veinticinco mil habitantes, el primero después de Cerrillo, a unos treinta kilómetros de aquel comienzo en donde los chicos anclaron. No era mucho, pero resultaba ser un buen comienzo y un disparador para cargar energías y volcarlas en pos de este viaje. Los Médanos, Baluarte, Quinsemba y Fuencarral quedaron atrás en lo que, tocando el mediodía, había sido una buena cosecha si se tenía en cuenta que las caravanas de coches brillaban por su ausencia y que recién la vida transitaba el mediado de semana. En Fuencarral decidieron poner una pausa y sentarse en el humilde pero limpio comedor de una estación. Este había sido uno de los puntos a respetar en las planificaciones previas, la idea de no pasar contratiempos y de tener a los sobresaltos lo más alejados posibles, no pasar penurias ni hambres y no arriesgar más de lo que ya lo estaban haciendo. Cerca de las dos de la tarde el sol golpeaba desde lo alto como si fuera pleno verano y, buscar atuendos acordes para no sufrir esta inclemencia, se transformó en todo un problema. Finalmente se pusieron a tono, no como ellos deseaban, pero pudieron hallar algo para hacer más llevadero este enero metido en julio. La Cuesta los recibió cerca de las nueve de la noche y sólo habían recorrido doscientos cincuenta kilómetros. No viajar de madrugada fue uno de los principales puntos anotados en los bosquejos, y preferían descansar en los autos abandonados de alguna estación a tomar riesgos innecesarios. A la mañana siguiente, jueves ya, se turnaron para el auto stop, iniciando Roi el mecanismo y tomando la posta Alexander tres horas después, para retomar Roi cerca del mediodía y volver al acecho Alexander en plena siesta pasando las tres de la tarde. Necesitaban que el número de kilómetros se incrementara al menos en cuatrocientos más como para hallar una ecuación acorde y que los nervios y la desesperación no les juegue en contra o los haga desistir en su deseo de continuar. Un buen golpe de suerte los depositó en Rincones cerca de las once de la noche, quedando a trescientos kilómetros de Los Arcos y degustando un delicioso cordero en la parrillada del restaurante del lugar. Un hombre mayor y solitario, amante de los viajes largos, los levantó en Sepúlveda y, sin detenciones, los trajo durante quinientos cincuenta kilómetros, escuchando durante horas al violín endiablado de Niccoló Paganini que parecía derretir las almas dentro del rodado. El hombre, agradecido de la compañía de los muchachos, tomó en la bifurcación la ruta que lo llevaría a su destino quedando Roi y Alexander a un suspiro de Los Arcos. El dueño de la parrillada les echó un par de colchonetas que tenía guardadas en su depósito y les permitió a los chicos pasar la noche. La jornada de jueves había sido perfecta y los cálculos habían cerrado de manera precisa, es más, habían superado ampliamente las expectativas del comienzo del día, dándole el impulso justo para encarar el último tramo hacia Los Arcos. Ese viernes el invierno se acordó de que era su turno de existir. Un viento gélido y fuerte cruzaba el pueblo y sacudía los árboles, y en ese contexto, Alexander y Roi debieron hacerle frente a este paso helado del día sin más remedio. Pero la suerte del día anterior sonó a mejoría de la muerte con respecto a ese viernes. Aunque ellos creyeron que, por ser el último día de la semana, la fortuna estaría más de su lado, el vacío y la película fantasmagórica de ese día, fueron sus aliados desde temprano, sentados junto a ellos y observando la nada misma. Las horas seguían su curso inexorable, sin piedad alguna, sin remordimientos, martillando las cabezas de aquellos con su aguja invisible, pero con su golpeteo decisivo y frustrante. La luz del día comenzaba a estirar sus brazos y a preparar su despedida, al tiempo que los primeros escarceos de luz nocturna se descontracturaban para tomar la posta correspondiente. A unos cincuenta metros un camión de gran porte detuvo su marcha aún con sus luces encendidas. Alexander olió sangre. Roi dio la orden y aquel se dirigió sin miramientos hacia donde se encontraba el monstruo de hierro. - Buenas tardes, amigo, abrió respetuosamente Alexander. El hombre apenas si lo miró de soslayo sin dejar de cargar agua en un recipiente de plástico. Alexander prosiguió: - “Necesitamos llegar con urgencia a Los Arcos, caballero, y le quería preguntar si nos haría el favor de acercarnos hasta donde a usted le quede cómodo” -. “Permiso”, solamente dijo el hombre y se dirigió lentamente a su asiento. Subió, se sentó cómodamente y antes de tomar de nuevo la ruta, se asomó por la ventanilla del acompañante y le dijo a Alexander: - “Voy hasta Los Arcos, los llevo, pero al que se duerma o me deje de cebar mate, le corto el pescuezo con mi navaja, ¿entendido?” -. El frío cortaba en rebanadas los huesos y el viento parecía ser más incesante esta vez, pisando las ocho de la noche. - Yo les hago el favor a ustedes, pero ustedes también deben hacérmelo a mí, ¿está claro?, dijo el hombre enfundado en una natural cara de ogro y adornado con una barba desalineada y una voz de fumador empedernido. - No se preocupe, arremetió Alexander y siguió: - “Cuente con eso, no le vamos a fallar” -. Y en el medio de ese silencio imperante, Alexander hizo un último agregado: - “¿Cuánto tardaremos en llegar a Los Arcos?” -. El hombre sin mirarlo y poniendo en marcha el camión le respondió: “Diez horas”. 
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