LOS INESPERADOS

1235 Palabras
Cinco minutos antes de las seis de la mañana el camionero, al cual no le conocieron ni una palabra más, luego de decirles el tiempo de viaje que les restaba, los dejó en ‘La fuente de los olvidos’, una fontana inmensa con una escultura riquísima en su centro que contaba una batalla librada en algún tiempo pasado e iluminada todo a su alrededor por decenas de reflectores de diferentes colores, haciendo que el agua escupida por aquellos caballos salvajes, le diera aún más realismo al drama vivido. Los Arcos era una de las ciudades más hermosas y visitadas. De día, tanto en épocas de turismo como en períodos sin él, era un constante pulular de personas bajo esa imagen de ser extranjeros embelesados por las distintas hermosuras. De noche, la ciudad estaba tan exquisitamente decorada y arreglada, que daba la sensación de estar constantemente de fiesta o aguardando una celebración inminente. Pero todo esto sólo pasaba a ser historia aprendida en la escuela para los dos parados con sus mochilas gigantes mientras se congelaban tratando de ver cuáles iban a ser sus próximos pasos. Alexander tenía la dirección en la tarjeta de invitación que Carmela le había enviado a Basilio, pero apersonarse en la casa de los Porcaro a las seis de la mañana, sería una desubicación de magnitudes, por lo que decidieron refugiarse en algún bar céntrico a tomar un desayuno bien caliente y a aguardar a que el reloj marque una hora más acorde. Pasadas las ocho de la mañana ambos estuvieron de acuerdo en que ya no habría inconveniente para presentarse. La casa era un sueño de cuentos desde afuera, las cortinas estaban abiertas de par en par, y podía aspirarse la vida dentro de ella. Alexander llamó al timbre y sólo aguardaron por la atención. Desde su posición él podía advertir que adentro diferentes personas se movían dando la impresión de estarse preparando para un nuevo día laboral. Una vez más, y sin dejar de observar la situación, apretó el botón del timbre imprimiéndole más perseverancia esta vez, pero en el interior de la casa parecían no estar escuchando el llamado ni tampoco giraban sus cabezas para observar y darse cuenta de que afuera había gente esperando. Alexander y Roi se miraron incrédulos y aquel, nuevamente y con furia, se adhirió al timbre como si una corriente eléctrica lo hubiese aprisionado: “¿Son fantasmas?”, murmuró Alexander, abriendo sus brazos Roi, respondiendo de esa manera que no tenía idea de lo que estaba sucediendo. Una mujer vestida de empleada doméstica abrió la puerta diez minutos después, y sin acercarse, preguntó qué necesitaban. En voz muy alta, Alexander le explicó quiénes eran y qué hacían allí. La empleada pegó la vuelta y se introdujo en la casa sin emitir palabra alguna, mientras los movimientos dentro de la misma, continuaban y con mayor vehemencia. El portón del garaje se elevó automáticamente y desde adentro un furgón súper moderno trepó por el camino demarcado para frenar sobre la vereda. Bernal, el esposo de Carmela, bajó del vehículo, levantó sus anteojos espejados y caminó cuidadoso hacia donde estaban los muchachos. - ¿Qué precisan, chicos? - preguntó cauteloso Bernal. - Soy yo, tío, Alexander, el hijo de Basilio - respondió alegre. - ¡Alexander! - respondió eufórico Bernal y fue directo a los brazos de su sobrino. Él siguió: - ¡Pero qué cambiado estás! ¿qué andás haciendo por estos lados? -. Alexander prefirió enseñarle la tarjeta antes de explicarle de mala manera todo. Bernal reaccionó con la actitud clásica y vieja de tomarse la cabeza y de no recordar la conmemoración de ese día, pidió disculpas y comprensión, estrechó la mano de Roi y llamó por teléfono a la empleada para que se encargara de ellos. - Chicos, hoy tengo uno de esos días - dijo Bernal tomando de los hombros a los muchachos: - Ahí baja Carla y se arreglan con ella. Hijo, te veo más tarde. Pasen, pónganse cómodos, descansen, coman, hagan lo que gusten hacer ¡Qué alegría que hayas venido! -, terminó por decir Bernal en un abrazo que sonó a fraternal. Acomodó sus lentes, subió a su furgón y desapareció de la faz de la tierra. Carla siguió al pie de la letra cada orden impartida por Bernal: bajó las escaleras y esta, una sonrisa de oreja a oreja, parecía ser el nuevo antifaz, abismalmente diferente al de perro de hacía unos minutos. Adentro el lujo parecía ser el común denominador en cada uno de los espacios: un lujoso piso de mármol y, sobre él, muebles coloniales de exquisita terminación, ornamentos de todo tipo y un aroma particular que contrastaba con las apariencias deshilachadas de Alexander y su amigo. “Síganme, chicos”, dijo Carla con su sonrisa dibujada y los llevó a una habitación en el piso de arriba. Mientras llegaban, con sus cosas a la rastra, ella los esperaba en el ingreso de una habitación con la puerta abierta esperando a que arriben para después invitarlos a pasar. “Pónganse cómodos, ya les traigo el desayuno”. Carla cerró la puerta. Dos camas esperaban en el cuarto. Alexander tomó la que estaba en dirección de la puerta y Roi se tiró decididamente en la que estaba más cerca de la ventana. - Nos están atendiendo como si fuésemos viajantes parando en un hotel - abrió Roi con sus manos de almohada. - No sé qué responderte, amigo, pero sí, así parece - dijo Alexander sentado en la punta de la cama preocupado ciertamente. Decidieron entonces desprenderse de esos pensamientos y ponerse manos a la obra. Tenían mucho para acomodar y guardar en unos estantes vacíos que tenía la habitación en un extremo. Mientras lo hacían, la puerta sonó muy despacio. Alexander preguntó quién llamaba y Carla respondió que les traía el desayuno. Aventaron todo al diablo, se miraron, se frotaron los manos agradecidos del banquete que tanto precisaban después de un viaje extenuante, y abrieron la puerta. Carla les dejó una fuente enorme con medialunas, jarras de leche y de café, miel, mermelada y manteca, azúcar, edulcorante y unas tostadas a modo de obsequio. En menos de diez minutos la bandeja sólo quedó con restos de migas y un enchastre en ella que parecía que un búfalo se había hecho del desayuno. Nunca supieron en qué instante se durmieron. El viaje había sido agotador, con los sufrimientos clásicos que dos adolescentes podían atravesar en éstas aventuras, pero con un tramo final de trescientos kilómetros que estuvo signado por la compañía de un camionero deslucido y oscuro, que los obligó a mantenerlo despierto con mates amargos y con historias de los chicos, en un camión nuevo, pero extenuantemente pesado y aburrido por la tremenda carga que portaba. Ese trecho último fue una paliza atroz que desencadenó el tremendo sopor con el que llegaron Alexander y Roi, cinco minutos antes de las seis de la mañana, a la maravillosa ‘Fuente de los olvidos’ en el corazón mismo de Los Arcos. Solamente Bernal y esta empleada doméstica vestida de rosa y de cofia blanca, con una sonrisa paga, fueron los únicos que los recibieron. Carmela, Isabela y Luis nunca dieron señales de vida, como que ya no existían en el clan Porcaro ¿Quiénes eran entonces todas esas personas que se cruzaban entre sí y que Alexander y Roi veían desde afuera?
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