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BIANCA

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Descripción

Bianca y Alexander comienzan una historia de amor que se corta súbitamente cuando ella le da la novedad de que va a contraer matrimonio en poco tiempo con un hombre al cual no ama, pero que se ve en la obligación de hacerlo por expreso pedido de su madre en busca de salir de sus deudas que la tienen al borde del abismo. Ella está perdidamente enamorada de Alexander. Él también, y deciden seguir con su amor a pesar de los riesgos y de la diferencia de edad entre ellos: Él, un adolescente de diecisiete años. Ella, una mujer de tres décadas. Una historia que parece no tener fin, pero que va a dejar huellas difíciles de borrar y de olvidar.

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LA COMARCA
El camino a casa parecía tener más distancia de la que ellos creían, trepados en esa bicicleta destartalada que habían tomado sin permiso, para ir a reunirse con amigos, reunión que terminó demasiado bien para el alcohol que se había consumido. Pero debían regresar por ese mismo camino inicial que ahora sabía a eternidad, a una calle infinita. Roi, se erigió en el mandamás de la conducción, más por estar menos borracho que Alexander, que se atravesó en el caño del velocípedo, que por una cuestión meramente conductiva. Tomaron la calle de Los Ángeles – que era la misma por donde habían ido horas atrás hacia la juntada – y empezaron a enfilar con destino a la casa de Alexander, con la idea de dejarlo a éste y a su bicicleta, para después, Roi, girar su cuerpo y tomar rumbo hacia la suya que distaba unas cinco cuadras de la de aquel. Esa había sido la planificación en el inicio de esta loca proeza, un bosquejo traído de los pelos en donde, para arribar solamente a la calle de Los Ángeles, debían atravesar la vía principal, una ruta nacional que, a esa hora, parecía estar infectada de vehículos que iban y venían en plena y ferviente temporada turística. Lo hicieron, lo lograron ¿cómo? Nunca se supo, pero lo consiguieron. Y cuando creían que habían tocado el cielo con las manos se dieron cuenta – dentro de la borrachera descontrolada que llevaban – de que circular por la calle de Los Ángeles en las condiciones lamentables en las que estaban, sería una hazaña difícil de conseguir, si la idea era llegar enteros a la casa de Alexander. Fue como una carrera endemoniada desde la base de una montaña hasta la cima, con esa sensación de estar trepando en cada pedaleo y de sentir que en cada impulso la muerte - por explosión del corazón – estaba siempre esperando el error para hincar sus colmillos en el centro de sus cuellos. No se terminaba jamás, y esa eterna luz del farol gigante que dormía al costado de las vías en el fondo del barrio - que podía avistarse desde la unión de la ruta nacional con la calle de Los Ángeles - se asemejaba a querer perseguir la luna o una estrella para tenerla a la misma distancia horas después. Pero Roi no se rendía y llevaba a Alexander colgado del caño como si éste fuese un trapo mal oliente que se quejaba de todos los golpes que su cabeza daba en la bicicleta gracias a los pozos tomados por su amigo imposibilitado de poder dar con ellos, no sólo por la oscuridad que reinaba, sino, por tener la mirada y el cerebro enjuagados en el alcohol. La realidad de ver cada vez más cerca la luz del enorme farol, le dio coraje a Roi para meter aire en sus pulmones, creer en sus piernas y acelerar, por más que la muerte gane al final la batalla. Pero la tenue iluminación de la luna apagada y esa triste gota de consciencia que pendía de Roi le mostraron que Alexander iba perdiendo demasiada sangre por el camino. ‘¿Estás bien?’, preguntó Roi entrando en un momento de tensión, y acto seguido, Alexander le respondió que sabía lo que estaba sucediendo pero que no dejara de pedalear. Su amigo, como un gladiador dispuesto a todo, le imprimió velocidad a la bicicleta decorada de sangre, y finalmente ingresaron en la recta final hacia la casa de Alexander por la calle de Los Enigmas. Eran sólo cien metros hacia la llegada, pero Roi sabía, dentro de su demencia, que debía tratar de enderezar el vehículo como un avión en plena tormenta intentando enderezar la nave para posicionarla y brindar el mejor aterrizaje posible. Alguien aguardaba al final, como si se tratara de un banderillero y su trabajo de coronar al campeón. Roi hizo el esfuerzo, un sacrificio sublime, pero la borrachera, la inconsciencia, la falta total de reflejos, la inestabilidad lógica y la locura de dos adolescentes, hicieron el resto, lo inevitable, lo inapelable y lo que ya se olía, no tendría buen final. Los frenos no respondieron y en la alocada travesía, Roi apeló a las enseñanzas de su padre, usando ambos pies para frenar la rueda de adelante y así detener la loca carrera de la bicicleta, logrando desestabilizarse definitivamente y volar ambos por los aires ante la prodigiosa y envidiable sensación del hombre parado ahí de ser un espectador de lujo. El desparramo dejó a Alexander riendo a carcajadas sobre el charco de agua sucia que costeaba el cordón de la vereda y a Roi, desenredándose de los caños de la bicicleta, mientras las ruedas no dejaban de girar en medio de los aplausos de Basilio, el padre de Alexander, que festejaba la heroicidad de su hijo y de su amigo y el aterrizaje mortal de ambos. - ¿Estás bien? Basilio acudió primero a su hijo por tenerlo a dos pasos de él. - Sí, creo que sí, respondió Alexander sin dejar de reírse. Inmediatamente, Basilio se cruzó al otro extremo y fue en ayuda de Roi. - ¿Estás bien?, preguntó Basilio con sus manos apoyadas en sus rodillas buscando escuchar una respuesta concreta de Roi que estaba sepultado bajo los caños. - ¡Me duele hasta el culo!, contestó Roi y agregó: - “¿De qué se ríe el imbécil aquel?” -. - ¿Y ahora cómo te volvés a tu casa?, preguntó Basilio. - No te preocupes, Basi, en algún momento llegaré, dijo Roi con ese lenguaje clásico de los curdas. - ¿Querés que te acompañe unas cuadras?, preguntó Basilio tomándole las manos a Roi y ayudándolo a ponerse en pie. - Te lo agradezco en al alma, Basi. Quedate con él que le debe hacer más falta que a mí. - Preparate para aguantarle el hocico a tu madre ahora, dijo seriamente Basilio y agregó: - “Mirá en el estado que le traés esta bicicleta” -. Alexander terminaba de incorporarse y se sacudía las ropas echas hilachas por el derrape, al tiempo que, con la manga de su campera, se refregaba la frente y la cabeza intentando cortar con la sangre que salpicaba a borbotones. - Metete adentro e internate en tu habitación para que tu mamá no te vea en ese estado, dijo Basilio en un tono más de amigo que de padre. Y agregó: - “Andá, ya me encargo de estos caños yo” -. Basilio se quedó recogiendo la bicicleta de Nora y recién ahí levantó su mirada y vio, a unos cincuenta metros, la figura y el andar bamboleante y sin sentido de Roi que de a poco iba desapareciendo bajo la luz tenue de la luna. Basilio entró tomando todos los recaudos posibles con el sólo objetivo de evitar que su esposa quedase frente a frente con los daños casi irreparables de su bicicleta, pero adentro, todo era un infierno, entre los aullidos de desesperación de Nora al hallar a su hijo en semejante estado y los vómitos incontrolables de Alexander. Basilio dejó al azar el bollo de caños y fue al encuentro de los gritos infernales de su mujer que luchaba sin descanso con su hijo que parecía haber llegado de la guerra. - Andá a descansar, le dijo Basilio a Nora llevándola de un brazo al dormitorio mientras ésta caminaba observando a Alexander como si estuviese a las puertas de perderlo. - ¿Qué vas a hacer con la criatura?, preguntó la mujer como si su hijo fuera a ser sometido a una paliza atroz. - Nora, por favor, acostate y dormite. Esto lo arreglo yo, sentenció Basilio imprimiendo autoridad en sus palabras. Su esposa cerró la puerta y Basilio regresó a la habitación de Alexander. - ¿Ya desagotaste todo lo que tenías que desagotar?, preguntó Basilio mientras su hijo intentaba recuperarse. - Más o menos, respondió Alexander con una voz de ultra tumba. Y prosiguió: - “Gracias por todo, viejo. Mamá se pone intensa con estas cosas” -. - Te dejo tranquilo. Te hago un té y ya vengo. Basilio ingresó a su habitación para corroborar que Nora estuviese un poco más tranquila y en algún punto la fortuna estuvo de su lado: Nora dormía. Fue hasta la cocina, preparó su cafecito de todas las noches y un té con una rodaja de limón para su hijo. Volvió con sus manos ocupadas y con la punta de su pie derecho llamó a la puerta de la habitación de Alexander. - Pasá, viejo. - Abrime, tengo las manos ocupadas. Como pudo, Alexander apenas accionó hacia abajo el picaporte, y regresó velozmente a su cama. - Acá tenés, le dijo Basilio mientras le apoyaba el té con limón sobre la mesita de luz. Basilio prosiguió: - “Me voy a dormir, pero te digo algo, hijo: vas a tener que empezar a pensar en encarrilar tu vida” -. Basilio frotó la cabeza de Alexander y se fue de la habitación. Su hijo, con esfuerzo y precaución, cogió la taza y se fue tomando su té, mientras miraba por la ventana pensando en las palabras de su padre.       - Alexander, ¿estás bien?, preguntó Matilda, su hermana, mientras lo sacudía con intenciones de hacerlo reaccionar. - ¿Qué querés? - Son las tres de la tarde, recordá que tenemos que ir a comprar la campera para tu viaje, respondió precavida su hermana. Alexander pareció haberse bebido un elixir mágico después de oir lo que Matilda le susurró al oído: “¿Era hoy?”, preguntó visiblemente perdido y desubicado. Su hermana hizo un gesto de poca preocupación y lo dejó que se levantara y se vistiera mientras ella terminaba de tomar sus mates en la cocina. - ¿Qué te ha sucedido, hermano? ¿En qué batalla estuviste que no me enteré de nada?, preguntó socarronamente Matilda. - ¿No te fue con el chisme tu madre?, dijo mientras cogía un mate ofrecido por ella. - No, nada en absoluto ¿Sucedió algo de lo que debería enterarme? - Nada, olvídate… después te anoticiarás, respondió Alexander sintiendo que su cabeza le estallaba en mil pedazos. Hacía cerca de un mes, Basilio y los suyos, habían recibido de Carmela, la hermana menor de éste, la invitación para la gran fiesta de los flamantes quince años de Isabela, la prima hermana de Alexander, a conmemorarse en Los Arcos a mediados de julio. Restaban diez días para la fecha y la decisión de Basilio y compañía de no asistir a la fiesta, por razones netamente financieras, no detuvo el deseo irrefrenable de Alexander de viajar para compartir con su prima este grandioso y único momento. Pero debido a la falta de trabajo y a que las arcas estaban en franca caída en el seno familiar, Alexander decidió viajar como mochilero una distancia de más de mil kilómetros junto a Roi, y embarcarse en esta nueva y alocada proeza con el sólo objetivo de buscar una diversión de tan sólo unas pocas horas a un trecho sideral. La travesía no iba a ser nada fácil: necesitaban salir con unos cuántos días de ventaja para no pasar sobresaltos en las peligrosas rutas. No podían confiarse de creer que los automovilistas los cargarían sin más y los depositarían en la plaza central de Los Arcos, así como así. Sabían que podían tardar doce horas o diez días, pero la determinación de ser precavidos y, en esa precaución ser optimistas, era una decisión bien tomada. Cada uno de ellos tomó sus recaudos y se preparó para afrontar la aventura que los llevaría sin costo alguno a una de las celebraciones más coquetas que se podrían realizar en Los Arcos, una fiesta que, sin dudas, sería glamorosa, elegante y súper fascinante, ya que la posición de Bernal, el esposo de Carmela, era deliberadamente rica, debido a su cargo como presidente de una de las compañías petrolíferas más importantes del país. Y para Alexander, comprarse un abrigo para hacerle frente a los despropósitos del clima, a sus comportamientos erráticos y a su inestabilidad a esas alturas del año, terminaba siendo un acierto. “La Comarca”, era uno de los comercios más importantes de Cerrillo para ese entonces, y hasta ahí llegaron en una siesta helada pero soleada, Alexander y Matilda. Él se quedó observando y recorriendo algunas de las exhibiciones que la casa tenía en el ingreso y su hermana se dirigió determinada hacia la vendedora que terminaba de guardar algunas prendas detrás de su mostrador. - Buenas tardes, dijo Matilda, carraspera mediante, para no asustar a la empleada. - Buenas tardes, señora, respondió la trabajadora sorprendida al final de cuentas. Y prosiguió: - “Discúlpeme, no la había visto” -. - No te hagas problema, dijo Matilda minimizando el drama. - ¿En qué puedo serle útil?, preguntó la vendedora al tiempo que salía de su puesto para brindar una mejor atención. - Mi hermano necesita viajar en unos días a Los Arcos y estamos buscando un buen abrigo. Allá debe estar cruel a estas alturas ¿Qué podrás ofrecerme? - Sígame, por favor, expresó amablemente la empleada. Y continuó: - “Aquí tiene esta línea que cuenta con todo para lo que usted necesita, aunque lo más óptimo hubiese sido que su hermano la acompañe para probarse el abrigo” -. - Es que hemos venido juntos, respondió rápidamente Matilda y siguió: - “Mi hermano es aquel que está viendo aquellos modelos en la otra punta del salón” -. Matilda, luego de unas cuántas señas, logró dar con el interés de su hermano que se aproximó hacia donde ella y la trabajadora se encontraban. Alexander pareció haber recibido un impacto certero de bala en el centro de su corazón cuando su hermana le presentó a la vendedora. - Hola, buenas tardes, dijo él extendiendo su mano buscando el saludo de ella. - Buenas tardes, Bianca es mi nombre, respondió mirando la profundidad en los ojos de Alexander. Ambos quedaron imantados luego de las presentaciones dejando a Matilda explicando los porqués del arribo al lugar. El trámite fue rápido. Ni Alexander era muy complicado a la hora de adquirir productos, ni Matilda podía gastar demasiado. Él eligió rápidamente y con buen ojo algo aceptable, que fuera de su gusto y que le sirviera en las gélidas noches de Los Arcos, y que estuviese al alcance de las posibilidades de su hermana. Bianca, amablemente, acompañó a Matilda hasta la sección de cobranzas y regresó a empaquetar la compra para entregársela a Alexander. - Gracias por tu atención, expresó francamente Alexander. - Es mi trabajo, contestó Bianca mientras doblaba el abrigo. Y prosiguió: - “Lo hago con gusto y, cuando entre el cliente y yo hay buen clima, el placer es mayor aún” -. - Es muy lindo eso que decís, respondió Alexander y ambos volvieron a unirse en esas miradas, las mismas de recién, esas que parecían decir mil cosas en un sólo parpadear. Matilda se acercó a ellos luego de haber pasado por la sección de cobranzas, agradeció de corazón la atención brindada por Bianca y se fueron de La Comarca. Pero Alexander sentía vibrar su pecho y alcanzaba a oir una emoción distinta que su corazón le decía al oído. En la salida su curiosidad no pudo resistirse más y giró su cuerpo para ver a Bianca por última vez, encontrándola cruzada de brazos, parada en el mismo lugar donde se saludaron minutos antes, con un gesto que la entregaba a él y con esa sensación de rendirse sin más atragantándose con mil palabras. - Bianca, te buscan, le dijo su compañero de ventas mientras ella tomaba algo caliente en su tiempo de desayuno. - ¿Quién es?, preguntó al tiempo que se contorneaba desde su posición para hacer foco con la persona en cuestión. - Creo que es el cliente que vino con la hermana ayer a comprar el abrigo, respondió muy atento su compañero. Bianca se hamacó aún más y logró observar que, cerca de su puesto, Alexander aguardaba paciente. El último sorbo de café le cayó como un martillazo en el fondo del estómago, pero la emoción de verlo ahí parado nuevamente buscando o haciendo vaya a saber qué, pudo más que esa sensación. - Buenos días, dijo Bianca como si se tratase de cualquier cliente, disimulando perfectamente y conteniéndose. - ¡Hola! ¿Cómo estás? Alexander no la vio venir, pero un mundo de emociones lo asaltó alegremente y lo expuso ante la atenta mirada de Bianca. - Muy bien ¿vos?, preguntó con su energía desbordante. - Excelente, respondió aquel perplejo en los ojos color miel de Bianca. Él siguió: - “En realidad yo estoy muy bien, pero hubo un pequeño problema con el abrigo y me llegué para ver si tiene solución” -. - ¿Problema? ¿Qué clase de problema? ¿Está rota o descocida?, preguntó Bianca mientras observaba el abrigo de arriba hacia abajo y de atrás hacia adelante sin hallarle falla alguna. - No, nada de eso, trató de calmar Alexander: - “Necesito un talle más. Este me queda muy ceñido” -. - ¡Uf!, me quedo más tranquila entonces, contestó Bianca calmándose ciertamente. Ella prosiguió: - “Dame unos minutos y te traigo un talle más, ¿sí?” -. Alexander se apoyó con su codo derecho sobre el mostrador y desde allí, solamente verla caminar, era todo lo que precisaba para seguir vivo en este mundo sin que lo demás tenga importancia alguna. Bianca era una mujer hermosa, de piel terrosa y labios gruesos, unos ojos tristes pero vivaces al mismo tiempo, una figura escultural y un carisma atrapante, una especie de imán que vivía en ella y que cautivaba irremediablemente. - Listo, señor, dijo alegremente Bianca mientras le entregaba a Alexander el mismo abrigo, pero un talle más grande. Ella continuó: - “Te acompaño hasta el probador para que veas si todo está bien y si te calza como a vos te gusta” -. - No hace falta… Alexander quedó al aguardo de una respuesta que se hizo esperar. - Bianca es mi nombre, ¿el tuyo era?, preguntó como el gesto de querer recordar. - Alexander es el mío. - Me encanta ese nombre. Era el de mi abuelo así que difícilmente me lo olvide, le respondió adherida a los ojos de Alexander. - Bueno, muchas gracias, respondió algo sonrojado y concluyó: - “Yo tampoco quiero olvidarme del tuyo” -.

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