- Quiero que te tranquilices, Alexander – dijo Bianca en el momento justo, en el instante preciso. Ella siguió: - Si me estás oyendo te pido que te calmes, que respires profundo, que me mires (de inmediato Alexander lo hizo), y que me escuches, ¿será eso posible? – Una mueca liviana, pero afirmativa de su cabeza, mientras volvía su mirada a la fotografía, le dio a entender a Bianca que todo lo que ella le había dicho, él lo había recibido bien, y que estaba dispuesto a atenderla. Ella debió continuar: - Ella es Emma, mi hija mayor. En abril cumplió sus dieciséis años. Es hermosa, como verás, y es mi gran compañía de cada día. - ¡Dios mío! – interceptó Alexander: - Es como si estuviese frente a una fotografía de Aitana ¡Es ella, es Aitana! - Pero es Emma, Alexander. - ¿Por qué me has ens

