"ES TODO TUYO"

1269 Palabras
- Los nervios me están matando, amiga – abrió Bianca presa de ese sentimiento y continuó: - No sé cómo lo irá a tomar, no sé qué cara pondrá ni cómo reaccionará, no sé si me hará una escena delante de todo el mundo o enloquecerá… - No te hagas un mundo de algo que no sabés, Bianca – dijo Celtia apoyando sus manos en las de ella: - Él no es así, vos me lo has dicho un millón de veces. Seguro que su reacción no será, tal vez, la que vos te imagines en ese momento, pero si estás segura de hacer lo que tenés pensado hacer, tenés que estar preparada para lidiar con eso y darle a él contención. - Sí, estoy preparada y convencida. Tal vez esté divagando, pero debo confesar que un escozor me recorre todo el cuerpo y no puedo evitar pensar en otra cosa más que en una reacción adversa de parte de él. - Eso no va a suceder, tranquilizate, confiá en su bien de persona y aferrate a ese amor que se tienen, porque a pesar de estar casado, él te amó siempre, y cuando el amor es puro y real, más allá de lo que después te ponga la vida en frente, estas cosas tienen buen principio y mejor final.       Alexander terminó de cargar todo el equipamiento en la camioneta mientras su padre terminaba de arreglar unos asuntos ligados al embellecimiento de la obra, cobró el trabajo del día y se trepó al vehículo destartalado con el sol dando de lleno sobre el parabrisas. El camino a casa era largo, tomaron la ruta principal y un trecho de treinta kilómetros los acompañaría a su destino. - ¿Querés hablar? – dijo Basilio mientras aspiraba el aroma de los cultivos. - ¿De qué? – dijo despectivamente su hijo. - De nada, olvidalo – respondió Basilio enfurecido por la forma en que Alexander le respondió. - Perdoná, viejo, no quise contestarte de esa manera – dijo sentido realmente Alexander. Ambos parecían perdidos en los colores mágicos que las montañas exhibían, mientras la tarde caía irremediablemente y la conjunción de gamas las hacía más hermosas aún. Alexander siguió: - Esta noche debo encontrarme con Bianca en el bar porque tiene que enseñarme algo muy importante, algo que, por motivos dispares, no se animó a mostrarme en todo este tiempo. No sé qué será, no se me cruza nada por la mente, pero no quiero empezar a sufrir de nuevo con ella. - Hijo, yo sé que hoy has hecho un esfuerzo grande por darme una mano aprovechando tu día de franco, y sé también que mañana debés volver al diario como todos los días y que tus tiempos no te alcanzan para nada, pero si necesitás que nos veamos en un bar y hablemos de padre a hijo o de hombre a hombre, sólo decímelo y puedo darte una ayuda en todo este intríngulis que tenés en la cabeza. Sé, además, que las cosas no están bien con Martina y que eso, más esta situación con Bianca, puede hacerte flaquear o tomar decisiones de las cuales te arrepientas. Yo te lo ofrezco, y no lo tomés como una invasión de mi parte, es sólo que te veo preocupado y eso me preocupa también.       Alexander llegó solo esta vez al bar de los sueños. Abrió la puerta con una timidez que antes no había experimentado a la hora de hacerlo, caminó entre las mesas como un terrorista camuflando sus verdaderas intenciones, y se sentó en la mesa de siempre, ya como una costumbre más que como una elección aventada y azarosa. Una bella mujer, de cabellos negros como la noche, piel dorada y ojos verdes, se acercó y le preguntó qué se le ofrecía. Él se quedó observando respetuosamente su hermosura, y luego de un recorrido disfrazado, le dijo que estaba esperando por alguien. La chica entendió el mensaje y enfundada en una sensualidad singular se retiró y quedó al aguardo de la llegada de esa persona. Una luz potente pero abrazadora empujó la puerta de ingreso. Bianca era eso, un fogonazo que iluminaba un desierto en plena noche invernal, un haz que atravesaba los muros más concretos y provocaba el suspiro y la admiración de propios y extraños. Sin buscarlo caminó decidida hacia la mesa en donde Alexander la esperaba, mientras subía sus anteojos y los posaba sobre su pelo con ese aire de pasarela natural. Nuevamente, la muchacha con todo su atractivo, se acercó ciertamente retraída, aventó una disculpa por su segunda interrupción, y ofreció amablemente la carta para que ellos vieran las opciones y escogieran en consecuencia. - Bueno – dijo Alexander cacheteando la mesa disimuladamente presa de su ansiedad. Y continuó: - Debo confesarte que tu misterio me ha tenido a mal traer y que no veía la hora de estar sentado acá, al frente tuyo, para dilucidar el enigma – terminó por decir mientras la joven que los atendía emprendía la retirada. - Y yo debo confesarte que mis nervios no me han dejado dormir y que Celtia ha sido la persona que me ha mantenido en sintonía. - Bianca, no sé qué querrás enseñarme, pero ¿vale la pena toda esta intriga que le estás poniendo a la situación? ¿realmente lo merece? - Yo no lo llamaría intriga, Alex – respondió Bianca bajo una seriedad notoria. Ella continuó: -  Vas a entender que no es algo de todos los días lo que tengo para mostrarte y que tiene una importancia extrema y particular. Sólo necesito tu mesura, tu comprensión y ese costado analítico y juicioso que siempre te caracterizó – La moza, bajo ese halo respetuoso y grácil, se arrimó a la mesa y depositó en ella el pedido. “¡Qué hermosa es!”, dijo Bianca mientras una sonrisa anclada en la de ella confirmaba su sentir. - ¿Entonces? – preguntó Alexander luego de su primer sorbo de café. Bianca le corrió el cierre a su bolso de mano y extrajo de él un sobre de papel madera enrollado impolutamente, lo desenvolvió con precaución, como si se tratara de un manuscrito persa, y lo empujó sobre la mesa hacia el lado de Alexander: “Es todo tuyo”, le dijo mientras le hacía llegar el sobre. Él lo atrajo hacia sí, lo tomó entre sus manos con la misma delicadeza que usó Bianca para sacarlo de su bolso y desenvolverlo, y se quedó unos breves segundos observando el comportamiento de ella, buscando trampas en su mirada o un atisbo de algo que la entregara en su accionar. Su mirada pícara, lenta y paulatinamente, su fue transformando en una mirada de intriga, de sospecha, hasta de miedo. Ella sólo tenía paciencia y tomaba su café con los nervios escondidos en un disimulo perfecto. Él desdobló la solapa del sobre, metió delicadamente su mano sin observar lo que hacía, con sus ojos aún clavados en los de ella, y sacó lo que dormía en él. Alcanzó a divisar y a darse cuenta de que se trataba de una fotografía, la trajo cuidadosamente hacia él y, acoplándose a ese misterio del cual renegaba minutos antes, fue lentamente enseñándose a sí mismo la fotografía. Casi expuesta ante esa mirada que todavía seguía perdida en la figura de Bianca, decidió enfrentarse de golpe como el aplauso de una sorpresa. De pronto, un color nuevo, un tono mortuorio, un matiz desagradable y peculiar invadió el semblante de Alexander y le prolongó tres centímetros el mentón, dejándolo postrado en la silla sin movimiento alguno y sin ninguna reacción.
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