- Pero ya no me amás como yo te sigo amando – sentenció Bianca cortando el relato de aquel.
- Eso tiene una respuesta y una razón, Bianca – contragolpeó Alexander. Y continuó: - Si bien decidimos tomar nuestros respectivos caminos, esos senderos fueron bien diferentes: vos, tomaste la determinación de continuar con algo que acarreabas incluso antes de conocernos y que tuviste mil oportunidades de abandonar, pero te empeñaste en seguir hostigada por una culpa que tu propia madre te inyectó para lograr su cometido. Yo no quise continuar ahogado en ese sufrir y la vida me puso en frente una nueva oportunidad con todo lo que eso significa. No me quedé anclado en romances pasados y miré hacia adelante. Jamás, mientras la vida me permita continuar aquí, me olvidaré de lo mucho que te amé (Bianca era un mar de lágrimas sosteniendo su cabeza con sus dos manos bajo su mentón), de todo lo que fuimos, de todo lo que luchamos para que algo, aunque sea mínimo, se diera en nuestras vidas. Pero nada resultó, Bianca querida, todo lo que se hizo, haya sido poco o mucho, siempre se diluyó en el viento. El amor es una fuerza poderosa que puede mover montañas, pero si al amor le cargamos el peso del mundo sobre sus hombros, y no lo ayudamos o no le tendemos una mano para no hacerle tan dificultoso su trajinar, el amor, con prontitud, terminará claudicando – Aquella postura esbelta y delicada, rodeada de una sonrisa total y de una energía arrolladora, eran ahora un puñado de papeles arrugados en una posición lastimera y derrotada de una mujer que estaba entendiendo que las palabras que Alexander vertía eran la cruenta realidad. Él sólo la dejó despedirse de ese veneno lacerante y le dio todo el tiempo del mundo para recuperarse, mientras perdía su mirada en las hojas verdes de los árboles.
- No quisiera que te molestes, pero en unos minutos debo regresar a la empresa - dijo Bianca con su voz cortada y su cara cubierta por sus manos.
- Sí, yo también debo regresar al diario – contestó Alexander sensiblemente tocado por esta apariencia de ella.
- Alex, ¿puedo hacerte una proposición? – preguntó Bianca saliendo de su escondite.
- Sí, por supuesto, decime.
- ¿Nos podemos encontrar mañana aquí, en este mismo lugar?
- ¿Cuál es tu finalidad, Bianca de mi vida?, preguntó con un halo de sospecha tierna Alexander.
- Quiero enseñarte algo que he deseado hacer siempre y que nunca me animé, ya sea por temor, por precaución, por vergüenza o por pudor.
- Bianca, desde que nos conocimos hasta que todo terminó, no hubo ningún secreto entre nosotros. Más allá de tus decisiones poco compartidas por mí, debo reconocer que jamás me escondiste nada, dijo Alexander incrédulo de la posibilidad de que Bianca tuviera un as en la manga del cual, él, no se haya percatado.
- Si me das la oportunidad te darás cuenta de que no es así como lo estás pensando. Tranquilamente lo podrías haber sabido como supiste cada punto de mi vida, sólo que, en este caso puntual, yo no he tenido el valor ni el coraje para pararme frente a vos y mostrártelo.
- Bianca, no me asustes, por favor…
- Quedate tranquilo, Alexander – respondió Bianca dándole una suave palmada en la mano: - ¿Me podrás dar el honor de vernos una vez más mañana para ya sacarme ese tremendo peso que vengo soportando desde hace un tiempo?
- Sabés bien que sí – respondió Alexander envolviendo las manos de ella en las de él. Y siguió: - No seré el hombre más feliz del mundo en mi matrimonio, pero debo reconocer que Martina es una mujer que vale oro y tengo dos hijas excepcionales, así mismo, siempre voy a tener mi espacio para vos porque entraste en mi corazón y te quedaste a vivir para siempre en él.
- Lo cambiaría todo, Alex, para volver a aquellas épocas y retomar las cosas como lo deberíamos haber hecho. Lo daría todo por regresar en el tiempo y tener la valentía y el arrojo que hoy tengo para hacerle frente a lo que se me interponga. Necesito verme bien cada día de mi vida porque el trabajo me obliga a estar entera y radiante, pero la amargura y la infelicidad que viven en mí, me carcomen día a día y no me dejan vivir tranquila. Mis esperanzas están intactas y son ellas las que me sostienen de algún modo, esa esperanza de recuperar lo perdido y de hacer nuestro otra vez el tiempo que se fue como el agua entre los dedos. Tal vez sea una burda soñadora y una ridícula ante tus ojos, pero es lo único que me sale decir, y prefiero ser presa de mi lealtad y de mi honestidad, y no seguirme engañando y continuar mintiendo y escondiendo algo que sentí siempre y que lo seguiré sintiendo hasta el día de mi muerte. Y no deseo que esto pase a ser una presión para vos, ni una falta de respeto, sólo necesito imperiosamente soltar amarras y que entiendas que, si alguna vez dudaste de mis sentimientos y de mis palabras, hoy tengas la certeza de que no fue ni es así. Quedé atrapada en mi propia telaraña, no supe diferenciar y, si lo supe, no me animé a más por temor al desastre que las esquirlas podrían provocar. No ha sido fácil, Alexander, al contrario, fue un camino muy espinoso, sinuoso y complejo que me tocó transitar, el cual me costó abandonar. Yo sé que mis hijas crecerán, como lo están haciendo, y, por una cuestión de lógica, harán sus vidas sin pensar en sí, su mamá, se queda triste o feliz, plena o vacía. Y está bien que así sucedan las cosas, porque mi egoísmo no puede atravesar fronteras y ser el obstáculo de los que quiero. Todo esto me lo busqué yo, incluido ese plan malévolo y determinante de mi madre, no por haberlo pergeñado en mis momentos más oscuros, sino, por haber aceptado un reto que nunca debí aceptar para correr un riesgo que jamás debí correr. Y ya ves como he llegado hasta este punto por seguir los mandatos de mi madre. Ella ahora teje guantes y bufandas para sus nietos sentada en la comodidad de su mecedora; yo, en cambio, con cuarenta y seis años, todavía estoy buscando ser feliz con el amor de mi vida.
Basilio trabajó prácticamente en silencio durante todo el día, incluso, cerca de la una de la tarde, cuando hicieron un alto en sus tareas para almorzar, notó en Alexander un sosiego extraño más que un distanciamiento. No quiso indagar porque sabía que su hijo era de pocas pulgas y detestaba las invasiones de cualquiera, ya sean sus padres o amigos, y sólo se remitió a degustar su comida y a contar bueyes perdidos.
Por su parte, Alexander, se desempeñó en sus quehaceres como todos los días y sólo que prefirió mantenerse en esa actitud que se le dificultaba gobernar para no despertar preguntas indeseadas o para pasar el día con un mejor semblante. Era demasiado evidente que la noticia de Bianca le despertó una intriga de dimensiones y sumar, restar o meterse en el cálculo más insospechado, se convirtió mientras trabajaba en al acertijo a dilucidar.
La coordinadora general de Beauty Face, y amiga personal de Bianca, la vio subir por las escaleras desde su escondite mientras acababa su cigarrillo, y a pesar de la distancia, alcanzó a notar un decaimiento en el andar y la ausencia total de esa sonrisa matinal y constante con la que Bianca se manejaba en la empresa. Hundió la colilla en el cenicero, cerró con llave su oficina, y con su meneo sensual y clásico, se dirigió a donde ella, se paró y se cruzó de brazos, y aguardó a que Bianca se deshiciera de sus abrigos y se acomodara en su oficina.
- Es Alexander, ¿verdad? – dijo previo tocar la puerta de vidrio con los huesos de sus dedos, bajo un gesto elocuente de saber que, efectivamente, se trataba de eso.
- Pasá – le dijo Bianca completando su pedido con la seña de que su amiga cierre la puerta. Celtia volvió sobre sus pasos, cerró la puerta y sin preguntar nada, se sentó a oir lo que Bianca tenía para decirle.