EL REGRESO DE BIANCA

1354 Palabras
Alexander extendió sus brazos, tomó las manos de ella y expandió los brazos de Bianca, mientras ésta abría como una flor en primavera sus piernas húmedas y temblorosas, invitándolo a morir sin más dentro de su cuerpo. La amaba, la adoraba como sólo a una divinidad puede y debe amarse; la recorrió íntegra, y en ese recorrido, aspiraba y deglutía cada centímetro de su cuerpo encantado. Ella lo veneraba, y en cada intervención de locura de Alexander, ella parecía idolatrarlo, mientras sus lágrimas no paraban de cortarle la carne en su derrotero hacia las sábanas de una cama infernal. La ventisca fresca de la madrugada, ingresando por la hendija de la ventana, los despertó y los hizo aunarse de nuevo en ese amor que perduraría hasta la eternidad, porque, amén de las resoluciones tomadas con precisión por parte de Alexander, nunca dejó de reconocer que Bianca era el amor de su vida, y que lo seguiría siendo hasta cerrarle definitivamente los ojos a este mundo. Tomados de la mano, caminaron desde aquel hospedaje hasta la calle De los Fundadores. Podría haber subido a un taxi en la puerta misma, pero necesitaron esa última caminata, en silencio y adorándose con el amor puro de sus miradas. De los Fundadores era un verdadero desierto llegando las cinco de la mañana, y sólo las luces de la ciudad, algunos trabajadores encapuchados y el ruido de pocos motores, le daban ese aire a Cerrillo para sostenerse en pie. Una vez más, como si se tratara de una burla sagrada del destino, aquel hombre que la cargó en la noche previa a su casamiento, frenó ante la mano levantada de Alexander. El hombre esperó, tuvo paciencia. Sabía que debía aguardar en este momento que sabía más a dolor que a despedida, mientras un nuevo tango danzaba dentro de su coche. - Te voy a amar toda mi vida, Alexander, quiero que de eso estés seguro – dijo Bianca tomando con fuerza el rostro de él. Ella deslizó sus manos por las de Alexander y, sin quitarle los ojos de encima, entró al auto, cerró la puerta y arrancó hacia su destino. - Estoy seguro de que Catalina le dejó un mensaje a mi corazón y desvió mis manos hacia la calle De los Fundadores – abrió el hombre disminuyendo el volumen de su radio. - ¿Es usted aquel señor que me llevó hace tres años a mi casa? – preguntó algo confundida Bianca. - El mismo – respondió orgulloso. - Esto es una casualidad única – dijo entre penas y alborozos Bianca. - No, hija mía: las casualidades no existen – sentencio firme el hombre. Él prosiguió: - Todo tiene su causa y su efecto, por eso cuando cerraste la puerta, te recibí con esa frase. Todo ocurre por algo. Nada es azaroso. - Le agradezco a Dios y a la vida que esto me esté ocurriendo – dijo Bianca abrumada por el dolor. Y siguió: - Haberme encontrado nuevamente aquí con usted fue lo mejor que me pudo haber sucedido. - ¿Alexander? – preguntó el hombre mientras la observaba por el espejo retrovisor. Él continuó: - ¿El mismo muchachito de hace tres años atrás? - El mismo – respondió Bianca. - ¿Puedo hacerte una pregunta? - Sí, por supuesto. - ¿Escuchaste a tu corazón? – El silencio también es un lenguaje certero y preciso, elocuente en demasía, y el silencio fue el que la invadió a Bianca en esos momentos. El hombre continuó: - Por eso estás ahí detrás con la misma postura de hace tres años, con el mismo dolor, idéntico sufrimiento y las mismas lágrimas derramadas. No sé cuál será la traba que te impide gritarle a la vida que deseás ser feliz, pero dejame darte un consejo sano: No existe ningún impedimento para poderlo hacer, sólo te falta valor. Puedo darme cuenta de que amás a ese chico y de que querrías hacer trizas contra la pared todo lo que te está cortando la verdadera chance de efectuarlo. Y eso es falta de valor ¿Qué razones tendrás para que el valor te esté costando tanto? Verdaderamente no lo sé, pero puedo garantizarte en un ciento por ciento que no hay razones valederas para presentarle un boicot al amor, porque él lo puede todo, y como reza la frase, ‘El amor mueve montañas’.             Nora puso a hervir el agua, preparó el porongo con su yerba comprada en bolsa de arpillera, cortó pequeños pedacitos de cáscara de naranja seca que guardaba dentro de un frasco, molió peperina y llenó el recipiente con esos elementos. Era su ritual de cada sábado por la tarde, mientras Basilio se perdía en el laberinto de su trabajo en el cuarto del fondo, y Alexander se iba a practicar un poco de deporte al club social de Cerrillo. Faltaban dos meses para las fiestas navideñas y Nora, ansiosa por naturaleza y hundida en la costumbre de comenzar esos preparativos con un tiempo demasiado prudencial, ya había juntado todos los elementos festivos bien temprano por la mañana para empezar, mientras mateaba tranquilamente, a seleccionar los adornos correspondientes, a lustrar los ornamentos y a poner todo en perfectas condiciones para no tener que andar sufriendo contratiempos arribando a la fecha. El timbre de la puerta de entrada sonó como si a alguien le hubiese dado la corriente mientras lo presionaba. De pronto su sonido cesó. A Basilio se le podía prender fuego la casa o un terremoto tirarle el mundo abajo que él iba a continuar en su planeta particular dentro de su cuarto de trabajo. Esta vez el timbre sonó con timidez. Nora le dio una última y larga chupada a la bombilla y pensó ‘¡Ay, por Dios!, este chico que sale sin sus llaves’, haciendo referencia a Alexander y su manía por irse sin llevar su juego. Cuando Nora bajó el picaporte y abrió confiada y decidida la puerta, la imagen del otro lado la aventó contra la pared y la dejó muda, sin reacción alguna. - Hola, Nora, ¿cómo estás? – Bianca adoraba a Nora, y ésta, daba su vida por la que creía que era la verdadera novia de su hijo, ajena totalmente de la cruda realidad e ignorante de la vida concreta que pendía de las espaldas de Bianca. Nora jamás hubiera permitido una relación semejante, una relación que lo único que haría sería avivar las lenguas bífidas de sus vecinos y obligarla a andar a escondidas por la feria de los sábados, un vínculo que sólo desencadenaría trastornos a todo nivel en la prosecución de la existencia de su hijo, una vida sin futuro, un padecimiento, una verdadera utopía. - ¡Hija de mi corazón! – dijo Nora aferrándose a su mate como si éste fuese su elixir vital. Ella siguió: - ¿Cuándo regresaste de tu viaje? No sabés lo que te he extrañado, amor mío – La alegría se le desbordaba por todos los sectores a Nora, no podía contenerse: - Pasá, nena, pasá por acá, vení, vamos a la cocina a tomar unos verdes – Nora tomó de la mano a Bianca y juntas se pusieron al día después de tres meses sin tener conexión entre ellas. - Contame, hija, ¿por dónde anduviste? – preguntó Nora ávida por conocer los pormenores de la vida de Bianca, la cual, no sabía cómo escapar del anzuelo tirado por Nora, echándole mano a preguntas hasta incoherentes o haciendo algún señalamiento traído de los pelos.  Un nuevo ruido de llaves se escuchó desde la cocina. Ambas giraron sus cabezas y las dirigieron hacia donde el ruido se oyó. Nora imaginó que Alexander estaría de regreso del club social y corrió hacia la puerta, no sólo para recibirlo, sino para darle lo que ella creía, sería la sorpresa más grande del mundo. - Hola, hijo, ¿cómo estás? ¿cómo te fue? – dijo Nora buscando engalanar su pregunta con un disimulo que a leguas sonaba falso y armado. Bianca se presentó ante él caminado despacio, con un gesto ruborizado y sus dos manos entrelazadas a su espalda.
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