Viernes, 8:50 a.m.
Este día me había despertado con una mezcla de emoción y nerviosismo. Aunque era mi segundo día oficial en la compañía telefónica, aún no terminaba de asimilarlo. Conseguir este trabajo significaba mucho para mí: no solo representaba estabilidad, sino también una oportunidad para desarrollar mis habilidades.
Llegué a la oficina diez minutos antes de las nueve, que mi hora de entrada. Siempre había tenido la costumbre de ser puntual y detestaba llegar tarde, por lo que prefería llegar con antelación a cualquier lugar, no solo al trabajo.
Entré al aparcamiento de la compañía telefónica y dejé mi auto. Luego, subí al edificio y la primera persona que vi fue mi amiga Ana, que ya estaba detrás del mostrador. Ella trabajaba como recepcionista en la compañía.
Ana: — Hola
— Hola. ¿Cómo es que llegaste más rápido que yo si salimos a la misma hora de casa?
Ana: — Tuve la suerte de encontrar todos los semáforos en verde
— A mí me tocó al revés. Bueno, nos vemos luego a la hora del almuerzo
Ana: — Claro
Me dirigí hacia las escaleras para subir hasta mi cubículo. Podría haber tomado el ascensor, pero preferí evitarlo debido a una experiencia traumática: hace un año quedé atrapada en uno durante media hora. Esa vez sentí que iba a morir, y aunque logré controlar mi ansiedad, fue una situación casi insoportable. Afortunadamente, el técnico me ayudó a salir, pero desde entonces no había vuelto a usar un ascensor por miedo. Solo cuando no tenía otra opción lo hacía, pero si había escaleras mil veces las elegía.
Finalmente, llegué al pasillo donde se encontraba mi cubículo. Aunque era un simple escritorio, era lo suficientemente espacioso para trabajar cómodamente. Solo había dos escritorios en el pasillo: el mío y el de una compañera que empezaba a trabajar a las dos de la tarde, justo cuando yo terminaba mi jornada.
Trabajando por la mañana, solía estar sola en el pasillo, lo cual me proporcionaba mayor privacidad y me resultaba mucho mejor, ya que podía concentrarme y realizar mi trabajo sin distracciones. No es que no me gustara compartir mi espacio, pero trabajar sola me parecía más cómodo y eficiente.
— Buenos días — saludé a Sonia, una de mis compañeras que encontré por el pasillo.
Sonia: — Buenos días, ¿cómo estás?
— Bien, ¿y tú?
Sonia: — Bien. Ahora te envío lo que tienes que hacer
— Vale
Me senté en mi silla, lista para empezar con mis tareas. Estaba en el departamento de Contabilidad y Finanzas, por lo que la mayoría de mis responsabilidades estaban relacionadas con esa área.
De repente, vi a un hombre calvo acercarse a mí con determinación, claramente dispuesto a decirme algo.
José Luis: — Hola, mucho gusto — dijo estrechándome la mano.
— Hola
José Luis: — ¿Tú eres Elizabeth Linares, cierto?
— Sí
José Luis: — Me llamo José Luis, soy el gerente de márquetin. Quisiera hablar contigo un momento
— Claro
José Luis: — No sé si Mireya, la chica que te entrevistó y te acompañó durante el proceso de selección, te comentó que, además de tus tareas, cuando fuera necesario, darías soporte al departamento de márquetin
— Sí, recuerdo que me lo comentó
José Luis: — Muy bien. Te lo digo porque pronto necesitaremos tu ayuda. Hemos coordinado con tu supervisora para que, cuando te necesitemos, no tengas que preocuparte por tus tareas diarias
— De acuerdo
José Luis: — En el equipo de márquetin, te encargarás de las tareas administrativas. Es sencillo, pero si en algún momento sientes que es demasiado, solo dímelo. Puedes intentarlo y, si ves que es mucho estrés, lo hablamos y buscamos a alguien más
— No, está bien
José Luis: — Perfecto. No queremos contratar a nadie más porque no es necesario. Solo necesitamos apoyo ocasional. Nuestra administrativa está de baja desde hace dos días, así que necesitamos a alguien con ese perfil
— Entiendo
José Luis: — No es difícil lo que harás. Por ejemplo, ahora que empezamos una campaña publicitaria, nos ayudarías a coordinar y programar reuniones, eventos, y gestionar la agenda. También prepararías y archivarías documentos, harías informes, y gestionarías contratos y facturas. ¿Te ves capaz de hacer todo esto?
— Sí, puedo hacerlo
José Luis: — Vale, cuando tengas un rato libre, ve a la sala uno en la planta baja, está a la derecha de la recepción. Ahí es donde está el departamento de márquetin, y te daré algunas cosas para comenzar. Ya hablé con tu supervisora, Diana, así que no te preocupes si no te ve en tu escritorio. Ella sabe que durante el día nos ayudarás
— Perfecto
José Luis: — Muy bien, quedamos así entonces
— Sí, nos vemos luego
José Luis: — Vale, hasta luego
12:22 a.m.
A media mañana, había terminado mis tareas administrativas y relacionadas con la contabilidad. Como llevaba solo dos días trabajando en la compañía, no tenía demasiadas tareas, pero sabía que con el tiempo y cuando me terminara de acostumbrar, mis responsabilidades aumentarían.
En seguida, bajé a la planta baja para buscar la sala uno, donde me encontraría con José Luis. Por suerte, no me perdí en el gran edificio y llegué sin problemas.
José Luis: — Hola, pasa. Te presento a Sandra
— Mucho gusto
Sandra: — Igualmente
José Luis: — Después te presentaré a los otros tres del grupo. ¡Ah, mira! Ahí viene uno — dijo, y vi a un hombre pasar a mi lado dejando unos papeles en el escritorio. Al mirarlo, me desconcerté; a ese hombre lo conocía. Era Héctor, vestido con un traje elegante que realzaba su atractivo, algo que no podía pasar desapercibido.
Héctor: — Hola — saludó frunciendo el ceño.
— Hola
José Luis: — Ella es Elizabeth
Héctor: — Sí, la conozco
José Luis: — ¿Ah, sí?
Héctor: — Sí
— Sí, es cierto — respondí con bastante confusión, pero sobre todo con sorpresa. No me esperaba que Héctor y yo coincidiéramos una vez más y, esta vez, trabajando en el mismo lugar.
Me parecía muy extraño, casi inquietante, porque no era normal. Encontrarnos una vez por casualidad no era raro, pero ya llevar unas tres veces con lo mismo era más que coincidencia. Su presencia parecía seguirme a todos lados, a no ser que me estuviera vigilando, algo que, aunque pareciera surreal, podría ser verdad. Quien sabe, podría tratarse de algún psicópata.
José Luis: — Elizabeth nos ayudará con la agenda y otras tareas
Héctor: — Vale
José Luis: — ¿Le quieres explicar las cosas que hará?
Héctor: — Vale
José Luis: — Ahora vuelvo, iré a recoger unos documentos en recepción
Héctor: — ¿A qué hora terminas la jornada?
— En media hora, así que a las dos de la tarde.
Héctor: — Vale. Si quieres podríamos quedar después. Me gustaría charlar un rato.
— Mmm, creo que hoy tengo la tarde ocupada
Héctor: — Bueno, pues será otro día
— Sí...
No, eso no era cierto. Realmente no tenía la tarde ocupada, pero no quería salir con él porque me sentía un poco insegura.
Héctor: — Bien, ¿nos ponemos manos a la obra? Solo tienes que planificar la agenda, y si hay algo más que hacer, te aviso
— Claro
Héctor me sonrió y nos pusimos a trabajar. No voy a negar que al principio me sentía un poco insegura al estar cerca de él y saber que trabajábamos en el mismo sitio. Nunca me había pasado eso de coincidir tanto con una persona, pero luego pensé que tal vez, solo tal vez, era una casualidad del destino.
Sandra: — Ahora vuelvo, tengo que ir a traer unas cosas de donde Lucía
Héctor: — Vale. ¿Le puedes decir que te mande el cartel pequeño que le dio José Luis? Ella ya sabe cuál es
Sandra: — Sí
Sandra se fue y, cuando nos quedamos solos en la sala, me entraron los nervios, pensando si Héctor podría ser un psicópata o simplemente alguien que el destino había puesto en mi camino para conocer.
— Es curioso, ¿no?
Héctor: — ¿Eh?
— Es curioso esto de habernos encontrado en el mismo trabajo
Héctor: — ¡Ah! Sí, es extraño. No sé tú, pero a mí me inquieta un poco — dijo con una risa nerviosa.
— Sí, a mí también
Héctor: — No ha sido culpa mía, te lo juro
— Te creo — dije sonriendo, y él hizo lo mismo.
— Pero si lo ves desde otra perspectiva es lindo. Al final, no somos dos desconocidos
Héctor: — Eso es verdad. Nos conocimos en la secundaria y ahora hemos vuelto a encontrarnos
— Exacto