Jueves, 19:30 p.m.
— Ana, ahora vuelvo. Saldré un rato
Ana: — Vale, si necesitas algo, me llamas
— Sí, gracias
Salí de casa y busqué mi auto. Por la mañana, le había propuesto a Héctor vernos en un bar para charlar, ya que en el trabajo no teníamos privacidad ni tiempo para hacerlo.
Tenía una cierta necesidad de conocer más a Héctor, no solo para averiguar si me estaba espiando o siguiendo a todas partes, sino porque, olvidando eso, él me interesaba como persona y también quería despejar unas dudas que tenía.
20:10 p.m.
Me dirigí al bar donde habíamos quedado. Aunque habíamos acordado vernos a las ocho, yo había llegado primero. Héctor quizás se había tardado, entonces aproveché ese momento para mí sola. Quería despejar mi mente y disfrutar del momento tomándome una cerveza.
— ¿Me pones una cerveza?
Barman: — ¿De cuál?
— De la mejor que tengas — respondí, sentándome en la barra. El barman me dio una Mahou, y al tomar un trago, noté que estaba muy fría y deliciosa.
De repente, un hombre se sentó a mi derecha. Me giré y al instante, me di cuenta de quién se trataba.
— Tu cara me suena de algo
Héctor: — ¡Oh! Lo siento, no te había reconocido — dijo, incrédulo.
— Perdón por llegar tarde, es que no encontraba sitio para aparcar
— Sí, a mí también me costó encontrar donde dejar el auto. ¿Cómo estás?
Héctor: — Más o menos. Te veo un poco agobiada
— Un poco — respondí, y ambos tomamos de las botellas de cerveza.
— Por cierto, no sé si te estoy confundiendo con alguien, pero te pareces mucho a alguien que he visto antes
Héctor: — ¿A quién?
— A alguien que vi hace años armando un mueble en el patio de la señora Matilde González. Además, te pareces mucho a un compañero de clase que tuve
Héctor: — Pues sí, soy yo. Me atrapaste
— ¡No me digas!
Héctor: — Sí, lo digo en serio
— ¿Y por qué no me lo dijiste?
Héctor: — Porque estaba como tú, dudando si eras mi compañera de clase o no
— Yo es que no te reconocía tanto. Es verdad que fuimos a algunas clases juntos, pero ahora estás diferente
Héctor: — Es evidente que hemos cambiado desde la escuela. Al principio, no te reconocí, pero con el tiempo, al coincidir varias veces, me di cuenta de que eras mi compañera de clase, especialmente por tu contagiosa sonrisa
— ¿Mi sonrisa?
Héctor: — Sí, era algo que destacaba en las clases. Siempre te veía riendo con Natalia, tu amiga
— Natalia y yo nos llevamos muy bien. Siempre me hacía reír.
Sabes, me resulta curioso que me hayas reconocido por eso
Héctor: — Es que tu sonrisa es bonita. Siempre he sido observador, y ese detalle lo recuerdo claramente. Por cierto, sigues tan guapa como te recordaba
— Tú también — dije, y ambos sonreímos.
— Honestamente, me sorprende mucho que hayamos vuelto a encontrarnos después de la escuela
Héctor: — Sí, es curioso, pero me alegra que haya sucedido.
¿Y cómo ha sido tu día?
— Bien, pero mal. ¿Y a ti?
Héctor: — Igual que tú
— ¿Puedo preguntar el porqué?
Al hacer la pregunta, él tomó de la botella de cerveza, sin responder antes a mi pregunta y luego me miró.
Héctor: — Cosas sin importancia
— murmuró mientras contemplaba su cerveza.
— ¿Y a ti? ¿Por qué te fue tan mal hoy?
— ¿Puedo responder lo mismo que tú?
Héctor: — Está bien
— ¿Vives por aquí? — pregunté antes de tomar un sorbo de mi cerveza.
Héctor: — No, vivo más lejos, fuera de la ciudad
— Yo también
Héctor: — Qué casualidad
— ¿No será que seremos vecinos?
Héctor: — No lo sé, ¿tú por dónde vives?
— Una calle después de la rotonda que está al final de esta calle, la que está saliendo del bar. Te vas en línea recta y vas a dar a una plaza y después a la rotonda
Héctor: — Creo que ya sé de qué lugar hablas, pero no, no somos vecinos. Vivo en la dirección contraria, como a media hora de aquí
— Por eso vienes en auto
Héctor: — Sí
— ¿Y cómo es que coincidimos tanto si vivimos lejos del otro?
Héctor: — Eso mismo me pregunto yo, pero seguramente es porque, aunque no viva tan cerca de ti, mi madre sí, entonces, por eso paso bastante tiempo por estos sectores y coincidimos en varios lugares
— Podría ser. ¿Y lo del trabajo?
Héctor: — En eso ya no sabía qué decir. Simple casualidad
— No sé yo, pero esto de encontrarnos en casi todos los sitios me hace pensar que me estás siguiendo. Quizás un psicópata...
Héctor: — ¡No! Para nada
— Eso diría un psicópata
Héctor: — Ja, ja. No, de verdad lo digo. Aunque no niego que a veces se me pueda salir lo psicópata... Es broma
— Ja, ja. Por cierto, ya he visto tu auto y está bonito
Héctor: — Gracias, aunque posiblemente me compre otro. Este que tengo lleva seis años y creo que va siendo hora de buscar otro nuevo
— ¿Te gustan los autos?
Héctor: — Mucho, ¿y a ti?
— Bueno, no sé mucho de autos, pero lo suficiente como para saber que tienen cuatro ruedas y un motor
Héctor: — Ja, ja
— Es cierto
Héctor: — ¿El tuyo de qué marca es? Una vez te vi en él, pero no lo recuerdo
— Es un SEAT Ibiza
Héctor: — Muy bonito, por cierto
— Gracias, pero me pasa lo mismo que con el tuyo
Héctor: — ¿Lo de cambiarlo?
— Sí, el mío ya está viejito, pero todavía no lo quiero cambiar, básicamente porque no tengo dinero para comprarme otro, aunque también estoy pensando en venderlo
Héctor: — ¿Por qué?
— Porque no lo utilizo tanto y pasa más tiempo estacionado en el garaje que paseando por la calle
Héctor: — En ese caso sería mejor hacer algo con eso
— Pues sí, ya veré qué hacer. ¿Y tú, si te compras un auto, qué marca comprarías?
Héctor: — Por darme un capricho me compraría un auto deportivo, por ejemplo un Tesla o un Porsche
— ¡Uy! ¿En serio?
Héctor: — Sí, ¿por qué? ¿Qué sucede?
— No, nada, es solo que un Tesla o Porsche...
Héctor: — ¿Qué?
— No, nada
Héctor: — No, dímelo
— No, es que para mí... Es decir, no me lo imaginaría. Quizás es porque, poniéndome en tu lugar y teniendo lo que tengo ahora, no me permitiría tener un coche de esa gama
Héctor: — Ya
— No me malinterpretes, no quiero ofenderte o algo así
Héctor: — Para nada. Es cierto que vale mucho dinero, pero por suerte puedo permitírmelo. Además, cuando lo compre, te daré un paseo
— No hace falta
Héctor: — En serio, uno, dos o más, cuantos quieras — dijo, y tomé otro trago de mi botella de cerveza.
— Te dejaré conducirlo
— Esa ya es mucha confianza
Héctor: — Para mí no, creo que conduces bien
— ¿Y si estrello tu coche?
Héctor: — Será solo un daño colateral, pero ojalá no pase. No porque se dañe el coche, sino que lo hagas tú. No quisiera que te hicieras daño — dijo, haciéndome sentir algo así como especial. Parecía una chorrada, pero el hecho de que me estuviera diciendo que mi seguridad era lo primero antes que otra cosa me pareció lindo.
— Mejor, preferiría que me llevaras a dar un paseo antes de que tome el volante
Héctor: — Con gusto lo haré — mencionó con una sonrisa. Terminamos la cerveza y me preparé para ir a casa.
— ¿Vas a salir este fin de semana?
Héctor: — ¿A bailar, dices?
— Claro
Héctor: — ¿Me estás invitando?
— Solo lo comento, porque si no, no tendré con quién bailar
Héctor: — En ese caso, te haré compañía
— Entonces, allí te esperaré
Héctor: — Y yo estaré allí — dijo con una sonrisa.
— Bueno, me voy
Héctor: — Que te vaya bien
— Igualmente, cuídate
Me levanté, pagué la cuenta de la cerveza y salí del bar.
Héctor: — Adiós
— Chao, nos vemos pronto
Héctor: — ¿Te parece si este fin de semana voy a la discoteca y charlamos un rato?
— Claro
Héctor: — Vale
Me despedí de Héctor y fui en busca de mi auto que no estaba tan lejos.
Hablar con Héctor me había llenado de felicidad porque finalmente supe que él había sido mi compañero de clase en la secundaria, o sea, mi crush.
Es más, nuestras charlas, aunque eran escasas, creaban una cierta confianza de amigos, de confidentes.
Sentía que estábamos en sintonía, como si compartiéramos gustos y pensamientos. Y yo quería explorar esa conexión, no necesariamente con la intención de buscar algo más, aunque, pensándolo bien, ¿por qué no?
¿Qué pasaría si surgiera algo entre nosotros? Incluso si solo fuera amistad, no tenía por qué ser algo más serio.
Sin embargo, ese beso que compartimos... ¡Uf! Solo recordarlo me ponía los pelos de punta.
Todavía persistía en mi memoria de manera fascinante y eso me hacía querer volver a repetirlo. No obstante, prefería no apresurarme hasta comprender con claridad sus intenciones. No sabía si estaba interesado en mí, ya fuese como amiga o algo más. Así que, hasta que no supiera claramente sus intenciones, evitaría entregarme a la tentación de estar con él en todos los aspectos.