Capítulo 11:Conociéndonos mejor

1634 Palabras
Sábado. Volvía a ser fin de semana y, según lo acordado, Héctor llegó a la discoteca. Mientras él se aproximaba, yo lo esperaba ansiosa después de haber acabado mi jornada en la discoteca. En esa noche decidimos no bailar; en su lugar, subimos a la primera planta de la discoteca, a una sala y nos instalamos en dos sofás con la intención de conocernos mejor. Ambos mostrábamos un interés genuino en descubrir más el uno del otro. Además, la música de fondo y las luces tenues, pero coloridas, creaban un ambiente acogedor para nuestra conversación, y cada palabra intercambiada revelaba nuevas facetas de nuestras vidas. — ¿Cuál es tu animal favorito? Héctor: — En realidad todos — ¿No tienes uno en concreto? Héctor: — Bueno, los perros, los gatos... — Yo prefiero los gatos Héctor: — ¿Y los perros? — Me dan un poco de miedo, especialmente los grandes. Tengo temor a que puedan morderme Héctor: — ¿Y eso? — No lo sé, desde pequeña he tenido ese miedo. Menos mal que, hasta el momento, no me ha mordido ningún perro. Ojalá nunca pase Héctor: — Ojalá que no. ¿Y cuál es tu color favorito? — El azul Héctor: — ¿Algún motivo en particular? — Siento que me transmite paz. Además, el mar y el cielo son de esos colores, y como los dos me gustan, pues... Héctor: — Te gusta — Exacto, ¿y el tuyo cuál es? Héctor: — El rojo — Me da miedo preguntar el porqué... Héctor: — ¿Y tú qué crees? ¿Qué te hace sentir el rojo? — Para mí, el color rojo es como peligroso, misterioso... — comencé a explicar, y él se acomodó en el sofá, extendiendo sus brazos y piernas. Héctor: — ¿Algo más? — Hm... ¿Por el amor? También lo representa Héctor: — Tienes razón — dijo y tomé un trago de mi vaso lleno de whisky. — A ver, ¿y tu motivo cuál es? ¿Por qué te gusta ese color? Héctor: — Exactamente por todo lo que has dicho, pero le agregaría otra cosa — ¿El qué? Héctor: — La pasión, el deseo... — empezó a decir mientras me miraba fijamente, por lo que bajé mi mirada al suelo, ya que no soportaba mirarle por tanto tiempo. Su mirada era muy potente y con lo que iba diciendo fácilmente podía perder la cabeza e imaginar cosas indebidas. — ¿Eres de ese tipo de persona? Héctor: — ¿De cuál? — ¿Te definirías con ese color? Héctor: — Puede ser — Yo diría que sí Héctor: — ¿Tú crees? — Puede ser... — respondí con malicia, tomé otra vez de mi vaso y él hizo lo mismo. Héctor: — Me robaste la frase — Puede ser... — dije y sonreí. Héctor: — ¿Y te gusta leer? — Un poco, ¿y a ti? Héctor: — Un poco — respondió, esta vez fue él quien sonrió maliciosamente. — No se vale, no copies mis palabras Héctor: — Tú empezaste — recalcó y los dos sonreímos tontamente. — He sabido que eres el director de márquetin Héctor: — Sí — No lo sabía. Y... ¿tienes otras aficiones aparte de dedicarte al márquetin? Héctor: — Sí, también hago otras cosas. Tengo conocimientos de jardinería y también de negocios, aunque todavía estoy aprendiendo — Interesante. La primera vez que te vi, claro, después de la secundaria, estabas armando un mueble. ¿Trabajaste en la casa de la señora Matilde González? Héctor: — Sí, trabajé como jardinero y ayudé en algunas remodelaciones de la casa — ¿Y ahora te dedicas a los negocios o a la publicidad y el márquetin? Héctor: — Ambas cosas. La vida da muchas vueltas — comentó y tomé otro trago de whisky, mientras pensaba en algunas preguntas que quería hacerle a Héctor para conocerlo mejor. — ¿Cuál es tu pasatiempo favorito? Héctor: — Hm... Podría ser bailar o hacer ejercicio, pero también ir a la montaña y acampar — ¿De verdad? Héctor: — Sí — A mí me gustaría ir a acampar algún día. Nunca lo he hecho y me llama la atención Héctor: — Cuando quieras, puedes venirte conmigo. Últimamente, algún domingo de cada mes hago algunas rutas — Suena divertido Héctor: — Sí, las rutas que he hecho hasta el día de hoy han sido bastante bonitas. Además, todas han sido en lagos o cascadas y cuando termine este tipo de rutas, haré otras por la montaña — ¿Y vas tú solo o acompañado? Héctor: — Voy solo, pero a veces me acompaña Íker, un amigo — Si quieres, también te puedo acompañar a tu próxima aventura Héctor: — Estaría encantado. El segundo domingo del mes que viene tengo pensado ir a una montaña. Si quieres nos ponemos de acuerdo y vamos — Está bien, te avisaré Héctor: — Vale. Por cierto, ¿Tu pasatiempo favorito cuál es? — Leer, la fotografía, pintar y dibujar. Pero también disfruto de paseos en la montaña como tú Héctor: — ¿Eres más de playa o de montaña? — Montaña Héctor: — Tus gustos son interesantes — Gracias, los tuyos también. ¿Y desde cuándo te gusta bailar? Héctor: — Creo que es heredado de mis padres. Mi madre y mi padre eran bailarines profesionales en su época, por eso tengo esos dotes — Genial. ¿Y qué tipo de música bailaban? Héctor: — De todo un poco, pero les gustaba más la salsa, el tango, el flamenco... — ¿Y a ti por qué te gusta bailar? — Desde pequeña lo he hecho y es una forma de expresión que ha perdurado hasta el día de hoy Héctor: — Claro. ¿Y cuál es tu comida favorita? — Creo que no tengo una favorita, pero si me gusta comer Héctor: — Ya somos dos. ¿Y el ejercicio, te gusta? — Sí, llevo varios años haciéndolo y me encanta porque ayuda a despejar la mente y bajar las tensiones por el estrés acumulado Héctor: — En eso tienes razón — dijo y miré hacia la pista de baile. — ¿Bailamos? Héctor: — Me leíste la mente Nos levantamos y fuimos a bailar al ritmo de bachata. Aunque antes solíamos bailar separados, ahora sentía la confianza para bailar pegados, algo que hasta ese momento no habíamos hecho. Poco a poco nos íbamos conociendo, y me sentía segura con él, lo cual era lo más importante. Héctor tomó mi cintura, y yo sentí nervios. El recuerdo del beso que compartimos no dejaba mi mente. Tenía ganas de repetirlo... Pero, ¿en qué estaba pensado? No, no podía hacerlo... ¿O sí? Finalmente, Héctor y yo nos dejamos llevar por la música y el ambiente festivo. Su destreza era cautivadora, no solo por sus movimientos precisos, sino también por la sensualidad con la que guiaba nuestros cuerpos en armonía. La sintonía entre nosotros era evidente, y su entusiasmo, lleno de energía y buen ánimo, despertaba mi interés. Sin embargo, en un instante algo cambió. Quizás influyó el efecto del whisky, pues comencé a mirarlo de manera diferente. Lo atraje más hacia mí, y en su mirada encontré algo que las palabras no podían expresar. Sus ojos, profundos y expresivos, me hacían cosquillas, no en la mente ni en el estómago, en algo más abajo. En ese momento, la música pasó a segundo plano, ya que nuestros ojos se convirtieron en el centro de atención. Mi cuerpo, de manera inconsciente, empezó a liberar sudor, mientras mi imaginación volaba, explorando las posibilidades de lo que podría ocurrir si continuábamos así. Ambos compartíamos la misma intensidad, con la respiración agitada, y podría jurar que no era solo por el baile. Luego, al dar la vuelta para bailar de espaldas, Héctor se posicionó detrás de mí, deslizando su rostro por mi cuello. Al instante, percibí su deseo de acercarse aún más, llegando al punto de empujarme, y fue entonces cuando sentí algo firme en mi trasero, y supe de inmediato que no había sido su cinturón, ya que no llevaba uno. Entonces, al darme la vuelta, tuve que detener la situación. Algo en mí advertía que debía interrumpir lo que estábamos haciendo, no porque no estuviera disfrutando, sino por el temor de que termináramos en un lugar específico, más precisamente en una cama y follando, puesto que la dirección que estábamos tomando sugería esa posibilidad. — Lo siento — dije mientras me dirigía hacia unos casilleros para sacar mi bolso. Héctor: — Espera — Me tengo que ir Héctor: — Perdóname, no quería ser grosero. Alguien me empujó por la espalda. Lo siento, de verdad. No quería acercarme a ti — No te preocupes, es solo que... Héctor: — ¿Entonces qué? — preguntó preocupado, tomando mi mano. — Es que ya es tarde y me tengo que ir — respondí, lanzando un suspiro. — No te preocupes, no ha pasado nada — añadí, acercándome para darle un beso en la mejilla. Héctor: — Hasta luego — Chao Me despedí de él y me sentí un poco mal. A decir verdad, una gran parte de mí quería quedarse y ver lo que pasaba después, pero otra parte solo quería huir, porque, ¿qué tal si sucedía lo que tenía en mente? No era mala idea, pero eso me llenaba de intranquilidad porque desde hacía tiempo no me había acostado con un hombre y me sentía nerviosa al pensar en que volvería a pasar. Era una idea estúpida, pero yo era muy insegura y, en esas situaciones, le hacía caso a mi mente en lugar de mi corazón, que en algunas ocasiones tenía más razón. Así que salí de la discoteca, busqué mi auto y me fui a casa.
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