Me encontraba en la pista de baile, moviéndome al compás de la música entre la multitud. De repente, choqué con alguien detrás de mí. Al girarme, mi rostro se encontró con el suyo y reconocí que era Héctor.
Héctor: — Por fin te encuentro
— Te tardaste mucho — respondí y él tomó mi mano y nos alejamos de la pista hacia un pasillo iluminado con luces azules.
— No, espera
Héctor: — ¿Qué pasa?
— Es que no estoy segura.
Tú me estás volviendo loca
Héctor: — ¿Loca?
— Sí, aquel beso que nos dimos… no lo olvido
Héctor: — Yo tampoco. ¿Quieres volver a repetirlo?
— ¿Tú quieres?
Héctor: — Lo he estado esperando con ansias
Sin más dilación, se acercó, me besó y me acorraló contra la pared. Mi cuerpo ardía de deseo, pero una extraña música me sacó de ese trance, y gradualmente volví a la realidad al despertar.
Lastimosamente, todo había sido un sueño, pero parecía tan real haber soñado con Héctor.
Me acomodé en el colchón y apagué el despertador.
El sueño me había dejado una sensación intensa. Además, ya no solo era la calentura que tenía en el cuerpo, también mi intimidad estaba húmeda.
¿Pero cómo era posible?
¿Por qué me excitaba pensar en acostarme con Héctor?
¡Apenas le conocía!
Al instante, dos golpes resonaron en la puerta de mi habitación, impulsándome a levantarme y abrirla.
Seguramente, era mi amiga Ana.
Ana: — ¿Ya despertaste, amiga?
— Sí — respondí entre un bostezo.
Ana: — Te ves como un tomate, ¿estás bien? ¿Tienes fiebre?
— No, estoy bien, no es nada — respondí, aunque en realidad no estaba bien, no del todo. Lo sucedido con ese sueño reciente me avergonzaba, ya que aún me sentía excitada, y enfrentar a Ana me ponía nerviosa, temiendo que notara mi estado.
Ana: — Voy a preparar el desayuno
— Vale. Me ducharé antes y luego bajaré a desayunar
Ana: — Okay, te espero
Después de que Ana se fue, traté de calmarme, notando que mi pulso estaba acelerado. Entonces, decidí tomar una toalla del armario y dirigirme al baño, pero antes tuve una idea. Regresé a mi cama y saqué un consolador de uno de los cajones de la mesita de noche.
A decir verdad, lo había comprado hace un mes por curiosidad y aunque no lo había estrenado, decidí que era el momento adecuado.
Bajo la sábana, encendí el consolador y, dado mi estado excitado, alcanzar un orgasmo fue fácil.
El sueño que había tenido también rondaba mi mente, intensificando la experiencia. Además, confirmé que el juguete realmente funcionaba, coincidiendo con las afirmaciones de otras mujeres que decían estar fascinadas por lo que podía hacer el juguete.
Unos minutos después, satisfecha, apagué el aparato y, ahora sí, me dirigí a ducharme.
00:04 p.m.
Durante todo el día, mi mente no pudo desprenderse del sueño que había tenido, ya que el encuentro con Héctor se aproximaba.
Entonces, la posibilidad de que mi sueño se convirtiera en realidad esta madrugada me emocionaba, pero al mismo tiempo me abrumaba.
Héctor: — Hola
— Hola
Me acerqué a él y le di un abrazo, aunque me incomodara mirarle a los ojos, recordando que por la mañana me estaba masturbando en su nombre.
A pesar de ello, intenté aparentar normalidad.
— ¿A dónde vamos?
Héctor: — Estaba pensando que, con el frío que hace, mejor sería ir a un lugar cerrado
— Sí, mejor
Héctor: — Está bien, tenía pensado ir a un restaurante por si queríamos tener una noche tranquila y si no, ir al Teatro
— Mejor una noche tranquila
Héctor: — Vale, pues ya sé dónde ir
Nos dirigimos al centro de la ciudad en su auto y llegamos a un imponente edificio. Al entrar, pagamos diez euros y después subimos por el ascensor hasta la décima planta, donde un elegante hombre de traje nos recibió.
Héctor pagó por una mesa y un camarero nos condujo a una terraza con vistas impresionantes.
Al acercarnos, me di cuenta de que nos encontrábamos en una de esas terrazas exclusivas de Madrid, donde disfrutar de una copa con vista a la ciudad era un lujo. Aunque los tragos no eran económicos, oscilando entre quince y veinte euros, valía la pena darse ese capricho de vez en cuando.
— Nunca había venido a una terraza
Héctor: — ¿En serio?
— De este estilo no
Héctor: — Pues aquí lo tienes
— ¿Tú vienes seguido?
Héctor: — A veces, una vez al mes o algo así
Decidimos pedir algo de comer y también de tomar y, siguiendo la sugerencia de Héctor, optamos por un vino especial de la casa.
Héctor: — Este vino se supone que es de excelente calidad; solo hay cincuenta botellas en todo el mundo
— ¿Ah, sí?
Héctor: — Sí
— ¿Ya lo has probado?
Héctor: — No, pero vamos a ver si realmente vale la pena
— Salud
Héctor: — Salud
Brindamos y disfrutamos del vino, el cual, debo admitir que estaba realmente delicioso.
Héctor: — ¿Te gusta?
— Sí, está rico
Héctor: — A mí también me gusta, está bueno — dijo, sonreí, y luego tomó otro trago.
— Dime algo
Héctor: — Algo
— No seas bobo, cuéntame algo sobre ti, lo que quieras — dije mientras reía.
Héctor: — Pregúntame lo que sea
— Lo que sea
Héctor: — Qué graciosa…
— Ja, ja, bien, ¿cuántos años tienes? ¿Eso se vale preguntar?
Héctor: — ¿Tú cuántos crees que tengo?
— Pues… algo así como treinta
Héctor: — ¿Tan viejo me veo?
— preguntó, levantando las cejas en sorpresa.
— No, solo es una suposición — respondí, y volvió a reír.
Héctor: — En realidad, te has equivocado, tengo veintiocho
— ¡Casi!
Héctor: — ¿Y tú? ¿Cuántos tienes?
— Adivina
Héctor me miró a los ojos, luego tomó un sorbo de su copa de vino.
Se tomó su tiempo antes de hablar y finalmente respondió.
Héctor: — ¿Los mismos que yo?
— ¡Uf! Fallaste
Héctor: — ¿Más o menos? Si ambos íbamos a la misma clase significa que tienes los mismos que yo, ¿no?
— No sé, sigue adivinando
Héctor: — Hm…
— Te doy una pista, tengo más de veinticinco
Héctor: — Entonces veintiséis
— Ja, ja, no. Ya quisiera. En realidad, tengo treinta
Héctor: — ¿De verdad?
— Pues sí. Tú y yo coincidimos en la misma clase porque yo tuve que repetir un curso en secundaria porque faltaba mucho a clase. En ese período, experimentaba un profundo pesar debido al fallecimiento de mi abuela, lo que afectaba mi motivación para estudiar.
Así que solía ausentarme de algunas clases, prefiriendo quedarme en la casa de mi abuelo sin comunicar a mis padres que no había asistido. A pesar de que ellos ya eran conscientes de la situación, ya que recibían llamadas telefónicas regulares
Héctor: — Lo siento mucho por tu abuela
— No te preocupes, eso ya pasó. Fue hace años y ya lo he superado. Cambiando de tema y siguiendo con lo que estábamos hablando, ¿nos llevamos dos años de diferencia?
Héctor: — Sí, eres mayor que yo… me gusta — dijo con una sonrisa coqueta.
— Los cumplí hace poco, a principios de este mes
Héctor: — ¡Oh! Felicidades
— Gracias. ¿Y tu cumple cuándo es?
Héctor: — En diciembre
— ¿Acaso eres Santa Claus?
Héctor: — Ja, ja, algo así — respondió con una sonrisa, y yo también sonreí.
Ese momento que estábamos viviendo era muy agradable y parecía que a Héctor ya lo conocía de toda la vida por la tremenda conexión que sentía.
— ¿Al menos te gusta la Navidad?
Héctor: — Sí, de hecho, ese mismo día cumplo años, el veinticuatro de diciembre
— ¡Vaya! Qué casualidad
Héctor: — Ya
— Yo es que tengo mis dudas
Héctor: — ¿De qué?
— A mí no me engañas, eres Santa Claus
Héctor: — Ja, ja, no
— Hm, eso diría Santa
Héctor: — Cuando esté más mayor, me dejaré la barba y así si seré igual que Santa
— Ahora estás afeitado, pero tienes tiempo para dejarte la barba
Héctor: — Tal vez, pero es que no me gusta
— ¿No te gusta?
Héctor: — No, no mucho. Ya me estoy acostumbrando a afeitarme, pero quizás me deje la barba algún día
— Si te doy mi opinión, tampoco sé cómo te verías con barba, pero sin ella te ves bien
Héctor: — Gracias
— ¿Tienes hermanos?
Héctor: — Sí, una hermana mayor que yo. Se llama Isabella
— Yo no tengo hermanos, soy hija única
Héctor: — ¿Y tus padres, cómo están?
— Bien, los dos están bien de salud y eso es lo importante. ¿Y tus padres?
Héctor: — Mi padre está bien y mi madre… Tiene una enfermedad. Lleva dos años luchando contra el cáncer, pero de momento está bien. No es fácil ni para ella ni para la familia, pero estamos saliendo adelante
— Le mando ánimos a ella y ojalá se recupere pronto
Héctor: — Gracias. Yo confío en que saldrá todo bien y que llegará un día en que vuelva a ser como antes. Aunque, ella, a pesar de la enfermedad, es feliz. Cada día anda una sonrisa y la motivación por la vida no la pierde
— Sin duda alguna, tu madre es un ejemplo para muchos — dije y noté que se aguantó las ganas de llorar.
Héctor: — Lo sé. Algún día te la presentaré
— Me encantaría