Él… ¿a quién rayos se refiere con él?
—¿Él? —digo, sin entender a qué o a quien se refiere.
—Lo lamento —musita, y enseguida, pasa por mi lado —. No me corresponde a mí decírtelo.
Miro a Katrina confundida.
—¿Decirme que?
—Antón tiene las respuestas.
De inmediato, se va. Entonces, yo quedo echa un embrollo con demasiadas preguntas. ¿A que se refería con él? ¿Qué tiene que decirme? Sacudo la cabeza aturdida por todo lo que esta sucediendo, y por lo que me acabo de enterar. Mi mente esta y jaque, y no se a que se debe esta venganza y que papel cumplo en esto.
Antón tiene las respuestas…
Eso. Eso quería. Quería respuestas. A continuación, quizás, lo próximo fue demasiado precipitado, pero, quería saber, necesitaba saber el por qué me hacían esto, si la razón no era por mi origen.
Aunque puede ser una mentira de Katrina, al fin y al cabo, Katrina me ha mentido antes ¿no? Por que no hacerlo ahora ¿eh?
Todo es confuso… y mi corazón me indica un mal presentimiento.
Persistentemente, toco la puerta de despacho, esta vez no tengo miedo, si no rabia, odio, uno lo bastante letal como para matar a ese demonio que se esconde bajo el traje de un militar. Lo odio, lo odio, lo detesto tanto que quiero que se muera.
—¡Adelante! —dice.
Abro la puerta, y la cierro de un portazo. No se de donde me ha salido la osadía de hacer eso, pero lo cierto es que lo hice.
Antón Schwartz me mira con diversión, reclinándose hacia atrás en su silla.
—¡Interesante! —murmura, con una sonrisa guasona que quiero arrebatársela de un puño.
Lo miro con odio, con una rabia que me dan ganas de llorar. ¡Por que soy así! Es un momento serio, debo verme furiosa y no como una llorona.
—Vaya, esa mirada me enciende —se muerde el labio, juguetón.
—¡¡Quiero respuestas!! —espeto, sin apartar la mirada de su rostro divertido, de sus gestos exagerados.
—¡Qué agallas! ¡no me lo puedo creer! —se toca la barbilla con una sonrisa de medio lado.
—¡¡QUIERO RESPUESTAS!! —grito, y mi elevado tono de voz retumba en las paredes del despacho.
Antón me mira, se quita la mano de la barbilla y se pone en pie.
—Si fuera tú, tuviera más cuidado en cómo me hablas —me rodea, como un león a punto de devorar a su gacela, y se acerca —. Debes tener en cuenta la posición en la que estas ahora. Tú, sigues siendo una judía y yo, un temible capitán.
Me ha quedado muy claro sus limites y el juego de poder que quiere dejar bien claro.
—¿Por qué me haces esto?
Sus manos se sitúan sobre su espalda, y su rostro se transforma en diversión pura, e incluso, puedo decir que esboza una sonrisa ante mi sufrimiento. Acorta la distancia.
—¡Simplemente me gustas! —exclama, mirándome a los ojos.
—¿Tanto le gusto para asesinarme?
—¡Yo no te asesiné!
—Dio la orden.
Hace un mohín con su boca y asiente.
—¡Es verdad! Lo hice, soy culpable de eso.
Arrugo las cejas de rabia, por la forma tan tranquila que se burla de mí, de mi dolor, de lo que me hizo, entonces, le doy una bofetada, tan fuerte que me arde la mano.
Dios bendito… me doy cuenta de mi error… no debí hacer eso… no debí dejarme llevar por el impulso de golpearlo. No debí tocarlo.
La cara de Antón esta ladeada hacia un lado, además, de estar evidentemente enrojecida por el manotón que le acabo de dar. Su rostro contraído se voltea lentamente, como si tuviera poseído por un ente diabólico al punto que me da un miedo atroz. Consecuentemente, al Antón mirarme, a perdido todo destello de diversión, posicionando dos llamas de fuegos en vez de ojos y una rabia terrible en sus gestos.
Con sus grandes manos, me toma del cuello y me empuja al escritorio con una fuerza que no parece humana. Siento que me esta ahogando, matando, dejando sin aliento. Y cuando mis uñas tratan de pelear para zafarse de ese agarre, él presiona más hasta que las lágrimas salen.
—¡Es tan fácil matarte! —dijo, con una ira en su voz mientras aprisionaba más.
Pensé que iba a morir, y lo último que vino a mi mente fue mi hijo, entonces, me soltó. Caí al suelo como si fuera un saco de papas, tosiendo, palpando mi cuello, mi garganta, y lo mucho que me dolía.
Lo fulminé con la mirada mientras tosía una y otra vez, a medida que él se frotaba el rostro y me daba la espalda.
—¡Te odio! —estallo en llanto, en un llanto que mas bien me sale como un ronroneo.
Antón se voltea y me mira, mas, esta vez no lo hace con rabia, si no que veo un destello de remordimiento. Imposible… los demonios no tienen remordimiento.
Toso una y otra vez, sollozando.
Él me extiende una mano para ayudarme a levantarme, como si ese gesto amable lo hiciera menos culpable ante mis ojos, sin embargo, me alzo sola, no necesito de su ayuda. Posteriormente, Antón cierra su mano en un puño y se la lleva detrás de su espalda.
Lo sigo mirando con odio, él lo sabe… sabe lo mucho que lo detesto porque mi cara lo dice. Lo que no hablo, mi rostro lo expresa muy bien, y la repulsión que siento ante él es tanta que no lo puedo ocultar.
—¿Me odias? —pregunta. Su mirada se ha transformado en paz, en tranquilidad, y eso me dio más ira, ¿Cómo puede estar tan tranquilo después de casi matarme?
—¡Con todas mis fuerzas! —afirmo.
—Deberías de concentrar tus fuerzas en odiar a otra persona, que SÌ se merece tu odio.
Apreté los dientes.
—Concentro todo mi odio en ti. Espero algún día matarte.
Antón levanta una ceja.
—La valentía esta apoderada de ti ¿no?
—¡Te odio tanto que el día en que te mueras, haré una fiesta en grande!
Se ríe, al hijo de puta le divierten mis palabras.
—¡Ese día no pasará!
—¿Te crees intocable?
Lo miro con demasiado veneno.
—¡Soy intocable!
Mis hombros se tensan, parpadeo.
—Algún día pagarás todo el daño que has hecho.
El nazi me mira serio, con el rostro ensombrecido.
—Espero que sufras mucho, Antón Schwartz, espero que sufras demasiado, y al mismo nivel que hiciste sufrir a muchos judíos, y a las personas.
Observo como los músculos de su mandíbula se tensan, y su mirada se endurece.
—Tarde o temprano, pagarás con los tuyos todo el daño que haces.
—¿Es una amenaza?
—Tómalo como quieras —dije, con tanto odio que sentía que me explotaría el pecho.
Antón me miro…
—¡Eres un peligro para mi familia!
—Sobre todo, para ti, porque te volveré loco y te destruiré, y caminaré sobre tus ruinas, y escupiré sobre tu tumba —sentencié, y me marché.
Todo ese veneno contenido me había hecho sentir bien, incluso, majestuosa ante aquella osadía e insolencia ante un capitán de la SS.
Sin embargo, ninguna palabra dicha queda sin castigo. Una hora más tarde, estaba encerrada en un calabozo secreto que tenia la casa con el argumento valido de que soy una amenaza para su hijo, y tiene razón, me convertiría en una amenaza inclusive para él.
Si en este juego hubiera un ganador, ese seria yo.
***********
Notita: Los leo en comentarios