09. La trampa 🕯️

1738 Palabras
Dos semanas. Eso es lo que había transcurrido desde mi conversación con ese demonio. Partiendo de esa conversación, pude percibir como mi libertad se veía reprimida. Ahora, no tenia acceso a salir de la casa al menos con el mero permiso de él, o esa fue la instrucción que me dio Katrina después de varias discusiones que tuvo con él para abogar por mi libertad. Por lo menos, tenia a Albert, que todos los días me acompañaba en la cocina, o en cualquier espacio donde estuviera haciendo algo en la casa. Además, de ser mi cuentista favorito ya que siempre se inventaba historias y duraba largos rato en silencio escribiendo hasta que al terminar me las comentaba. Mi reacción siempre era con una sonrisa inmensa antes sus ocurrencias, y esa sonrisa tierna que me derretía el corazón. Al verlo, la imagen de mi hijo se situaba en él, y eso me hacia poner demasiado triste, incluso, al borde de la desesperación al tener en mi mente ese suceso tan espantoso como es la muerte del ser que amas con toda tu alma. Mi hijo no tenia la culpa de nada, ni mucho menos de ser descendiente de los judíos, en lo absoluto, la vida era considerada basura en manos de este alemán, y ahora, estaba yo, aquí, encerrada y a merced de un alemán espantoso que lo detestaba con todas mis fuerzas. Mi única salida era acostarme con él, y el hecho de pensarlo me asqueaba, me proporcionaba un intenso dolor estomacal que desembocaba en nauseas y luego, vomito. Para mí, ese era Antón Schwarz: un asqueroso manipulador que se aprovechaba de su posición de autoridad para hacer lo que quiera. Obvio, ¿Cómo no se iba acordar de mí? Claro que lo hizo, de hecho, desde el primer día en que me vio tocando el piano supo quien era, por eso me investigo. En mi mente recorre la posibilidad de que Katrina haya participado en esta reclusión, aunque me niego a pensar en que la dulce muchacha tenga un corazón tan oscuro como el de su hermano, sin embargo, para mi concepción, no dejaba de ser una alemana, y ellos eran despreciable ya de por sí. Al final de todo, me había mentido sobre la profesión de su hermano. ¿Por qué no me seguiría mintiendo? La cuestión es que estoy atrapada en esta casa, y con personas que estoy comenzando a dudar de su integridad como lo es Katrina, porque del hombre que me dejo prisionera no tengo la mínima duda de que lo odio con todas mis fuerzas, con toda mi alma y con toda mi mente. El simple hecho de imaginar a Antón Schwartz es sinónimo de una maldición segura. Al único que le tengo un cariño profundo y por su condición de niño, es a Albert, que haría cualquier cosa por él, por su cariño, por su amor. Lo adoro, lo amo demasiado, como si fuera mi propio hijo. Lastimosamente, es hijo de ese demonio infernal, a que le llama padre con una carita de ternura y confianza. Si supiera… si tan solo tuviera una idea de lo que en realidad es su padre. Del monstruo que se esconde tras esos ojos verdes ambas. Esos labios carnosos encantadores, y esa nariz perfilada. Tras una sonrisa letal que pudiera derretir a todas las mujeres de Berlín, se esconde una bestia de las profundidades del Hade. Sin mencionar que Antón es fuerte, vigoroso, grande, capaz de dominar con sus fuertes brazos a cualquier persona, y con esas piernas de propiciar una buena patada. ¿A cuántos judíos habrá golpeado? ¿a cuantas mujeres les habrá hecho daño con sus botas negras impecables y esas piernas firmes y fuertes? ¿a cuantas habrá abusado sexualmente? Dios… me daban nauseas en solo pensar ser una mas que le dio placer a un nazi para sobrevivir, de seguro, debe haber muchas mujeres judías, gitanas o de todos los países que tiene posesión, pensando en salir de un infierno. Al instante, se me llenaron los ojos de lágrimas y miré al cielo con aflicción. ¿Por qué Yahveh? ¿no se cansaba de hacernos sufrir? Respiré hondo. Bajé las escaleras para ir a la cocina para preparar el almuerzo, ya que la casa estaba impecable. Mi dedicación diaria mantenía la casa perfecta, y la comida a la hora. Limpiaba cada rincón de la vivienda siempre pensando en buscar una manera de salir de aquí, no obstante, la voz ronca de Antón venia a mi mente amenazándome, congelándome de miedo, entonces, desistía de la idea. Caminé a la cocina con la esperanza de no encontrarme al militar. Desde que me encerró en esta prisión, había evitado por todos los medios encontrarlo, y agradecía a Dios que siempre estaba ocupado. Su mayor tiempo estaba en el despacho, y cuando sabia que el demonio estaba allí, ni me acercaba, por mí, que se le caiga el techo encima y toda la casa si es posible. Asimismo, casi pego un respingo cuando me encuentro a Katrina mirando por la ventana con suma atención. Lleva un vestido azul ceñido a su silueta y el cabello con dos trenzas gruesas que le hacía lucir como una muñeca de porcelana. Sus ojos verdes rápidamente cayeron en mi presencia, y con esa sonrisa tierna que ahora desconfiaba y dudaba me saludó, estirando su mano para tomarme de la muñeca con la intención de que me asomara en la ventana. —¿Lo ves? —consulta. La miro confundida. —¿Qué? —Nuestro jardinero. Fijo mi vista en el chico castaño, pálido, que está cortando el césped crecido. —¿Qué hay con él? —inquiero, alzando una ceja. —¡Es guapo! —sonríe de medio lado —. ¿No crees? Vuelvo a mirar al muchacho que sigue cortando el césped, sin imaginarse que la hermana del capitán Schwartz le observa desde la ventana. —Si —digo, sin darle importancia. Me alejo de la ventana con desanimo y busco una taza para preparar el almuerzo. Katrina se me queda mirando, apoyándose de la encimera y me mira… —¡No estas bien! —me dice, mordiéndose el interior de la mejilla. Le dedico una mirada cansada y una sonrisa forzada. —¡Estoy bien! —digo, regresando mi atención a la taza verde de plástico. —Lamento lo que mi hermano esta haciendo —alzo la vista y me encuentro con sus ojos verdes, los mismos que tiene Antón, y por alguna razón, odio esa mirada, ese color. —¡Yo lamento haber venido aquí! —espeto, sin mirarla. La boca de Katrina forma un ovalo y su rostro es de sorpresa por mi respuesta. —Jimin, mi intención nunca fue… La fulmino con la mirada y Katrina guarda silencio al ver la amargura reflejada en mis ojos. —¡Me mentiste cuando te pregunte sobre tu hermano! —le reprocho —. ¿Quisiera saber… por qué? Los ojos tiernos de Katrina se han humedecidos, y ahora ella ha palidecido al igual que un muerto. Me mira… pero no se atreve a decir nada. —¿Somos amigas? —pregunto, con los ojos entrecerrados, a punto de brotarle lágrimas. Katrina sigue mirándome en un silencio que me molesta. —¿Sabes por que tu hermano me tiene encerrada? —confronto, quiero saber hasta que punto sabe la verdad o por lo menos que le ha dicho su hermano. Sin embargo, Katrina sigue sin moverse, parece haberse quedado de piedra, y ese silencio me hace pensar que sabe mas de lo que aparenta —. ¡Responde, maldita sea! La frustración de sentirme engañada hace que mi mano golpee la encimera con rabia, con tanta fuerza que Katrina pega un respingo. De inmediato, soy consciente de que su rostro de porcelana se ha puesto rojo y sus ojos se han humedecidos. —¿Sabias quien era yo cuando me conociste? Entonces, mi corazón se paraliza cuando Katrina asiente. Oh Dios, no respiro, no logro respirar. Un nudo se me ha atorado en la garganta de tal forma que me imposibilita hablar o emitir así sea un gruñido. La miro decepcionada, con las lágrimas cayendo por todas mis mejillas. —Pensé que eras mi amiga… —dije, en un tono débil. Katrina cerró los ojos con fuerza y una lágrima salió de sus adorables y bellos ojos verdes. —¡Todo es muy complejo, Jimin! Niego con la cabeza cuando la adorable muñeca de porcelana trata de acercarse. —¡Me mentiste! ¡siempre me mentiste! —escupo. —¡No es cierto! No todo fue mentira. La miro enfurruñada. —¡Toda tú eres una mentira! —le grito —. Pensé que podía confiar en ti. Katrina suspira dolorosamente, y sus hombros se les ponen rígidos. —Se que te sientes engañada, pero… yo… no estuve de acuerdo con esto. —¿Con esto?... ¿de qué se trata esto? Ella avanza, yo retrocedo. —¡No te acerques! —señalé con el dedo índice —. ¡Me contrataste sabiendo que era judía! Con una expresión que no pude descifrar, Katrina baja la cabeza y asiente. —¡Todo fue una trampa! —grito —. ¡Una vil trampa! —miro a todos lados y de inmediato sé que debo salir de esta casa —. Debo salir de aquí. Camino angustiada para salir de la cocina cuando escucho su voz suave como de costumbre, melancólica. —¡No puedes! Mi cuerpo se congela ante ese: ¡No puedes! Y volteo a mirarla con lágrimas en los ojos. —Katrina… por favor… ¡ayúdame! Ella, al igual que yo, esta llorando. Se tapa la boca y ahoga el llanto agachando la mirada como si le avergonzara lo que hizo. —Katrina… por favor, déjame ir. Sigue con su mano enguantada tapando la boca y con sus ojos enrojecidos y mojados me mira. —¡No puedo! Siento que mi corazón se cae a pedazos. Las nauseas regresan y las ganas de vomitar se apoderan de mi garganta. —¿Me hacen esto porque soy judía? Katrina se voltea, y ladea la cabeza hacia arriba. —Antón te hace esto por venganza. —¿Venganza? —pregunto —. ¿Qué? Ella se voltea, secándose las lágrimas y me dice: —Él te hizo esto… ******* Notita: Diganme si le esta gustando.
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