08. El juego 🕯️

3071 Palabras
Nunca debí pasar. Mejor me era salir corriendo y desaparecer por siempre. Inspiré hondo, sorbiendo los mocos cuando entro al despacho. Percibo que él esta sentado al otro lado de la silla limpiando su arma. El cuerpo se me estremece y la sensación de volver a revivir el disparo regresa a mi mente dejándome aturdida. —¡Cierra la puerta! —indica, sin mirarme Parpadeo, el corazón me sube a la garganta ahogándome, y el temblor se apodera de mí como si tuviera Parkinson. Difícil fue para mi cerrar la puerta sin huir corriendo. —¡Siéntate! —me señala la silla de enfrente. Enseguida, mis ojos evidentemente enrojecidos miran aquel asiento como una invitación a un abismo letal. Inhalo aire. Prosigo a sentarme tratando de evitar mi temblor. Automáticamente, bajo la cabeza, mirarlo, seria darle cara al diablo, y por mas que sea una mujer fuerte en estos momentos hacer frente a mi peor enemigo es tormentoso, y mas si no estaba preparada. El peso de su mirada cae en mí, y aquel silencio incomodo me hace dudar si las cosas marchan bien. Estira su mano hacia uno de los cajones de su escritorio y saca dos cosas: unos sobres envueltos en un lazo verde y un sobre gigante blanco que lo pone sobre la mesa. Alzo mi mirada observando aquellos dos sobres y supuse que sería el dinero que me debían. —Mi hermana esta muy contenta contigo —dice, colocando el arma en la mesa. Mi vista cae en la pistola y siento desmayarme. —¡Eso me alegra, señor! —respondo, sin mirarlo. —Me ha dicho que quieres marcharte —suspira él, mirándome, estoy segura que me está mirando. —¡Así es señor! —afirmo. —¿Por qué? —su pregunta me congela. Carraspeo antes de hablar, siento un montón de cosas en la garganta. —Por lo de anoche —admito, aunque esa no es la causa principal, es solo una parte. —Mmmm, ya —dijo, levantándose del asiento —. Ya me he encargado de eso, no tienes que preocuparte. Cierro los ojos y aclaro mi mente, tengo mi objetivo firme, debo marcharme de esa casa si porque sí. —Igual, quisiera retirarme, señor. Me mira… y quisiera saber en estos momentos lo que está pensando. —Ella me ha rogado que le pague muy bien —rompió el silencio. No se que decir a eso, Katrina es un amor. —Puede pagarme lo que usted considere por mi trabajo —respondo. —He considerado que ha hecho un buen trabajo —dice —. Se ganó la confianza de mi hermana en tan poco tiempo y a su vez el cariño de mi hijo, es majestuoso lo que hace. Trago saliva. —Gracias por su halago, señor. Insisto, puede pagarme lo que usted considere justo y correcto. El esbirro se queda callado un largo rato, tanto tiempo que me da miedo. —Quiero que se quede —espeta. Agrando los ojos y levanto la cabeza, no me esperaba eso… —¿Qué? —Quiero que se quede. El corazón me late tan fuerte que me voy a infartar. —Señor, con su debido respeto, no puedo quedarme, lo siento mucho. Otra vez me mira con tanta intensidad que me siento obligada a agachar la cabeza. —¿Me tiene miedo, señorita? Abro mucho los ojos. —¿Qué? —trago saliva, mi corazón dan señales de alarmas por lo rápido que esta. —¿Me tiene miedo? —volvió a preguntar, mirándome, escudriñándome, examinándome. Me pongo de pie, y me llevo la mano al corazón para poder controlarlo o se me saldrá del pecho. Alzo un poco la cabeza y miento al decirle: —No. La comisura de sus labios carnosos se ensancha. —Miente fatal señorita. Oh Dios, Oh Dios. Da un paso hacia mí, y el miedo me deja de piedra. —¿Acaso cree que soy idiota? Retrocedo. Su imponente presencia me causa pavor. —¡No! ¡Por supuesto que no! —¿Entonces, porque me miente? Sigue avanzando, yo, retrocedo. —¿En que le he mentido, señor? —En que no me tiene miedo —afirma Retrocedo hasta no poder más, hasta que siento la pared detrás de mí. —¿Acaso no veo las señales de su cuerpo? —no se si tomármelo como una pregunta o afirmación cuando queda a poca distancia de mí cuerpo, de mi cara —. Veo como tiemblas cada vez que me acerco. Como se sonroja. Como su respiración se sale de control. Agrando los ojos y maldigo en mi interior no poder salir corriendo de allí. ¡Estoy atrapada! Ante su cuerpo grande, fuerte, varonil. —Yo… yo —soy consciente de que mi respiración esta fuera de sí, al igual que mi corazón, me frustra lo evidente que soy al temblar, justamente, las piernas están que se me derriten como gelatina —. Necesito irme, señor. —Yo también necesito algo de usted —musita, mirándome los labios. Arrugo las cejas. Inspiro hondo. Siento que me voy a desmayar. Sin embargo, sigo manteniéndome en pie, a pesar de estar mareada. —¿En que lo puedo ayudar? —pregunto Se lame los labios, y se los muerde. —Necesito que se quede. Lo miro directo a los ojos y percibo su aliento a menta, su olor a perfume caro, e incluso, su respiración también agitada. Aclaro mi garganta. —No puedo quedarme —susurro, sin aparta mis ojos de los suyos. —¿Ah?, ¿no? —acorta mas la distancia, al punto de que estoy segura que si quisiera pudiera besarme. Trago saliva. —¿Por qué no puede quedarse? Se me sale una lágrima; quiero que se aparte de mí, que deje de contaminar mi aire con el suyo y de invadir mi espacio personal. —Es… es… —tartamudeo, y me limito a hablar. El nazi pega su nariz con la mía y tengo que cerrar mis ojos para soportarlo. —Dígame… Hábleme lo que tiene en su mente —susurra, colocando sus labios en los míos, rozándolos de una manera peligrosa Los percibo suaves, carnosos, mojados y eso me marea más. —¡Es peligroso! —suelto, aturdida, sin ser consciente de mi respuesta no pensada. Él esboza una sonrisa, su cara esta pegada a la mía, acariciando mi nariz con la suya. —¿Peligroso para ti o para mí? —pregunta. Tengo los ojos cerrados, solo siento sus caricias de infierno y su aliento al hablarme. Además, sus labios siguen rozando los míos de una forma tan deliciosa que me acalora el cuerpo. No puedo ni pensar, parece que solo su toque ha bloqueado mi memoria, y toda parte racional de mi mente. —Debo irme —insisto —¡Quiero besarte! —sigue moviendo su nariz, rozando mis labios —. Desde el primer momento en que te vi tocando el piano, he soñado por besarte. Abro los ojos y veo que él tiene sus ojos cerrados. Entonces, lo empujo. —¡Yo no quiero que me bese! Antón Schwarz retrocede, riéndose, mordiéndose los labios, como si todo esto fuera un juego, un teatro de diversión. —¿Segura? Se te veía acalorada con mis caricias —dijo Lo mire enfadada. El temor había sido reemplazado por la valentía. No podía darle placer a este hombre, mucho menos después de lo que le hizo a mi esposo. —¡Renuncio! —espeto, caminado a la puerta. —¡Si fuera tú, no haría eso! —escupe, tan cortante que me paralizo. Respiro hondo, y lo miro. Antón se acerca al escritorio y recoge la manada de sobres y me los lanza. Lo miro con cautela. —¿Qué es? Enarca una ceja. Apoyándose del escritorio. —Recógelo y ábrelo. Trago saliva. Me agacho sin apartar la mirada del esbirro y recojo el manojo de sobre. Quito del cordón que lo amarra y cuando los tengo separados, me atrevo a abrir una. Le doy una mirada rápida antes. —¡Por favor, léala! El corazón me da un revuelo y ha vuelto a latir con demasiada fuerza. Abro el sobre, y me doy cuenta de que se trata de una carta de Katrina a su hermano donde le expone que ha contratado a alguien para ayudarla en la casa. Lo miro, y siento que voy a vomitar. —Puede leer todas las cartas si gusta. —¿Por qué me hace esto? Esboza una sonrisita de suficiencia, dejando ver todos sus dientes blanquecinos. —Para que vea que no soy idiota, y que no dejo que ninguna desconocida entre a mi casa sin antes ser investigada. Oh no, oh, no. Me mareo, siento que me voy a caer al suelo. Apoyo una mano en la pared para no caerme. Antón alarga su brazo hacia el otro sobre que tiene encima del escritorio y lo lanza en el suelo. —Klara… ¿es tu verdadero nombre? 0 ¿Jimin? ¿Cómo quieres que te llame? Voy a vomitar… ahora todo es borroso para mí. —Tu tatarabuelo llegó a Berlín y naciste aquí, bueno, sigues siendo judía al final de todo —dijo —. Te desempeñas muy bien en la música, el baile —alza una ceja y me doy cuenta que este hombre lo sabe todo de mí. Entonces, Prosiguió —. Te casaste a los 18 y tuviste un hijo. Oh, no, no, no, no… Busco donde vomitar, no aguanto y lo hago en el suelo. Él me mira con satisfacción y sonríe. —Aaaaassh… ¡¡Dios!! ¡¡que asco!! —murmura. Respiro hondo, las lágrimas están empezando a salir mientras estoy doblada en el suelo. Lo miro, y lo veo tomar el arma. Tiemblo… —¿¡¡Me vas a matar!!?—me alarmo Sus ojos verdes están fijos en el arma. —Puede ser… Miro el vómito, y cierro los ojos. Enseguida, estallo en llanto. —¡Nuca debiste entrar en esta casa! —él dice —. Ahora, no saldrás así de fácil. Sollozo… voy a morir… este esbirro terminara con su trabajo. Otra judía mas muerta a manos de un alemán. —Imagina… un disparo puede acabar con tu linda carita —espeta, caminando hacia mí. Lloro, arrodillada. —¡Mírame a la cara! Sigo llorando en el mismo lugar. Antón, me toma del brazo con violencia y me levanta de un solo jalón hasta pegarme a todo su cuerpo. Mis ojos están llenos de lagrimas y él coloca el arma en mi frente. —Puedo matarte tan fácilmente —susurra, acariciando mi rostro con la punta de su arma —. Tienes un rostro muy lindo, demasiado diría yo —el arma bajó a mi boca, acariciando mis labios —. Y tienes unos labios tentadores, incluso para mí. Suelto un llanto mientras más lágrimas salen. El hombre me esta mirando y su mano me libera de su violento agarre para acariciar mi rostro y secar mis lágrimas. —¡¡Dios, eres hermosa!! No digo nada. Sigo siendo la presa del pánico. Me mira el cuerpo y pienso que me va a violar. Que tomará su autoridad de soldado y me tocará a la fuerza. —¡Desvístete! —ordena Entro mas en el horror. Prefiero que me mate antes de entregarme a él. No hago ningún movimiento para quitarme en vestido. —¡DESVITETE! —grita. Pego un respingo y comienzo a quitarme el vestido con desesperación. Bajo mis mangas, luego, deslizo el cierre y me despojo de la seda que me cubría, quedando expuesta ante ese demonio. Antón me mira con deseo, lo puedo ver en sus ojos, en la forma en que lame sus labios, y en como abre y cierra sus puños. ¿Me va a golpear? ¿va abusarme? Sigo llorando, y mis manos por inercia buscan tapar mis pechos de su vista. —¡Quítate todo! —ordena. Entonces, quito lo que me queda de ropa hasta quedar completamente desnuda ante él. Su gesto es lascivo, de satisfacción. —No puedo negar que eres hermosa —dice, mirándome. Respiro hondo, llena de rabia, de tanta ira por tal humillación. —Podrás tener mi cuerpo, pero jamás mi corazón. Antón levanta una ceja. Acorta la distancia entre nosotros sin apartar aquellos ojos verdes traviesos de mi cuerpo. —¿¡De que me sirve tu corazón!? Si me gusta lo que veo —eso ultimo lo dijo entornando la vista hacia mi desnudez. Ahogo un grito. Solo respiro hondo, ya sé lo que pasará en este despacho. —¿Me va a violar? —pregunto, mirándolo a los ojos. Él se queda callado y vuelve a lanzar una mirada a mi cuerpo. —Ese término es horrible. Prefiero el termino: hacer el amor. —Lo que piensa hacer conmigo no es hacer el amor, es violación. Las dos cejas del hombre se levantan. —¿Sabes que te muestras insolente? —Prefiero que me mate —espeto. Me mira sorprendido. —¿No quieres vivir? —¡Ya mató a mi familia! Termine su trabajo —desafío. —Cumplía con mi deber. —¿Su deber es matar gente inocente? —¡No discutiré eso con una asquerosa judía! —Si le parezco tan asquerosa… ¿Por qué quiere besarme? Otra vez me esta mirando en un silencio ensordecedor. —No solo quiero besarte, quiero comerte entera. Me estremezco ante su comentario. —¡Máteme! ¡prefiero morir que entregarme a usted! Antón pone los ojos en blancos y se aparta de mí, dejando su arma en el escritorio. —¡Máteme! —le reto. —Si te mato, Katrina nunca me lo perdonaría. Me siento tensa, rígida ante toda la situación. Una vez más estoy aturdida. —Katrina te quiere, y me ha pedido que no te deje ir. Además, yo tampoco quiero que te vayas. —¿Por qué? —grito, sollozando. —Porque me gusta este juego —dice, sonriendo, mirándome el cuerpo. Retrocedo, buscando mi vestido para tapar mis atributos expuestos. —¿Qué juego? —pregunto, vistiéndome con prisa. —Al de caer en la tentación. Miro a Antón, sus ojos verdes intensos de un color ámbar me escudriñan con fascinación. —¿Qué está diciendo? —Sencillo —se acerca a mí, y todo mi cuerpo se tensa —. Uno de los dos o los dos, sucumbiremos al deseo. O sea, haremos el amor. Agrando los ojos. —¡Nunca! —Entonces, nunca te podrás ir de esta casa. —¡Lo odio! —le grito, con los ojos ardientes. Llenos de lágrimas. Él no dice nada, me mira solamente. —¡Yo también la odio! —se acerca a mí en zancadas tan grandes que logra tomarme de los brazos y erguirme con un solo movimiento —. La odio tanto por provocarme. Por despertarme el deseo. Por negarse a acabar con las ganas que le tengo. Antón me mira los labios y no puede evitar besarme. Lo hace, me besa con furia, con odio, como si fuera de su propiedad. La voracidad con la que mueve su lengua y sus brazos fuerte en la que envuelve mi cuerpo me causan repulsión, por ende, le muerdo la lengua. Se aparta de mí, adolorido. Sangrando. Me mira exasperado y yo dolida. —¡Lo detesto! —grito. —¡Yo también le detesto, hija de puta! —vocifera —¡Nunca seré suya! La seriedad de su rostro me da miedo. —Entonces, nunca saldrás de esta casa —se acerca una vez mas con una violencia que me obliga a retroceder —. Y si huyes, o llegas a escaparte, te juro que moveré cielo y tierra para encontrarte. Y ya ves lo fácil que es encontrarte. Lo miro con odio, con repulsión. —Cuidado capitán Schwarz, no caiga en las trampas de su propio juego. Sonríe de medio lado. —¿Hay trampas? —Se quedará con las ganas. —Puedo tomarte ahora mismo si quisiera —gruñó, arrinconándome nuevamente en la pared —. Te haría gritar mi nombre una y otra vez. —Y yo lo mataría. —¿Es un trato?—inquirió divertido, suavizando el tono de su voz. —¿Qué? —Si la tomo a la fuerza, le doy la potestad de que acabe conmigo de la manera que usted quiera, pero, si se entrega a mí voluntariamente, estará libre para irse a salvo. —¡Nunca! —Esa es la regla del juego. Solo sexo. Solo placer. Solo matar las ganas. Ni tú te enamorarías de un hombre como yo, ni yo de una mujer como tú. ¡Somos diferentes!... Otra lágrima sale y lo empujo. Antón suelta una carcajada, y mirada divertida me dice: —Ya lo sabes, Jimin. Si te escapas o te vas incumpliendo el trato, te juro, que iría hasta el mismísimo infierno y te traería de vuelta. —¿Me matará? La sonrisa guasona permaneció en sus labios. —No me gusta el termino de matar para ti. El de convertirte en mi esclava suena mucho mejor. Lo miro con odio, caminando hacia la puerta y antes de girar el pomo escucho su voz ronca, suave, divertida, llena de suficiencia. —¡Ya lo sabes!... ¡ya sabes lo que tienes que hacer si quieres salir ilesa de aquí! De otro modo, si incumples las reglas, lastimosamente, tendré que tomar medidas —apartó sus ojos de mí —. ¡Feliz día, judía! ¡retírate! Le lancé una mirada de odio, aunque él no me miró y cerré la puerta de un portazo. Katrina me estaba esperando afuera, sentada en el mueble de la sala y al verme se puso de pie de un salto. Tenia los ojos humedecidos, y rojos, entonces, supe que había llorado. Había llorado por mí, para que no me fuera. —¿Te vas? —dijo, arrastrando las palabras. El corazón me dio un vuelco. Ella era tan linda, tan amorosa, tan humilde, tan cariñosa que lastimarle el corazón me dolía. Tan diferente era de su hermano, que verdaderamente era un monstruo por dentro y por fuera, un sanguinario de lo peor. Se me salió unas lágrimas cuando dije: —Me quedo. ******** Notita: Dejen sus comentarios
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR