Mi bella esposa, mi guerrera

1338 Palabras

ALESSANDRO La vi vomitar en silencio, con la espalda ligeramente encorvada, los dedos crispados contra sus propias rodillas, y el cabello rojo cayéndole como un maldito velo carmesí. Y sonreí. Sonreí de medio lado, sin burlarme, sin juicio, sin pena. Porque eso no era debilidad. No, joder, no en ella. Eso era lo que pasaba cuando tu mente finalmente se conectaba con lo que hiciste. Cuando el alma trataba de asimilar que tocaste el infierno… y que no solo no saliste quemado, sino que te gustó el calor. Elena no lloró. No gritó. No se desmoronó en un rincón. Solo lo sacó. Lo escupió. Lo dejó ir. Pero cuando se giró, sus piernas flaquearon. Fue apenas un segundo. El tiempo suficiente para que yo cruzara la distancia y la tomara por la cintura antes de que su cuerpo tocara el suelo. —T

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