ALESSANDRO A veces, la traición no llega de los enemigos, sino de quienes se sientan a tu mesa. Marcello cerró la puerta tras de sí y encendió el cigarro que solo fuma cuando algo le huele a mierda. Me senté frente al mapa extendido sobre la mesa del despacho, y supe que no me iba a gustar lo que estaba por soltar. —Tres movimientos inconsistentes esta semana —dijo, sin rodeos—. Dos rutas interceptadas, una emboscada casi perfecta. O hay un topo muy cerca... o hay varios. No respondí de inmediato. Me recosté en la silla y pasé las manos por el rostro. Había sentido el olor. Ese hedor a traición que se mete en los huesos y te jode el sueño. —Lo peor de todo —continuó Marcello—, es que uno de los nombres que se repiten en todos los informes... es hombre tuyo. Lo miré. No con sorpresa,

