ALESSANDRO El portazo de Marcos fue lo único que escuché antes de perder el control. Había esperado semanas. Semanas de verla caminar por la casa con esa maldita bata suelta, con esas piernas cada vez más firmes, con esa boca tentándome cada vez que se reía, cada vez que discutía, cada vez que respiraba cerca de mí. Y ahora, el muy cabrón del médico finalmente dijo las palabras mágicas: “Está dada de alta. Puede retomar su vida con normalidad.” ¿Normalidad? Como si lo que yo iba a hacerle fuera algo normal. Ni siquiera la dejé despedirse. Cerré la puerta del cuarto con una mano y la empotré contra ella con la otra. La miré. Sus ojos se abrieron con esa mezcla perfecta de sorpresa y deseo. Y no le di tiempo a decir nada. —Ni una palabra, Elena —gruñí contra su boca—. Ni una jodida pal

