ALESSANDRO Las semanas siguientes fueron una combinación letal de deseo contenido, entrenamiento, y estrategias mentales que ardían en mi cabeza como cuchillas rotando en círculos. Me dividí entre ser maestro, enfermero, padre… y depredador a la espera de su presa. Cada mañana empezaba con la rutina de rehabilitación de Elena. La ayudaba a estirar, a moverse, a resistir el dolor. Pero no era solo su cuerpo el que entrenábamos… también su mente. Le explicaba cosas técnicas: cómo se desarma un arma con una sola mano, cómo leer una habitación en segundos, cómo detectar intenciones en una mirada. Y Elena… joder, Elena era una esponja. Preguntaba todo. Cada concepto, cada movimiento, cada pequeño detalle que yo creía irrelevante… para ella era vital. Y esa maldita curiosidad suya me tenía co

