ALESSANDRO Cuando Elena salió del probador, sentí que el mundo se detenía. Mis puños se cerraron al instante. Fue automático, como un reflejo primitivo que intentaba contener toda la violencia que me provocaba ese maldito vestido. Rojo. Jodidamente rojo. Como su cabello. Como su boca. Como el pecado hecho tela. La prenda se aferraba a su cuerpo como si hubiera sido diseñada para arruinarme. El escote era obsceno sin ser vulgar. La cintura ajustada, la caída de la falda que marcaba sus caderas como si supiera exactamente lo que quería mostrar y lo que necesitaba esconder. Era un vestido, sí. Pero también era una amenaza. Una declaración de guerra. Y yo... ya estaba sangrando. Siete meses. Siete putos meses desde aquella noche en Rusia. Una habitación de hotel, el frío tras las v

