ALESSANDRO La noche siguiente, Tiflis estaba en silencio, pero no en calma. El tipo de silencio que huele a trampa. A sangre fresca. A muerte anunciada. Santino y yo nos acercamos al edificio con fachada de cooperativa cultural. Tres pisos, luces intermitentes, y un cartel pintado a mano que rezaba “Fundación para el Arte Contemporáneo del Cáucaso.” Patrañas. Era una cloaca maquillada. El olor a whisky barato, sudor rancio y pólvora flotaba en el aire como niebla tóxica. Nos dividimos. Él tomó la parte trasera. Yo, la frontal. Un punto ciego que habíamos detectado la noche anterior: el almacén de suministros. Apenas había un guardia. Un mocoso flaco con cara de que aún vivía con su madre. No le di oportunidad de pensar. Silencio. Precisión. El cuchillo entró por el cuello y salió lim

