ALESSANDRO No podía quedarme quieto. No quería ver a nadie. Y no podía ni mirar a Elena sin sentir la culpa quemándome por dentro. Así que me encerré en el maldito gimnasio subterráneo. Bajé sin decir nada, sin saludar. Me quité la camisa y comencé a golpear el saco de boxeo con todo lo que tenía. Puñetazos secos, directos, sin guantes. El cuero del saco se teñía de rojo por mis nudillos abiertos, pero no me importaba. Necesitaba sangrar. Necesitaba sacar el veneno de otra forma. —¿Y si te rompes la mano, idiota? —escuché la voz de Salvatore desde la entrada. No respondí. Solo seguí golpeando. —Vamos, Al. Golpear un saco que no responde no sirve de nada. Golpéame a mí —dijo, quitándose la camiseta con una sonrisa torcida. Lo miré. Ese cabrón sabía perfectamente lo que hacía. Siempre s

