ALESSANDRO Los monitores sonaban con una precisión maldita. Un pitido tras otro que marcaba cada latido de Faby. Estaba allí, en esa maldita camilla, conectada a máquinas, con su piel pálida y los labios resecos. Cada segundo que pasaba era una tortura. No me despegaba de su lado. No respiraba si no la veía hacerlo primero. Mi niña. Mi pequeña. Mi vida hecha carne… y ahora suspendida de un hilo invisible. Samuel había hecho lo que pudo. Con sus conocimientos improvisados sobre antídotos y toxinas, había mantenido la situación estable. Pero sus ojos hablaban más claro que sus palabras: necesitábamos a alguien más. Y rápido. Por eso mandé llamar a Marcos. Y a Zita. Porque si alguien entendía de venenos, era mi hermana. Su mente era brillante, letal y precisa. Lo que no sabía Marcos, Zita l

