Mellisa
Cuando al fin abro los ojos, me topo de frente con un señor de edad avanzada, tomando mi tensión arterial.
Me indica que me encontraron en el sanitario y que fui traída al área delantera del avión, que no me preocupe y descanse las pocas horas que faltan de vuelo.
Cierro nuevamente los ojos para seguir durmiendo, por un momento me olvido de todo y me abandono al sueño.
Varias horas después me indican que estamos por aterrizar, me acomodo en mi asiento y me preparo para el descenso.
Aterrizamos en el aeropuerto de Madrid, antes de poder poner un pie dentro del lugar, el señor de antes me da indicaciones para hacer unos estudios.
En un principio no le di mucha importancia, pensé que fue todo el estrés que sufrí durante las horas anteriores.
Sin embargo, cuando estaba por entrar a la sala de espera para el vuelo a Italia. Algo dentro de mi cabeza hizo clic.
Tome mis pocas pertenencias y abordé el primer taxi que encontré libre, pedí me llevara al hospital más cercano.
Si lo que estaba pensando era verdad, esto no cambiaba nada, desde ahora seríamos nosotros contra el mundo. Nunca permitiría que nadie le hiciera el daño que a mi me han hecho.
Sí estaba dispuesta a no volver al que considere un día mi hogar; ahora menos que nunca podía darme el lujo de sentirme mal.
Bajo del taxi pagando la cuota , entro al edificio moderno que se alza ante mis ojos, con la firme convicción de salir de dudas.
Me pasa a una consulta, unos minutos después estoy con la doctora, quien está realizando mi historial clínico.
Respondo todas sus preguntas y me indica subir a la mesa para hacerme una eco, no negare que siento sumamente nerviosa.
Esto me hubiera encantado vivirlo con él, pero ya tomó su camino, es hora de que yo empiece el mio.
Tun, Tun. Tun, Tun.
Se escucha fuerte y claro, a penas si es un pequeño cacahuate en la pantalla, pero ahí está él o ella, devolviendo el aire a mis pulmones.
Me entregan su primer imagen y salgo mas que feliz de ahí, paso a comprar los medicamentos indicados y me dirijo a donde creí no volver.
Se supone que el vive en Italia, pero la verdad es que está aquí, en Madrid. Nadie lo sabe, a excepción de mi, pues desde que se enteró que era novia de...
Bueno, lo importante es que tengo a donde llegar, antes de cualquier cosa, compro un chip nuevo y enciendo el móvil.
Le envío un mensaje que no tarda nada en responder, me manda su ubicación, no pensé que tan pronto estaría lista para empezar de nuevo.
Giancarlo
Llevo dando vueltas en nuestra habitación todo el día, tengo que encontrarla, no se puede desaparecer así, necesito explicarle, decirle la verdad.
Escucho el timbre y bajo corriendo pensando que es Melly, gran decepción, es la muy maldita de Joana, no entiende que no la quiero ver.
Estoy por dar la vuelta y regresar, cuando me toma del brazo y me jala, podré guardar silencio pero mi cara de fastidio no la puedo ocultar.
— Vete, Joana, no tienes nada que hacer aquí.
— Amor... - Me safo de su agarre tan fuerte que casi cae al suelo, se alcanza a agarrar del barandal.
— NO SOY TU AMOR, NO SOY NADA TUYO, LARGO DE MI CASA AHORA, NO QUIERO VOLVER A SABER NADA DE TI, NO SOPORTO VERTE.
No espero a que me diga nada, subo corriendo la escalera, siento la cara caliente de la rabia que me provoca tener cerca a la arpia esa.
Llego a la pieza y azoto la puerta, cierro con seguro, no quiero que nadie se me acerque.
Saco el móvil y le envío mensaje una vez más, una llamada tras otra, todas las envía a buzón.
Lo peor es que no puedo decirle nada a nadie, hasta no tener la certeza de donde esta. Melly, amor mio, te juro que jamás haría nada para lastimarte.
De repente sueña mi movil, pensando que pueda ser ella, corro a contestar, enserio que esta bruja es incansable.
— No te atrevas a colgarme Giani, tenemos que hablar.
— Tú y yo no tenemos nada de que hablar.
Sin más cuelgo la llamada, y antes de que tenga que seguir soportando sus estupideces, bloqueo su número.
Llaman a mi puerta y grito que no quiero que nadie me moleste, pero la empleada me informa que mis padres me esperan en la sala.
Maldita sea, que pretexto les voy a dar, por estar tan afanado en buscar a Melly y tratando de que esa mujer se aleje de mi, se me olvido que hoy es sábado.
Respiro profundo y me cambio por algo más decente, no me da tiempo ni de rasurarme, salgo tratando de que mi cara de angustia no se note tanto.
Llego hasta la sala y saludo a mis padres, como era de esperarse lo primero que hacen es preguntar por Melly.
— Tengo algo que decirles, no se como lo tomarán.
— Gian, habla, sabes que cuentas con nosotros en todo momento. — Es papá Dante quien me anima.
— No se ni por donde empezar. — Trato de retener mi llanto, al sentir mi voz quebrarse.
Papá Fede se acerca a mi lado y me abraza, me desahogo entre sus brazos como niño pequeño.
— ¿Qué pasa mi amor? Aquí estamos para ti, confía en nosotros.
Tardo unos minutos en reponerme, me he vuelto una nada, mi padre me abraza a su pecho con más fuerza.
— Ayer después del discurso... Cuando Joana llego las copas para brindar... Ella... Ella puso algo en mi bebida... No se como, pero terminé... No se como decirlo, me sentó impotente ante esto... Ella... Yo...
— ¿Ustedes que Gian?
— Amanecí con ella en la habitación que había reservado para Melly y yo, no recuerdo que carajos paso, ella asegura que pasó de todo, pero saliendo del hotel fui a hacerme unos estudios, la droga que encontraron es más un somnifero que otra cosa. Aunque eso no descarta que... Haya podido pasar. Lo peor del caso es que Mellisa nos vio en esa habitación, no me dio ni tiempo para defenderme, cuando llegué esta mañana a casa ella ya no estaba. Me dejó una carta y las alianzas, tengo que encontrarla papá, tengo que explicarle lo que en realidad paso.
Suelto todo de una, no doy tiempo a que me puedan decir algo, levanto la cara y en sus rostros solo veo preocupación.
— Debemos hablar con Sam y Adali.
— ¡No! Ella no quiere que sus padres se enteren, lo dejo escrito en la carta.
— ¿Y que se supone que les dirás cuando te pregunten por su hija?
— No sé, no sé, pero por lo menos tengo que respetar lo que me pidió. Hasta que sepa donde esta, Sam no puede saber nada.
— ¿Qué es lo que no puedo saber?
La sangre abandona el rostro de los tres, nos volteamos a ver, pero nadie dice nada. No esperaba la visita de mis suegros hoy.
Adali se acerca a mi y me saluda con dos besos en las mejillas, continúa con mis padres y toma asiento.
El brazo de Sam pasa sobre mis hombros, de inmediato me tenso. ¿Cómo les diré que su hija se fue por mi culpa?
— ¿Y bien?..