La casa estaba en silencio. No un silencio incómodo. No uno tenso. Un silencio… ordenado. De esos que siempre le habían gustado. De esos que antes le daban paz. Valeria cerró la puerta tras de sí con suavidad, dejando el bolso sobre la silla sin mirar siquiera dónde caía. El sonido fue mínimo, casi inexistente. Como si hasta los objetos supieran que no era momento de hacer ruido. Caminó unos pasos hacia el dormitorio. Lentos. Arrastrados. No por cansancio físico, sino por algo más denso, más invisible… más difícil de sostener. Se detuvo en mitad de la habitación. Y ahí, sin previo aviso, lo notó. Ese nudo. Ese que no estaba en la garganta. Ni en el pecho. Sino en algún lugar intermedio donde las emociones se mezclan hasta volverse irreconocibles. Frunció ligeramente el ce

