Quisiera decir que me sorprendió llegar a casa y encontrarla decorada con pétalos de rosa, velas y adornos que Adrián sabía que me encantaban. Pero la verdad es que no sentí un nudo en el estómago… o mejor dicho, sentí una piedra cayendo sobre mi cabeza, esa espada de Damocles que creía que no volvería a aparecer y que regresaba de una manera aún más certera.
Adrián me esperaba con una sonrisa inocente, como si lo de la noche anterior no hubiera pasado, como si hubiera corrido un tupido velo sobre la falta de conexión que habíamos tenido en nuestro aniversario.
Y allí estaba yo, con mi maleta de planos, mi gabardina en la mano, abriendo la puerta y encontrando aquella sorpresa que él había preparado con tanto esmero durante todo el día.
Me acerqué. Me abrazó. Me besó intentando reconectar conmigo. Y la verdad… por un momento me sentí en las nubes. Lo abracé y pensé que había valido la pena todo lo que había pasado hasta ese momento para tener a Adrián como siempre lo había soñado.
Me dejé llevar por ese sentimiento hasta que nos tumbamos en el sofá, con dos copas de cava frías esperándonos en la mesita.
Cuando se separó de mí, me miró, sonrió y dijo:
—Valeria, creo que este es el mejor momento que podemos tener para nosotros. Es hora de que pensemos en el siguiente paso.
Me quedé desconcertada. No sabía a qué se refería.
—Adrián, creo que ya hemos dado muchos pasos juntos. Me alegra que quieras estar más cerca de mí, pero no entiendo a qué te refieres.
—Lo de anoche podría haber salido mejor si me hubieras dicho que teníamos que llegar juntos al restaurante —respondió—. No me vuelvas a dejar fuera de tus planes. No me parece justo.
Lo miré sin comprender.
—Pero… era una sorpresa que quería hacerte.
—La mejor sorpresa que puedo recibir de ti es despertar contigo todas las mañanas.
No entendía cómo ese hombre, que ni siquiera me daba los buenos días al despertar, podía expresar tanto sentimiento en momentos tan puntuales. Era como si, justo cuando yo estaba a punto de dar un paso, él lo presintiera y se aferrara a mí como si fuera su tabla de salvación.
—Es el momento —continuó—. Espero que tú también quieras darlo conmigo… tener un hijo.
Me sentí nuevamente la villana de nuestra historia de amor. ¿Estaba tan equivocada al pensar que el amor debía ser algo más que cumplir con lo que los demás esperan de nosotros?
Adrián siguió hablando mientras yo lo escuchaba a medias.
—Mis padres me preguntan cuándo vamos a darles un nieto, cuándo vamos a avanzar con nuestras vidas. Sé que tus proyectos ocupan mucho tiempo, pero juntos podemos hacerlo. Haré todo lo posible por ayudarte.
Había sinceridad en su voz… o al menos quería creer que la había. Sin embargo, una alarma se encendió dentro de mí.
No dije nada. Lo abracé.
—Las cosas llegarán cuando tengan que llegar —respondí.
Me miró sorprendido, como si no esperara esa respuesta. Y yo pensaba: hace diez minutos creía que ibas a pedirme el divorcio, y ahora estás hablando de tener hijos. Hay algo que no estoy entendiendo.
Pero esas palabras murieron en mis labios. No fui capaz de romper aquel momento mágico. Lo había esperado tanto, había deseado tanto que él me mirara así, que preferí callar.
Cerré los ojos y me dejé llevar una vez más.
Esa noche fue intensa, apasionada. Me desperté dolorida. Nunca había sentido a Adrián tan entregado como aquella vez.
Al día siguiente, aun con esa sensación en el cuerpo, fui a trabajar con media sonrisa y los ojos brillantes. No era exactamente como había imaginado que sucedería, pero, por fin, sentía que las cosas estaban como yo había deseado.
Laura me vio y preguntó:
—¿Qué ha pasado? No te vi tan feliz en la fiesta.
No pude ocultarlo. Le conté todo lo que estaba sintiendo.
Ella alzó una ceja.
—Demasiada casualidad, Valeria. Cada vez que tú estás a punto de cerrar este capítulo, él aparece con demostraciones de amor. Adrián no es así. Hay algo detrás. No quiero que te ciegues por este momento.
Pero yo no quería escuchar. Había deseado tanto aquello, había pedido tanto al universo que me lo concediera, que solo podía pensar que, si me lo estaba dando, debía ser porque estaba destinado a durar.
Esa primera noche fue seguida por muchas otras. Pasamos un mes así. Adrián esperaba que quedara embarazada.
No ocurrió.
No me preguntes por qué. No lo sé. Era como si mi cuerpo se negara a traer a alguien a este mundo en aquellas circunstancias… o tal vez era mi mente, o el universo, o el destino. Prefiero llamarlo destino. Es la única manera de poder contar esta historia.
No me negaba a la idea de ser madre. Pero cuando fui a ver a mi madre y le conté todo, su reacción fue clara.
—Valeria, estás loca. Adrián está intentando aferrarse a ti a través de un hijo. No es el momento. No estáis bien. Debes hacer algo. Estás corriendo dentro de una rueda de la que no quieres salir… y yo no puedo sacarte de ahí. Ya eres adulta. Sabes lo que está bien y lo que está mal. Te amo, aprecio muchísimo a Adrián, pero no me gusta esto. Él te ama… pero no como tú mereces ser amada. Nunca os he visto discutir, ni en tensión, lo sé. Pero eso no es amor. Te estás aferrando a la comodidad de conocerlo para no permitirte ver otra realidad. Y eso no es bueno para ninguno de los dos.
Sus palabras me dolieron profundamente. Pensé que se alegraría de la posibilidad de que yo fuera madre, como lo fue ella en su momento. Pero no fue así.
Me quedé con ese nudo en la garganta, preguntándome qué había hecho mal para que mi madre me dijera todo aquello.
Con el tiempo… supongo que todas nos adaptamos a las circunstancias.
Quise creer que aquello era amor… porque admitir lo contrario me habría obligado a irme.