Así pasaron los días, y Valeria fue viendo cómo la intensidad de las emociones de Adrián se apagaba de nuevo. En pocos meses regresaron a aquella rutina fría que ya conocía demasiado bien.
Ella se levantaba temprano, aunque nunca tan temprano como él. Por eso, lo primero que veía cada mañana era la cama solitaria y fría. Aquella habitación que al principio le había parecido acogedora se volvía ahora práctica, ordenada… y profundamente sola.
Se levantaba y se miraba al espejo. Una cana más. Los ojos cansados, como solían decir quienes la conocían. Se vestía y salía al salón, donde Adrián miraba las noticias sentado en la otra punta de la mesa.
Podían permitirse contratar a alguien que se ocupara de la casa, pero Adrián siempre decía lo mismo:
—Es un gasto innecesario. Si podemos hacerlo nosotros, ¿para qué pagar a alguien más?
Cuando se mudaron allí, a Valeria no le molestaba. Era una forma de ahorrar; estaban empezando. Con el tiempo, aquello se convirtió en una obligación que nunca había pedido.
Él levantó la vista cuando ella llegó con su desayuno.
—Buenos días —dijo, sin más.
Valeria sonrió. Estaba segura de que quien lograra arrancarle una sonrisa a ese hombre se habría ganado el cielo.
Mientras él seguía con las noticias, ella se ponía al día con sus obligaciones: la casa, el estudio, las listas mentales de lo que no podía olvidar. El silencio del desayuno siempre se rompía con una llamada al móvil de Adrián.
—Tengo que irme —decía—. Reunión.
Otras veces era un fallo que corregir, algo que no había visto, un problema urgente. Sus cosas quedaban sobre la mesa. Y era Valeria quien se ocupaba de que aquel piso pareciera un hogar.
Cuando salía y cerraba la puerta, la brisa en el rostro y el sol sobre la piel eran lo único que la hacía sentirse viva. Podía ir al trabajo en coche, pero prefería el transporte público. Allí había gente, voces, movimiento. Calor humano. Aunque pareciera irónico.
Un mensaje de su madre apareció en el móvil.
Tenemos que hablar.
Su madre llevaba tiempo queriendo hacerlo, pero incluso esas conversaciones se le hacían cuesta arriba.
Al llegar al estudio, Laura lograba que su mundo fuera perfecto durante unas horas. Esa sonrisa despreocupada le recordaba que aún era joven, que aún podía vivir.
Llamadas de proveedores, clientes, presupuestos, decisiones. Al menos allí se sentía útil.
A mitad de la jornada, Laura entró en su despacho, se sentó sobre la mesa y cerró el portátil de Valeria.
—Es hora de comer.
Valeria alzó la vista como una niña pequeña a la que llaman para darle una chuche. Soltó un suspiro que no sabía que llevaba guardando, cogió su chaqueta y salieron juntas.
El restaurante de la esquina no era gran cosa. Comida casera, mesas pequeñas, y un camarero que tenía a Laura completamente cautivada. Siempre les dejaba la mesa del fondo, discreta, casi íntima.
—¿Qué vais a pedir hoy, chicas? —preguntó, sin apartar los ojos de Laura.
Ella, como si volviera a tener quince años, respondió:
—Sopa y albóndigas.
Luego miró a Valeria. Ambos sabían que estaba a dieta.
—¿Y tú? —preguntó él.
—Una ensalada —dijo Valeria.
Laura le cogió la mano por encima de la mesa y la miró con seriedad.
—Estás bien… pero no te dejes apagar, ¿sí? Por favor.
Valeria retiró la mano y sonrió.
—Esto es por mí.
Las dos sabían que no era del todo cierto. En el fondo, Valeria deseaba que Adrián la mirara como aquel camarero miraba a Laura.
—A ver si alguno de los dos se decide a pedirle salir al otro —bromeó—. Porque sois empalagosos.
Rieron y regresaron a la oficina.
Allí recibió un mensaje de Adrián.
Hoy no me esperes para cenar. La reunión se ha extendido más de lo que pensaba. Te quiero. Adrián.
Lo leyó despacio. El mensaje era correcto. Debería haberla emocionado que se acordara de avisar. Pero algo no encajaba. Sonaba… frío.
Laura entró, alzó una ceja.
—¿Otra vez hasta tarde en la empresa?
Valeria se encogió de hombros, mirándola como diciendo es lo mejor para ambos.
—Pues entonces hoy tenemos noche de chicas —decidió Laura—. Llamo a Paola.
Esa misma noche fueron a un bar donde se reunían viejos compañeros de la universidad, junto a gente nueva que había llegado a la ciudad buscando oportunidades. El lugar era ruidoso, pero a Valeria no le importó. Siguió a Laura hasta la barra.
Pensó en llamar a Adrián para avisarle de que llegaría tarde… cuando lo vio.
No podía creerlo.
Allí estaba él. Con otra persona. Tranquilo. Sonriendo.
Menos mal que estaba trabajando hasta tarde, pensó.
Al principio pensó en acercarse hasta donde él estaba, pero una mano la llamó por detrás. Al girarse, vio a Paola. Hacía tiempo que no se veían.
—Pensé que Laura me estaba gastando una broma —le dijo Valeria—. Creía que te habías ido al extranjero.
—He vuelto por asuntos de negocios —respondió Paola—. Nuestro hermano ha decidido montar su estudio aquí con un amigo. Así que, como hermana mayor, me toca ayudarlo.
Luego la miró con curiosidad.
—¿Y tú por qué ibas hacia aquella zona? ¿Hay algo… o alguien interesante?
—No. Nadie —contestó Valeria demasiado rápido.
Si Adrián había decidido mentirle, ella vería hasta dónde era capaz de llegar con aquella farsa. No le gustaban ese tipo de juegos; siempre había preferido las confrontaciones directas.
Pero esa Valeria no estaba en su cuerpo en ese instante.
Otra comenzaba a tomar forma.
Y ni siquiera ella misma la reconocía aún.
Se acercaron a Laura y los tragos fueron y vinieron. La verdad es que Valeria lo estaba pasando bien. Reía, escuchaba, se dejaba estar. Hasta que un mensaje llegó a su móvil.
¿Dónde estás?
Ni siquiera se dio cuenta del momento exacto en que él se marchó del lugar. Al principio intentó buscarlo con la mirada, pero aquello solo consiguió incomodarla, revolverle algo en el pecho. Así que tomó una decisión sencilla: disfrutar de ese momento y quedarse con sus amigas.
Le devolvió la pelota a su tejado.
Tenemos que terminar un proyecto. No me esperes despierto.
Cerró el móvil.
Y, contra todo pronóstico, no se sintió tan culpable como había imaginado.
Cuando llegó a casa, lo encontró dormido en el sofá, con la luz encendida y el televisor en silencio. No se detuvo. Caminó hasta la habitación, se cambió y se metió en la cama.
Durmió.