Capítulo 6

1161 Palabras
Valeria pensó que, después de lo ocurrido la noche anterior, Adrián diría algo. Una reacción, una explicación, cualquier gesto que indicara que aquello había tenido peso. No encontró nada. Cuando se despertó y fue al salón, se encontró la misma escena de siempre. Adrián sentado en la otra punta de la mesa, mirando las noticias. Como si nada hubiera pasado. Como si la noche anterior hubiera sido lo más normal del mundo. Se acercó. —Buenos días —dijo él, levantando apenas la cabeza. Valeria se sentó con su desayuno. El día continuó como si nada. Ni siquiera le preguntó si el proyecto había salido bien, si había encontrado la solución que llevaba días buscando. Pensó en romper el hielo. Pensó en decir algo. ¿Para qué? Si realmente le hubiera importado, lo habría preguntado. ¿Qué iba a decirle? ¿Que lo había visto en el bar? ¿Que lo vio disfrutar durante unos segundos, tranquilo, sin ella? ¿Que no se atrevió a acercarse? Si al menos él hubiera preguntado “¿por qué no me despertaste?” o “¿qué hacías allí?”, quizá habría existido una razón para hablar. Quizá habría podido pensar que aquello tenía una explicación. Pero no. Adrián se levantó como siempre, la besó en la frente. —Luego nos vemos por la noche. Y se marchó. Valeria se quedó sentada, mirando la puerta cerrarse. Todo seguía igual. Pensó en cuántas veces él le había dicho que tenía reuniones hasta tarde. Ahora la sensación que la acompañaba era clara: le había mentido. Y esa idea dolía más que la escena del bar. Tomó aire, recogió la mesa como cualquier otro día y decidió que necesitaba cambiar algo, aunque fuera pequeño. La recepción de la que habían hablado Laura y Paola la noche anterior. Iría. Si Adrián podía vivir con normalidad, ella también podía empezar a pensar un poco más en sí misma. En el estudio, Laura la esperaba con mirada interrogativa desde la puerta. —¿Lo encaraste? —preguntó sin rodeos. Valeria negó con la cabeza. —No pasó nada. —¿Nada? —Nada. Laura comenzó a pasearse de un lado a otro frente a su escritorio. —¿Y qué esperas para dejar de ser invisible, Valeria? Eres algo más que la mujer de Adrián. Eres una artista, eres respetada, tienes talento. ¿Qué estás esperando? —No es el momento para hablar de esto —respondió Valeria—. Ni siquiera sé cómo tomarme lo de anoche. —Eres una mujer. Tienes que hacerte valer. Antes de que la conversación escalara, llegó un mensaje al móvil de Laura. José Luis, su hermano, preguntaba si podían reunirse para hablar del proyecto. Minutos después, entraron en el despacho Paola y José Luis. Querían contarles que trasladarían la sede de su grupo empresarial a la ciudad y necesitaban un estudio que se encargara de la renovación y la nueva imagen corporativa. Laura aceptó sin dudar. —Claro que sí. Lo hacemos. Pero José Luis miró directamente a Valeria. —Quiero que lo lleve ella. Me encanta su punto de sobriedad. Laura, eres brillante, pero demasiado alocada para lo que buscamos. Laura rodó los ojos, pero sonrió. Paola añadió: —La próxima semana haremos una recepción para presentar el proyecto ante las personas más importantes del sector. Y también para presentar oficialmente al CEO, que aquí no lo conocen. —Es muy discreto —dijo José Luis—. Le gusta mantener su vida privada al margen. —Y además —añadió con una sonrisa—, está soltero. Paola lo miró con severidad. —No mientas. Gabriel no está soltero. Está saliendo con Alba Marrero. El nombre cayó en el aire. Valeria lo reconoció al instante. Alba. La misma Alba de los rumores del instituto. Comprendió por qué había sido tan reticente a acudir sola a su aniversario. Paola continuó: —Gabriel tiene una norma muy clara. No quiere que su vida privada sea tema público. Alba lo sabe. Valeria apenas escuchaba el resto. Solo pensaba en el nombre. Gabriel. Cuando la reunión terminó, aceptó asistir a la recepción. Miró a Laura. —Parece que soy muy invisible. Quizá este tipo de reuniones me venga bien. —¿Vas a llevar a Adrián? —preguntó José Luis. —No es necesario —respondió Paola—. Es una reunión más íntima, profesional. Valeria asintió. Por primera vez en mucho tiempo, la idea de acudir sola a un evento no le dio miedo. Cuando llegó a casa, Valeria le comentó a Adrián que habría ciertos cambios en un proyecto importante y que, durante un tiempo, necesitaría dedicarle muchas más horas. Adrián estaba alterado por asuntos de su propia empresa. Apenas levantó la vista cuando ella comenzó a hablar. —Mañana necesito que estés aquí a las ocho —dijo, interrumpiéndola—. Tenemos una gala benéfica y debemos asistir juntos. Valeria se quedó en silencio un instante. —Llevaré corbata azul —continuó él—, así que necesito que el vestido que elijas sea azul también. Ella lo miró, incrédula. —¿Ahora me lo dices? Sabes que organizar algo así me lleva tiempo. Mañana tengo la agenda llena. —Eres tu propia jefa —respondió Adrián, con tono impaciente—. Puedes organizarte como quieras. Pero mañana necesito que estés. Es importante. Valeria respiró hondo. —¿Y por qué azul? Sabes perfectamente que no es un color que me favorezca para una gala. Adrián frunció el ceño. —Porque necesito que me acompañes de ese color. No me hagas preguntas que ahora no tienen relevancia. Por favor, compórtate como siempre lo has hecho. No sé qué te pasa. Ayer estabas rara y hoy estás peor. No entiendo tu actitud. Valeria lo miró durante un segundo, en silencio. No podía creer que el hombre con el que llevaba tantos años aún no entendiera nada. No entendiera que ella lo había visto. Que no le había importado dormir en el sofá. Que se sentía invisible. Me mira… pero no me ve. Y eso era lo que más le dolía. —Haré todo lo posible por organizar mi vida —dijo al fin, con voz firme—. Pero la próxima vez avísame con más tiempo. No puede ser que todo mi mundo gire en torno a ti. Adrián levantó la vista lentamente. —¿Acabo de escuchar lo que acabas de decir? Valeria sostuvo su mirada. —Soy completamente consciente de lo que acabo de decir. Mi mundo no gira en torno a ti. Tengo otras cosas que hacer. Sin esperar respuesta, entró en el baño y cerró la puerta. Se apoyó en ella, dejando que su espalda resbalara hasta el suelo. Durante unos segundos se quedó inmóvil. Y entonces lloró. No era un llanto ruidoso. Era un llanto contenido, profundo. Por primera vez en mucho tiempo había dicho algo que necesitaba decir… sin saber que lo necesitaba hasta ese instante.
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