Capítulo 7

1098 Palabras
Valeria y Adrián se preparaban para la gala, cada uno en una habitación distinta. Valeria prefirió vestirse en el cuarto de invitados. No era porque en su habitación no hubiera un espejo lo suficientemente grande, sino porque aquel, colocado frente a la cama, le ofrecía una intimidad que necesitaba. Allí podía mirarse sin sentir que alguien más la observaba. El vestido era azul. No le favorecía, lo sabía, pero hizo el esfuerzo por Adrián. Siempre hacía ese esfuerzo por él, y aquella noche no sería diferente. Se miró de un lado, luego del otro. Ajustó la caída de la tela sobre su cadera, repasó el maquillaje con cuidado y respiró hondo antes de salir. Adrián la esperaba en el salón, impecable, con su corbata azul perfectamente anudada. En la mano sostenía una pequeña caja de terciopelo. —Estás preciosa —dijo mientras la abría. Dentro había una gargantilla elegante, fría al tacto cuando la colocó sobre su cuello. Valeria no sintió nada. Solo el peso del metal sobre la piel, como si aquella joya fuera un símbolo silencioso de todo lo que no se decía entre ellos. Adrián la besó en la frente. —Eres la mujer más hermosa que he visto. Valeria sonrió, aunque aquellas palabras le sonaron más a halago de exhibición que a una confesión íntima. Él acomodó el chal sobre sus hombros y salieron. La noche estaba despejada. La primavera había regalado un clima perfecto: ni frío ni calor, solo una brisa suave que movía discretamente los adornos del jardín donde se celebraba el evento. La plataforma principal estaba al aire libre, rodeada de luces cálidas y conversaciones que se mezclaban con el tintinear de las copas. Había mucha gente del entorno profesional de Adrián. Valeria permanecía cerca de él, siempre cerca de él, sosteniendo su copa de champán, sonriendo cuando correspondía, escuchando conversaciones que no le pertenecían. En un momento, alzó la vista y vio un grupo de flamencos caminando hacia un pequeño lago iluminado a unos metros del lugar. La escena le pareció tranquila, casi hipnótica. Aprovechando que nadie parecía notar su ausencia, se alejó unos pasos hasta la orilla. Se quedó observando a los animales deslizarse sobre el agua cuando escuchó una voz a su lado. —¿Qué hace la mujer más hermosa de esta velada sola, sin protección alguna, mirando el lago? Valeria dio un pequeño salto. Se llevó la mano al pecho y giró hacia el hombre que acababa de hablarle. Era alto, elegante, con un traje perfectamente entallado y una copa de champán en la mano. —No creo ser la mujer más hermosa de la velada —respondió con una sonrisa leve—, pero gracias por el cumplido. Mi nombre es Valeria. —Encantado, Valeria. Es un nombre precioso. Muy acorde con su rostro. Ella se sonrojó ligeramente, sorprendida por la naturalidad con la que aquel hombre hablaba. —Nunca lo he visto en estas reuniones —añadió ella—. Mi marido suele traerme con bastante frecuencia. Él la observó con curiosidad. —¿Está casada? —Afortunadamente, sí. Mi marido es Adrián. El hombre inclinó ligeramente la cabeza. Percibió la frialdad que se colaba en su voz. —Es una pena —dijo con suavidad— que una mujer tan guapa esté casada y su marido no parezca preocupado de que converse con un desconocido en la oscuridad. Si usted fuera mi mujer, esta conversación no la estaríamos teniendo. Valeria se quedó en silencio un instante, sorprendida por la intensidad de sus palabras. No supo cómo reaccionar. Sintió que aquella conversación cruzaba un límite invisible que no estaba preparada para traspasar. —Disculpe… creo que me están llamando —dijo, utilizando la primera excusa que encontró. El hombre asintió con una leve sonrisa y la observó alejarse. Desde una esquina, José Luis había presenciado la escena. Se acercó al desconocido. —¿Qué haces hablando con Valeria? —preguntó en voz baja—. No te preocupes, ya habrá tiempo de presentaciones formales. Gabriel siguió mirando la figura de Valeria alejarse. —Si tuviera una mujer como ella a mi lado, me comería el mundo… y treinta más. José Luis lo miró con incredulidad. —Olvídate de Valeria. Solo tiene ojos para Adrián. Y eso no va a cambiar. Gabriel dio un sorbo a su copa. —No he visto en sus ojos los de una mujer enamorada. Creo que podría hacer que se enamorara. José Luis suspiró. —Valeria no es como las demás. Hay algo llamado lealtad. Y ella es profundamente leal. Gabriel sonrió levemente. —Es una pena. Me encantan las mujeres como ella. En ese momento, un grupo de empresarios se acercó y la conversación se diluyó entre temas de negocios. Mientras tanto, Valeria regresó junto a Adrián, que no parecía haber notado su ausencia. Quien sí lo hizo fue Ricardo. —Valeria, ¿dónde te habías metido? —Estaba observando el paisaje… disfrutando de la gala —respondió con naturalidad. Adrián la miró con cierta sorpresa. Sabía que aquellas galas nunca habían sido del agrado de Valeria y que acudía únicamente por complacerlo. —¿Qué ha pasado de tan interesante esta vez? —preguntó delante de todos. Valeria se inclinó levemente hacia él y susurró: —Me he sentido como uno de esos flamencos… hermosa por un momento. Adrián la rodeó por la cintura y la besó con una intensidad que la sorprendió. Casi podría haber jurado que había un matiz de celos en ese gesto. —Si hay algo que amo de ti —susurró él— es tu lealtad. Eres la persona más sincera que he conocido. Valeria sonrió. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de que aquella lealtad significara lo mismo para ambos. Sin embargo, Adrián sintió que algo estaba cambiando. No supo decir cuándo había empezado ni en qué momento su segura y leal Valeria había dejado de mirarlo igual. No eran celos —o al menos eso se repitió a sí mismo—. Jamás dudaría de ella. Valeria no era una mujer que mirara a otro hombre. Y, aun así, algo no encajaba. Su mundo, ese mundo ordenado y perfecto que había construido con tanto empeño, parecía tambalearse por primera vez. Las palabras que ella le había susurrado, aquella referencia a los flamencos, a sentirse hermosa… habían dejado una g****a que no supo nombrar. Pero se tranquilizó. Siempre había tiempo para remediarlo. Siempre había sabido arreglar las cosas. No veía el problema como una pérdida. Lo veía como un pequeño desajuste. Y los desajustes, pensó, se corrigen.
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