Valeria y Adrián se preparaban para la gala, cada uno en una habitación distinta. Valeria prefirió vestirse en el cuarto de invitados. No era porque en su habitación no hubiera un espejo lo suficientemente grande, sino porque aquel, colocado frente a la cama, le ofrecía una intimidad que necesitaba. Allí podía mirarse sin sentir que alguien más la observaba. El vestido era azul. No le favorecía, lo sabía, pero hizo el esfuerzo por Adrián. Siempre hacía ese esfuerzo por él, y aquella noche no sería diferente. Se miró de un lado, luego del otro. Ajustó la caída de la tela sobre su cadera, repasó el maquillaje con cuidado y respiró hondo antes de salir. Adrián la esperaba en el salón, impecable, con su corbata azul perfectamente anudada. En la mano sostenía una pequeña caja de terciopelo.

